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Carlos Roque Sánchez
Sábado, 11 de Abril de 2026

El lienzo de Turín. Ciencia e Iglesia

[Img #286487](Continuación) Y todo esto sin tener en consideración lo que la Ciencia pudiera decir al respecto del supuesto y santo sudario, claro que para entonces ella no existía, no al menos tal como la conocemos hoy día, le quedaban aún algunos siglos por lo que difícilmente pudo hacerlo. No, entonces no dijo nada, pero después sí. Y vaya si dijo.

 

Método datación C-14. Ni más ni menos vino a corroborar la negativa opinión que en no pocos ámbitos (religiosos, académicos o populares) ya se tenía sobre su autenticidad. Lo hizo tras analizar e interpretar los resultados cuantitativos que arrojaron las pruebas de datación del carbono catorce, realizadas en 1988 de forma independiente por tres laboratorios (Oxford, Arizona, Zúrich) y mediante la técnica del doble ciego a fin de eliminar sesgos. Le cuento brevemente la cronología de los hechos. La muestra se tomó el 21 abril de ese año y si bien el 18 de septiembre The Sunday Times ya publicaba en primera plana un epatante titular, Oficial: The Turin Shroud is a Fake (“Oficial: la Síndone de Turín es una falsificación”), no fue hasta el 13 de octubre que el Cardenal Ballestrero, Custodio de la Síndone, comunicara en una rueda de prensa en Turín su inequívoco origen medieval. Tan solo un día después, el 14 de octubre, en una rueda de prensa celebrada en el British Museum los investigadores confirmaban que dicha prenda era un lienzo datado entre 1260 y 1390, es decir, muy cerca de la primera aparición documentada en 1354. O sea.

 

Y aunque hubo cierto debate en torno a la sensibilidad y precisión de esta datación por radiocarbono su pequeño margen de error, por otro lado consustancial e inevitable en todo proceso de medida, hace que la inmensa mayoría de los investigadores consideren su fiabilidad (95 %) más que suficiente y aceptable desde el punto de vista científico. O sea que. Por cierto, el 16 de febrero de 1989, la prestigiosa revista científica Nature publicaba los resultados oficiales de la datación, declarando que “proporcionan pruebas concluyentes de que el lienzo de la Síndone de Turín es medieval”. O sea que sí. Ya que va de fechas, le pido que no olvide estos años ochenteros pues guardan relación con un chusco sucedido “sabanero” que no me resisto a contarle pues nos da una idea del nivel.

 

¿La resurrección de Libby? Es probable que recuerde de los tiempos escolares que el método de datación del C-14 fue ideado en los años 50 por Willard Libby (1908-1980), un químico estadounidense que por dicho motivo recibió el Premio Nobel de Química en 1960. Pues bien, le cuento esto porque, no habían pasado ni seis meses de las declaraciones cardenalicias cuando apareció en prensa otra de lo más, más, impactante. Una en la que el propio Libby decía que la prueba no se había aplicado bien en el caso de la tela turinesa, como lo lee. El propio inventor del método contradiciendo la investigación realizada. ¿Impactante, le dije? No, lo siguiente, que diría otro tontucio. Por vergüenza científica no voy a entrar en los detalles y argumentos supuestamente expuestos por el científico en su suspecta declaración, y me limitaré sólo a dar un dato objetivo para juzgue usted mismo.

 

La susodicha apareció en abril de 1989 lo que plantea un luctuoso y temporal problema, resulta que por desgracia el químico falleció en 1980, ¡ocho años antes de que se realizara la prueba y nueve de que se publicara dicha noticia!, por lo que era del todo imposible que la hubiera realizado. Imposible, salvo que hubiera resucitado... ¿Por fin un milagro? No, claro que no. Bromas aparte, ¿de dónde sacaron en 1989, periodistas y “sindonólogos”, las declaraciones Nobel muerto? ¿Organizaron una sesión de espiritismo o, simplemente, se las inventaron? ¿Tan pocos argumentos científicos tenían? ¿Es que a nadie se le ocurrió comprobar que había fallecido años antes? ¿O es que no interesaba hacerlo y si colaba, colaba? Sólo hay una cosa clara, en el caso de la tela de Turín, pensar mal es garantía de acierto. Como dijo El Bardo por boca de alguien, ‘Algo huele a podrido en Dinamarca’.

 

¿Qué opinión tiene la Iglesia de ella? Pues basta leer solo un poco para saber que nunca la ha considerado un fundamento de la creencia cristiana y jamás la ha tomado como una prueba de la verdad del cristianismo. Ni por supuesto ha sido, en ningún momento, tratada como un dogma de fe; es más, nunca ha explicitado que se trate de una reliquia o pieza original de Jesucristo. A más a más, lo que sí ha permitido, propiciado y alimentado es su veneración, pero como otro icono de los muchos que tenemos en las iglesias, otra reproducción de la pasión de Jesús, un espejo más del Evangelio. Y lo hace porque sabe que, de un lado, los creyentes, de lo que sea, necesitan símbolos a los que aferrarse y, de otro, la Iglesia, cualquiera de ellas, recursos económicos para prevalecer. Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios (Mateo 22:21).

 

Sin olvidarnos de que la Iglesia Católica, no solo no ha dicho que la tela sea auténtica, sino que, ya en la primera referencia que se conserva de ella (1389), cuando cerca de cuarenta lienzos “competían” en Europa por el título de ser el verdadero, el entonces obispo de Troyes, Pierre d’Arcis, la calificaba de “falsa” de ser “un lienzo hábilmente pintado” para “atraer a las multitudes a fin de sacarles de forma solapada el dinero”. Vamos un fraude clerical en toda regla. No le canso, como bien nos dice la locución latina de la Vulgata (Eclesiastés 1,9-10), ‘Nihil novum sub sole’. (Continuará)

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

 

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