Carlos Roque Sánchez
Acerca de la parapsicología (1)
Preguntas en busca de respuestas. El pasado martes un amable lector me mandaba información acerca de una charla vinculada con el mundo de los autodenominados fenómenos paranormales que se va a celebrar en Sevilla en las próximas fechas y me preguntaba cuál era mi opinión acerca de estos supuestos fenómenos en general y de la parapsicología en particular. Quería saber si se trata de una ciencia o no, si, como tal conocimiento cierto había aportado algún descubrimiento científico a lo largo de la historia y, de ser así, cuáles habían sido sus aportaciones al saber humano. Pues bien, le contesté que desde mi punto de vista y hasta donde tengo averiguado, el uso del término parapsicología, ya de entrada resulta cuando menos sospechoso, por ser ambiguo en el significado y equívoco en la intención. Verá por qué le dije esto.
Si etimológicamente el prefijo ‘para’ significa “junto a”, entonces parapsicología sería “lo que está al lado de la psicología” -que sí es una ciencia social aunque no unitaria-, lo que nos lleva a preguntarnos ¿transforma esta proximidad lingüística a la parapsicología en ciencia? ¿Se convierte un establecimiento que solo es comercial en sanitario y oficial por el simple hecho de poner en su fachada el rótulo de PARAFARMACIA? ¿no, verdad? Pero quedan meridianamente retratadas las pretensiones con las que lo hace, pues eso mismo digo de la parapsicología. Si es una ciencia, ¿por qué no tiene un nombre propio como las demás? ¿por qué no deja de llamarse como aquella a la que se quiere asemejar, cuando es ella misma, además, la que se ha puesto dicho nombre? Ha de saber que nadie la llamó así salvo sus propios y crédulos actores y seguidores, tanto agentes como pacientes. Sí, algo suspecto sí parece, ¡Tito tatín, tatín. Ta tito tito tin...!
Creando el neologismo. En un contexto histórico todo apunta a que el término fue acuñado en junio de 1889 y lo hizo un filósofo y psicólogo alemán, Max Dessoir, en la revista alemana Sphinx dedicada al esoterismo o misticismo y donde confesaba “buscar un término neutral y de apariencia científica” para describir aquellos fenómenos de la psique que parecían contradecir las leyes físicas y psicológicas conocidas en su época. Pongamos que hablaba del espiritismo o los presuntos poderes de los médiums que escapaban, de ser ciertos, a los límites de ciencia establecida; unos fenómenos que, por cierto, fueron desacreditados o desenmascarados como fraudes por ilusionistas y científicos de la época. Así que el alemán sabía bien lo que se hacía y anduvo prudente el hombre a la hora de llamar parapsicología al estudio de los “fenómenos parapsíquicos”, esa área límite e innominada entre los estados mentales normales y los patológicos. No es que fuera meliflua su autodenominación, si en realidad hubiera pensado que era una ciencia con entidad y cuerpo de conocimientos propios, nunca la habría bautizado con el nombre de otra, a quién, es evidente, se quería parecer o pretendía ser una prolongación.
Y no andaba descaminado ni mucho menos, en lo que respecta a la que está “junto a la psicología”; estoy pensando por ejemplo en la psicometría, una rama de la psicología encargada de medir de forma objetiva y científica las variables y los procesos psicológicos que no se pueden observar a simple vista como pueden ser inteligencia, personalidad, las aptitudes o las emociones. Una ciencia que nace unos años antes (1884) que la parapsicología y con nombre propio, claro, cuando el polígrafo británico Francis Galton establece su laboratorio antropométrico para medir diferencias individuales. Con razón está considerado como ‘padre de la psicometría moderna’, al ser el primero en intentar medir la inteligencia humana de forma sistemática a través de pruebas psicofísicas y el estudio de gemelos. Por cierto, el polímata era primo hermano del naturalista evolucionista Charles Darwin, aquí hay hilo del que tirar, y si algo he aprendido con la divulgación científica es que ‘la ciencia yerra, evoluciona y rectifica; la pseudociencia sin embargo nunca falla, siempre tiene un remedio estúpido que vale para cualquier cosa’.
Popularización del término. Pero no fue hasta varias décadas después, en los años 30 ya del pasado siglo XX, cuando el biólogo y psicólogo estadounidense Joseph Banks Rhine adoptó el término en la Universidad de Duke, utilizándolo tanto para sustituir viejos y vacíos conceptos como "investigación psíquica" o "metapsicología", como para intentar dotar a algunas de dichas investigaciones de un enfoque de laboratorio experimental de un, digamos, “marchamo universitario, científico y profesional”. Ya se imagina por dónde iban encaminados los tiros y las pretensiones de convertirla en ciencia, le recuerdo la popularidad que ciertos “investigadores” le dieron al uso de cartas (cartas Zener) para intentar medir la telepatía bajo un entorno “pseudocientífico”, aunque sus métodos fueran contundentemente cuestionados y refutados desde el principio. Y así están las cosas, pasa el tiempo y a pesar de sus supuestos pero inexistentes avances todo sigue igual y la disciplina se sigue llamando “la que está junto a la psicología”, como las parafarmacias, y sin tener un nombre que le sea propio ¿Lo hace porque nunca ha estado reconocida como tal ciencia, y lo único que puede hacer es jugar a la confusión de términos, con intenciones nada confesables, pero, del todo imaginables? ‘Las pseudociencias son como las pesadillas: se desvanecen cuando se las examina a la luz de la ciencia’. Mario Bunge. (Continuará)
CONTACTO: [email protected]
FUENTE: Enroque de ciencia











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