Carlos Roque Sánchez
Desmontando el “mundo Miura”. Mito y realidad (2)
(Continuación) El mismo código que les obligaba a anunciarse con “digna y torera” frecuencia en los carteles, encerrándose con animales de encastes duros como los de la loreña finca Zahariche. No es que no tuvieran vacadas preferidas para sus tardes de gloria, por supuesto que sí y naturalmente que hacían uso de la prerrogativa de ser primeras figuras del toreo para imponerlas en ciertos festejos, cómo no, pero ese comportamiento en absoluto era incompatible, ni les eximía de medirse en tardes de ferias importantes como Sevilla, Madrid o Pamplona, con dos de estos morlacos. De hecho, esa lidia la veían no solo compatible, sino complementaria y congénita a su condición de matador de primera línea.
“Vergüenza torera”. Vamos que había que lidiarla sí o sí, además sólo y nada menos que por el mero hecho de sentirse y saberse torero; así era antes en los antañones taurinos, “vergüenza torera”, una expresión que de este ámbito y como otras tantas pasó a usarla el pueblo para significar con ella el sentido del deber, la dignidad y la responsabilidad de cumplir con una obligación de forma honrosa. En la actualidad y desde hace ya un tiempo los nuevos aires de la tauromaquia traen otras corrientes ‘toreristas’, y los primeros espadas no parecen llevar tan a gala lidiar miuras y triunfar con ellos; si lo piensa le costará encontrar a una figura del actual escalafón que lo haga, y lo que es peor aún, algunas de ellas lo más cerca que han estado de un Miura es en fotografía. O eso es lo que dicen las lenguas anabolenas del mundillo taurino, y nada menos que de un matador que pasa por ser el culmen del paroxismo, pero bueno, qué sabrá uno, así que vaya usted a saber. Descartada la categoría de naturaleza histórica, “han matado más toreros que ninguna otra”, como explicación del peligro cierto que el encaste tiene, cambio de tercio. Suenan clarines y timbales, poniendo fin al primero de la lidia, el de varas, y dar paso al segundo, el de banderillas, con el consiguiente cambio de naturaleza argumentaría.
De naturaleza morfológica: “Tienen una vértebra de más”. Es quizás la más conocida de las leyendas que orbitan en el ‘universo miura’ como justificación de que, supuestamente, esta ganadería sea más capaz de alcanzar a un torero que otras. Una hipotética vértebra que haría que su cuello fuera más largo y, de esta forma, se pudiera volver más rápido, dando esos violentos “gaitazos” que sorprendían y sorprenden a los toreros. Un distintivo morfológico que distinguiría a los especímenes de este hierro del de los demás congéneres y que es falso de toda falsedad como es bien fácil de comprobar, pues basta con ir a un matadero y contar vértebras. Nunca nadie ha aportado nada que se parezca a una prueba científica de ello, de modo que “los miuras” no tienen una vértebra más que el resto de sus congéneres, no existe una extra en la espina del cuello, aunque, siempre hay un “pero” en cualquier cesta de manzanas, puede que haya parte de razón en esta imaginativa especulación transmitida vía oral y que roza la pseudociencia. Ya que he cambiado la seda por el percal, abro un corto paréntesis cultureta a propósito de la falsa vértebra de más de nuestros astados: ha de saber que la mayoría de los mamíferos tienen el mismo número de vértebras cervicales, siete, ni una más ni una menos; desde el pequeño ratón hasta, aunque les parezca increíble, la enorme jirafa, pasando por el hombre y claro los toros. Lo que no inhabilita que haya excepciones por supuesto, precisamente las mismas que justifican la regla anatómica. Cierro paréntesis.
Morfología biológica. Y vuelvo a lo de “parte de razón” y “las vértebras de los mamíferos”, es decir a la morfología biológica que trata de la forma de los seres vivos y su evolución, en concreto sobre los originarios y ‘jurásicos’ cruces miuras le resumo algunas de sus principales características anatómicas más visibles en la lidia, en la plaza se le ve como un animal: alto de agujas sin llegar a ser un toro astifino; más bien de mazorca ancha, gruesa y generosa; de mucho hueso y gran caja pero “agalgado” o levantado del suelo; con una gran alzada tanto de manos como de patas que les hace parecer que no están gordos y, sin embargo, ser la mayoría de las veces los más pesados de las ferias. No muy armónicos, suelen ser lisos, de poco vientre, alargados, con mucho cuello y muy flexible, lo que unido a su gran corpulencia le confiere una gran fuerza en el mismo, y si a esto le añadimos la velocidad con la que suelen girarse sobre sus manos, buscando lo que saben que se han dejado detrás, ya empezamos a tener elementos justificativos de lo difícil que resultan de torear. Sin influencia aparente en su lidia diremos también que es fino de piel, algo lavado de cara y con cierta variedad de pelaje pues, junto a los negros zaínos también abundan cárdenos, salineros, colorados, girones, salpicados, berrendos, luceros, mulatos, sardos o castaños.
“Pasar de castaño oscuro”. A propósito de la no influencia de su capa he de hacerles una peculiar observación, aunque sin ninguna prueba que lo demuestre de manera cierta, a los toros de pelo castaño siempre se les ha adjudicado, a priori e indefectiblemente, bravura. Por ende, se les considera al salir al ruedo como seguros generadores de una expectación admirativa en el público y de dificultades para su lidia entre los toreros. (Continuará)
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FUENTE: Enroque de ciencia












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