El poder de la esperanza
Suelen atribuirme, aquellos que leen mis reflexiones, un carácter pesimista, derrotista o agorero. Quienes realmente me conocen saben que soy una persona alegre y que intento disfrutar con los pequeños placeres que nos da la vida cada día: tomarse algo entre amigos, pasear por la playa, cultivar plantas, leer... No obstante, a la hora de describir la realidad que me (nos) rodea, no me pidan que refleje un mundo de fantasía donde todo sea alegría y felicidad.
Sin embargo, a raíz de la que probablemente sea mi carta más leída y difundida, aquella donde reflejo cómo nos sentimos la mayoría de los jóvenes formados de este país, quisiera enlazar la presente reflexión, ciertamente más positiva que la anterior.
Por motivos que no vienen al caso, tras cientos (¿o quizá son ya miles?) de CV enviados dentro de nuestras fronteras, la mayoría de ellos sin respuesta, me decidí a centrarme en el mercado laboral de un país extranjero cuyo nombre no creo que venga al caso. Simplemente aclararé que no se trata de la “idílica” Alemania. Andaba yo ocupado dando una de mis clases particulares a menos de 4 euros la hora (me dijeron que pedir más era exigir demasiado), cuando me sorprendió una llamada al teléfono. Una voz femenina, en una lengua que no era la de Cervantes, me comentó que tras haber sabido de mi formación y experiencia profesional, estaba interesada en realizarme una entrevista por teléfono. Sin extenderme en los detalles, dicha entrevista se desarrolló positivamente, y pasamos a una segunda a través de Skype. Cuando hay interés en alguien, no hay impedimento a la hora de contactar con la persona. Lo fundamental es que en ambas entrevistas sentí cómo se me valoraba, sentí que se daba importancia a tanto esfuerzo durante tantos años, sentí que era válido para una sociedad que lamentablemente no es la nuestra. A estas horas no sé si conseguiré el puesto, si realizaré una tercera entrevista o si esta puerta se cierra aquí. No es lo fundamental ahora. Lo principal es que han despertado en mí la llama de la esperanza, la esperanza de que hay vida ahí fuera.
Chicas, chicos. Personalmente conozco a muchos que estábais y estáis como yo. Años de estudio, de becas, de movernos por media Europa para aumentar nuestro bagaje cultural y profesional sirven de algo. Ahora puedo asegurarlo.
Tras estas llamadas, nacieron en mí unas fuerzas que llevaban tiempo apagadas. En román paladino, soy capaz de comerme el mundo. ¿Cómo es posible que los gobernantes no se den cuenta de este potencial? No hablo solo del potencial que tenemos los jóvenes, pues ese nos han demostrado que no lo valoran. Hablo del potencial de la ESPERANZA. Sin que sirva de precedente, por una vez estoy de acuerdo con el expresidente Aznar. Este país necesita un proyecto de país que nos dé esperanza. Nadie se cree los datos de que esto remontará, que los recortes son necesarios y darán sus frutos, que el paro ya comienza su descenso para no volver a subir, etc.
Tenemos que aspirar a obtener una educación modélica, similar a Finlandia; recuperar una sanidad pública que ha sido ejemplar para el resto del mundo; desarrollar el I+D y convertirnos en un país puntero; crear un plan de recuperación del medio ambiente que nos permita vivir en un balón de oxígeno; potenciar al máximo las energías renovables, ya que resulta incomprensible que en Alemania se aproveche más la energía solar que aquí. Necesitamos proyectos que obliguen a los políticos a aumentar su punto de mira más allá de los 4 años de mandato, proyectos donde no se margine a nadie sino que aglutinen a la mayor parte de la sociedad.
Pero estos proyectos no pueden conseguirse si nos limitamos a dar nuestra opinión solo cada 4 años. No todo es blanco o negro, como bien indican las encuestas. Un 60 por ciento de los votantes del PP apoyan el decreto de la Junta de Andalucía sobre la expropiación del uso de la vivienda a los bancos. Un proyecto a medio o largo plazo solo es posible si antes se consulta a la ciudadanía. Si se desarrolla una ley educativa, sanitaria, medio ambiental o del ámbito que sea, y una mayoría importante de la sociedad la vota por encima de partidos en un referéndum (o mediante el mecanismo que sea), su voluntad queda reflejada y no vendrá ningún partido, del color que sea, a legislar contra esa voluntad expresada. Esa es nuestra mayor arma. Una democracia participativa, como se recoge en la Constitución, donde los ciudadanos dejemos claras las líneas del proyecto común que deseamos.
Una sociedad donde los ciudadanos indiquemos a los políticos qué camino tomar, y cuál abandonar. Si tuviéramos ese mecanismo que, por cierto, tanto se nos niega incluso a nivel local, así como esperanza y un poco más de sangre en las venas para poner las cosas en su sitio, saldríamos de la crisis pronto, y más reforzados. Por el camino que vamos actualmente, saldremos a largo plazo, más pobres, y más tristes.
José Alberto Niño Fernández































porreta | Miércoles, 12 de Junio de 2013 a las 22:06:34 horas
Estimado alberto gran articulo, solo le pongo una pega, el título, es demasiado cursi
Accede para votar (0) (0) Accede para responder