El cuento de Artabán. 'El otro rey Mago'
(Continuación) Y en el desvanecimiento previo a la muerte, el anciano vislumbra la figura de un hombre malherido pero resplandeciente, un joven con la misma edad de él cuando emprendió el viaje y que, abrazándole, le dice: “Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber. Estuve desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me curaste. Me hicieron prisionero y me liberaste”. A lo que él, perplejo y agonizante, sólo acierta a responder con “¿Cuándo hice yo esas cosas?” para en su último aliento escuchar, “Todo lo que hiciste por los demás, lo hiciste por mí”. Así murió el cuarto Rey Mago en los brazos del Acorredor, del Niño hecho ya hombre, y al que pudo ver al fin pero no pudo entregar ni una sola de sus ofrendas; eso al menos nos cuenta la leyenda que por supuesto no es cierta, se trata de la mentira de la verdad de toda esta historia, en la que poca o ninguna importancia tiene ese detalle de ser falsa de toda falsedad para el asunto que nos trae; como reza el bello proverbio italiano ‘Se non è vero, è ben trovato’ o “Si no es verdad, está bien traído”, pues eso.
La verdad de la mentira. El cuento. Sin duda estamos ante una leyenda falsa, no existió el tal Artabán que no llegó a tiempo al nacimiento de Jesús y protagonizó los sucedidos posteriores. Nada de todo eso aparece recogido en algún texto antiguo, al menos que le conste a quien esto escribe, así que hasta aquí es, por decirlo de alguna manera, la antañona mentira de la verdad. Dicha la cual, vayamos ahora por la verdad de la mentira que nace tan solo hace algo más de un siglo y además en forma de cuento. Cuento entendido como narración breve, oral o escrita, en la que se narra una historia de ficción, ya ve por dónde voy, una historia sencilla, con pocos personajes y de desarrollo inteligible y rápido como para que se pueda contar incluso a un niño que es el caso.
Artabán es el ficticio protagonista de un cuento navideño de título The Other Wise Man, “El otro Rey Mago”, que en 1896 escribió para sus hijos el teólogo presbiteriano, docente en Princeton y diplomático estadounidense Henry van Dyke (1852-1933) y que tuvo cierto éxito a finales del siglo XIX como historia que realzaba el espíritu de generosidad y entrega en Navidad. Un escrito influido, lo más probable, por el escritor inglés Charles Dickens (1812-1870) y su célebre Cuento de Navidad de 1843, todo un referente victoriano. Otro Rey Mago le decía, que no aparece como tal en la tradición bíblica pues, de hecho, durante este Año del Señor de 2026 cumplirá su ciento treinta (130) aniversario. O sea que no, y del personaje ficticio al real.
La verdad de la mentira. El Artabán real. Real en su acepción de adjetivo asociado a una existencia verdadera y efectiva, que no a la condición del rey o de la realeza; en este sentido existió o bien dicho existieron varios Artabán a lo largo de la historia, eso sí, ninguno de ellos encaminó sus pasos hacia Occidente, guiado por un fulgurante mapa celestial y en busca de un Jesús niño al que nunca pudo ver como tal. Por lo que tengo leído el nombre es de origen persa y se corresponde con el de cuatro reyes partos, así como con el de un hermano de Darío I y un general de Jerjes; de esa parte de la historia antigua es más que probable que lo tomara Dyke, para el protagonista de su cuento navideño. Ésta es la verdad histórica que envuelve al cuento navideño que a su vez guarda a la leyenda mágica, en lo que respecta al menos al cuarto mago, ése del que se dice que iba por su cuenta y equivocó el camino al perder el rastro de la estrella en el cielo, que esa es otra ¿qué fenómeno astronómico pudo ser la tal Estrella de Belén? Estimado lector, espero que los magos de Oriente, Artabán incluido, le hayan sido propicios.
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FUENTE: Enroque de ciencia












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