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Carlos Roque Sánchez
Sábado, 03 de Enero de 2026

La leyenda de Artabán. El cuarto Rey Mago

[Img #276685]Sí, de ser cierta esta leyenda no serían tres sino cuatro los Reyes Magos que fueron a presentarle sus ofrendas al niño Jesús en Belén guiados por una estrella en el cielo, aunque eso sí, con suerte desigual. Me refiero claro está a los conocidos Melchor, Gaspar y Baltasar y a un no tan conocido y mistérico Artabán, un hombre que a la sazón tendría unos treinta años de edad, cetrina la piel, acuciosa la mirada y luengas las barbas. Como lo lee, un cuarto Rey Mago en esta antañona historia de regalos navideños que, por si le interesa, se la pongo negro sobre blanco, más o menos.

 

La mentira de la verdad. El diamante. Al parecer Artabán era un astrólogo anacoreta que vivía en las cuevas del monte Ushita -un lugar ficticio y simbólico- dedicado a estudiar y desentrañar los oráculos del profeta iraní Zoroastro, supuestamente anunciadores de la llegada a la Tierra de un Salvador de la vida eterna. Y que estando en ello, cierto día recibió la visita de un emisario mandado por Melchor, Gaspar y Baltasar avisándole del descubrimiento de una estrella anunciadora del nacimiento del ansiado Mesías, razón por la que lo citaban en el zigurat de Borsippa, en la antigua Mesopotamia, como punto de encuentro para llegar los cuatro juntos a Belén; también le dicen que le llevan al Niño como presentes oro, incienso y mirra respectivamente.

 

Ni que decirle tengo que nuestro nuevo Rey Mago se apresuró a partir no sin antes elegir cuidadosamente las ofrendas que depositaría a sus pies, y digo ofrendas porque él no le llevaría una sino tres: un diamante de la isla de Méroe, que repelía los golpes del hierro y neutralizaba los venenos; un jaspe de Chipre, que estimulaba el don de la oratoria; y un rubí de las Sirtes, cuyo fulgor disipaba las tinieblas del espíritu. Y con tan magníficos presentes cabalgó sin descanso hasta que, ya cerca de Borsippa se encuentra en el camino con un hombre agonizante y desnudo; se trataba de un comerciante que ha sido golpeado sin piedad y desvalijado por unos ladrones, ¿qué hacer? Pues Artabán no lo duda ni un instante y se queda con él, sana sus heridas, entablilla sus huesos rotos y, cuando el viajero le confiesa que los ladrones lo han despojado de todas las posesiones que llevaba, le regala el diamante destinado como ofrenda para el Niño. Solo entonces parte rápido hacia Borsippa, pero han pasado muchos días. Demasiados. 

 

La mentira de la verdad. El rubí. Tantos que cuando llega a la ciudad los otros magos ya habían partido y un posadero le entrega un mensaje de ellos “Te hemos esperado en vano. No podemos dilatar más nuestro viaje. Síguenos a través de desierto. Que la estrella te guíe”, por lo que sin perder tiempo reinicia el viaje, revienta a su caballo de cansancio y prosigue a pie guiado por el resplandor de la estrella hasta que, andrajoso y famélico, días después llega a Belén, para no encontrar ni rastro del Niño ni de los tres Reyes Magos. Por el contrario es testigo de la crueldad desatada por Herodes que ha ordenado el exterminio de todos los varones recién nacidos, una de cuyas ejecuciones se va a producir en su presencia aunque él, rápidamente, se abalanza sobre el soldado y le ofrece el rubí a cambio de la vida del niño; Un ofrecimiento que por suerte acepta, pero con la fatalidad de que su capitán sorprende la transacción y ordena que lo apresen y manden a Jerusalén, donde será aherrojado en una oscura y fría mazmorra durante décadas, aproximadamente unos treinta años.

 

Un lugar donde, ignorado y casi olvidado por sus carceleros, le empiezan a llegar rumores sobre un galileo que sana a los enfermos y alivia los corazones atribulados, unos rumores que le hacen forjar una ilusión. Cree, o quiere creer, que ese hombre puede ser el Niño Socorredor que un día ya remoto quiso honrar con sus regalos, y acepta que los prodigios y promesas que de él oye son los propios del Rey de Reyes al que fue a adorar. Y su creencia se convierte en la luz que ilumina su encierro hasta que un día, sin saber muy bien porqué, se encuentra libre y deambulando por las calles de Jerusalén. Fue uno de esos días cuando se ve arrastrado por una multitud, una riada de gentes que se dirige a la colina conocida como Gólgota “calavera”, sita extramuros de Jerusalén, para presenciar la crucifixión de un profeta que ha osado blasfemar contra Dios según el veredicto del Sanedrín. Sabe que se trata de Él y se apresura para llevarle la única ofrenda que le queda, su última esperanza.  

 

La mentira de la verdad. El jaspe. Pero en su marcha se tiene que parar para descansar y lo hace en una plaza en la que se está subastando como esclava a una muchacha en presencia de su horrorizado padre, obligado por unas deudas que tiene que saldar. Impresionado y conmovido por la situación, Artabán, busca entre sus andrajos lo último de valor que le queda y ha conservado durante tantos años de cautiverio, la piedra de jaspe, y compra con ella la libertad de la muchacha, haciendo así imposible el cumplimiento del oculto anhelo de su alma, la secreta esperanza de entregárselo algún día al Niño Auxiliador. Pero su corazón le dice que renuncie a ella a cambio de la libertad de la muchacha y él le obedece, y es que a veces la libertad vale más que la esperanza. Es el mismo instante en el que Jesús muere en la cruz, los sepulcros se abren, el velo del Templo se rasga y tiene lugar un gran temblor de tierra que provoca que una piedra desprendida de una pared golpee al viejo en la cabeza dejándolo herido de muerte. Y en esos instantes previos a su fin, Artabán vislumbra una imagen. (Continuará)

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

 

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