Fútbol y literatura (entre dos aguas y en contra)
(Continuación) Le dejé con la idea de que son relativamente pocos los escritores que han hablado y hablan de fútbol, a pesar del importante peso específico social de este deporte. Importante porque lo conforman los futbolistas, auténticos ídolos deportivos descendientes directos de los antiguos mitos olímpicos helénicos. Y como tales imponen su sentido de la estética a través de la forma de vestir, los tatuajes o el corte de pelo y nos muestran un tipo de vida asociado a coches deslumbrantes, acompañantes espectaculares, impresionantes vacaciones, concentraciones en lujosos hoteles y todo lo que no escribo y usted se puede imaginar. Una parafernalia que despierta la admiración de todas, todes y todos, adolescentes o adultos, que ven en ellos la imagen del triunfador al que nos falta tiempo para convertirlo en ídolos (‘Es increíble como la pasión del fútbol une a tanta gente’).
Futbolatura. Que fútbol y literatura llevan un siglo jugando a leer y otro tanto escribiendo a meter goles es bien sabido. De ahí que le hablara de otra hipótesis explicativa acerca del páramo futbolero en la literatura española, una que vincula su escasa ficcionalización literaria con el exiguo interés narrativo del desarrollo del mismo. Y razones a mi entender no le faltan. Es evidente que sus jugadas resultan poco o nada atractivas cuando son puestas negro sobre blanco y que leer acerca de ella exige más tiempo que contemplarla además de ser bastante menos placentera. Desde el punto de vista narrativo, lo realmente interesante es aquello que rodea al fútbol y escapa a su racionalidad deportiva: reglamento, jugadas, técnicas o tácticas. O sea, baja cultura. (‘Los intelectuales lo miran [al futbol] porque está de moda, como en su momento lo fueron las carreras de carrozas bizantinas’).
Suárez, Zarraluqui y Woolf. Aquí va una primera terna de escritores de los que nunca han escrito sobre futbol, lo han ignorado en sus obras, lo han ocultado o lo han criticado directamente. Empezando por el escritor y director de cine carbayón Gonzalo Suárez, quien allá por los años setenta del siglo pasado escribía crónicas futbolísticas bajo el pseudónimo de Martin Girard. Y continuando con el escritor barcelonés Pedro Zarraluki, ganador del Nadal en 2005 que declaró: “Es cierto, durante un tiempo ha habido un prejuicio entre los escritores. Yo, por ejemplo, veía partidos, pero lo hacía en privado”. Para rematar con quien probablemente no se espere en estos predios, la escritora británica Virginia Woolf, figura destacada del vanguardista modernismo anglosajón del siglo XX y del feminismo internacional, de quien se dice llegó a comparar la presencia de una mujer en un estadio con la de un judío en un campo de concentración. En fin.
Vargas Llosa, Orwell y Kipling. Y un segundo trío que inicio con nuestro último nobel, Mario Vargas Llosa, escritor peruano-español galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2010 quien, suspectamente, durante el Mundial de Futbol España 1982, cuarenta años lo contemplan, anunciaba que estaba escribiendo su memoria personal como apasionado del fútbol, pero de la que no se volvió a hablar. Nunca vio la luz ¿Falta de rentabilidad económica? ¿Temor a ver su prestigio literario manchado por la temática futbolera? Por cierto, ¿recuerda al portero oriolano protagonista de la elegía del poeta Miguel Hernández?, bueno pues Mario, al parecer, comenzaba su relato marchando al Estadio Nacional de Lima para ver jugar a otro Lolo, éste ‘Lolo’ Fernández ‘El Cañonero’, gran ídolo de su país.
Y continuo con el escritor británico George Orwell, conocido mundialmente por sus distopías noveladas Rebelión en la granja y 1984, y quien a propósito del asunto que nos trae decía: ‘Hay ya bastantes causas reales de conflicto para que además las incrementemos incitando a los jóvenes a darse patadas en las tibias en medio del rugido de los espectadores enfurecidos’. Sin olvidar al también, como Orwell, escritor británico y nacido en la India Rudyard Kipling, autor de maravillas como El libro de la selva o El hombre que pudo ser rey, y Premio Nobel de Literatura en 1907, por lo que es el primer escritor británico en recibir este galardón y el más joven hasta la fecha. Pues bien, Rudyard se burlaba del futbol, de los futbolistas y de sus seguidores cuando, de manera irónica, decía: ‘Las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan’. Sin comentario.
Fútbol, opio del pueblo. Es el antañón mantra que en tiempos de Franco se esgrimía contra el régimen totalitarista de la dictadura y según el cual “el fútbol era el opio del pueblo” supuestamente suministrado a fin de que los españolitos de mediados del siglo XX no pensaran en política. Ya sabe, una adaptación del uso de la adormidera con la que Carlos Marx, a fines del siglo XIX denunció a la religión, la católica en especial por aquello de la resignación, ‘La religión es el opio del pueblo’ ¿Hoy como ayer?
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FUENTE: Enroque de ciencia












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