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Carlos Roque Sánchez Carlos Roque Sánchez
Sábado, 06 de Junio de 2026

Dos músicos, dos canciones y una playa (y 2)

[Img #292511](Continuación). Sí, quién lo sabe o vaya usted a saber, lo mismo ellos sí. Lo que desde luego no ignoramos ninguno es que estamos ante dos de los artistas musicales más importantes de los 90 en nuestro país y de dos canciones imperdibles e imprescindibles que, mire usted por donde, tienen la misma música, comienzan igual, aunque acaban diferente, ya sabe ‘Ojos de gata’ y ‘Y nos dieron las diez’. Historias paralelas. Que comenzaban igual, con aquello de 'Fue en un pueblo con mar / una noche después de un concierto / tú reinabas detrás de la barra / del único bar que vimos abierto / - Cántame una canción al oído...’. El mismo pueblo con mar, la misma camarera/reina de la barra, pero hasta aquí llegaba el paralelismo, después cada una proseguía por su lado, una divergencia con su propio toque personal y un final completamente diferente en el que el protagonista acaba ora vencido, ora vencedor.

 

‘Ojos de gata’. Dos historias, le decía, una la de Urquijo, menos “soñadora y “volandera” en la que la expresión “ojos de gata” aparece en el título de la canción que continua: ‘... te sirvo y no pagas. / - Sólo canto si tú me demuestras / que es verde la luz de tus ojos de gata. / Loco porque me diera / la llave de su dormitorio / esa noche canté / al piano del amanecer todo mi repertorio. / Con el “Quiero beber...” / el alcohol me acunó entre sus mantas / y soñé con sus ojos de gata /pero no recordé que de mí algo esperaba. / Desperté con resaca y busqué / pero allí ya no estaba / me dijeron que se mosqueó / porque me emborraché / y la usé como almohada. / Comentó por ahí / que yo era un chaval ordinario / pero cómo explicar / que me vuelvo vulgar /al bajarme de cada escenario. / Pero cómo explicar / que me vuelvo vulgar / al bajarme de cada escenario.’         Ya ve, la historia de un encuentro casual de una noche más o menos normal, en la que hay ganas de cuerpo y ojos de gata, pero no llegan a saltar los fuegos artificiales de la singularidad y la magia. Con ella algo más que decepcionada con el cantante, “se mosqueó” porque “me emborraché y la usé como almohada”, dice en un ejercicio de sinceridad. Y con él que confiesa de manera sentida su impotencia para explicar su propia vulgaridad al bajar del escenario. Maravillosa.

 

‘Y nos dieron las diez’. La otra historia es la de Sabina, más “salvaje” y con su propia continuación, ya sabe más expectante y sabrosona: con algo más de espera, “los clientes del bar, uno a uno, se fueron marchando”; de deseo sexual ocasional, “Cuidado, chaval, te estás enamorando”; y desde luego no faltan desnudos, lunas y cama, un regreso al lugar donde se fue feliz “al pueblo al verano siguiente”, incluso venganza “bromas macabras del destino” con aquella sucursal del banco Hispanoamericano. Le dejo con la letra: ‘... y te pongo un cubata / - Con una condición: / que me dejes abierto el balcón de tus ojos de gata. / Loco por conocer / los secretos de tu dormitorio, / esa noche canté / al piano del amanecer todo mi repertorio. / Los clientes del bar / uno a uno, se fueron marchando, / tú saliste a cerrar, / yo me dije: cuidado, chaval, / te estás enamorando. / Luego todo pasó / de repente, tu dedo en mi espalda / dibujó un corazón / y mi mano te correspondió debajo de tu falda; / caminito al hostal / nos besamos en cada farola, / era un pueblo con mar, / yo quería dormir contigo y tú no querías dormir sola. /

 

Y nos dieron las diez y las once, / las doce y la una y las dos y las tres / y desnudos al anochecer nos encontró la luna. / Nos dijimos adiós, / ojalá que volvamos a vernos; / el verano acabó, / el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno, / y a tu pueblo el azar / otra vez el verano siguiente / me llevó, y al final del concierto / me puse a buscar tu cara entre la gente, / y no hallé quien de ti / me dijera ni media palabra, / parecía como si me quisiera gastar / el destino una broma macabra. / No había nadie detrás / de la barra del otro verano / y en lugar de tu bar / me encontré una sucursal del banco Hispanoamericano; / tu memoria vengué / a pedradas contra los cristales, / “sé que no lo soñé” / protestaba mientras me esposaban / los municipales. / En mi declaración / alegué que llevaba tres copas / y empecé esta canción / en el cuarto donde aquella vez / te quitaba la ropa. / Y nos dieron las diez y las once, / las doce y la una y las dos y las tres / y desnudos al anochecer nos encontró la luna. Maravillosa.

 

Y ella. El “pueblo con mar”, la villa de Rota. La playa que tengo ante mis ojos mientras escribo estas líneas y nexo entre todos los intervinientes, animados e inanimados, de esta historia musical de la que aún se especula, cómo no, cual pudo ser el lugar donde transcurrieron los hechos. Para muchos se trata de Gijón, sin embargo, hace como una década, Sabina declaraba precisamente al diario gijonés El Comercio que fue en Lanzarote donde conoció a la chica que le inspiró la canción. Por cierto, el sustantivo del quinto componente de la historia proviene del título homónimo de un poema escrito por un miembro de la Generación del 27, el poeta malagueño Manuel Altolaguirre, tan “olvidadito” él, y que aparece publicado en su libro Las islas invitadas y otros poemas (1926), cuyo texto utiliza imágenes geométricas y literarias con las que describe la profunda quietud, la sombra proyectada por el sol y la ensoñación a la orilla del mar. Yo y mi sombra, ángulo recto. / Yo y mi sombra, libro abierto.

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

 

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