Carlos Roque Sánchez
Marilyn y ‘Ulysses’
O Norma Jeane leyendo a Joyce. Sí, me refiero a la famosa fotografía de la actriz estadounidense Marilyn Monroe (1926-1962) leyendo la no menos famosa novela del escritor irlandés, y que fue tomada en septiembre de 1955 durante el fin de semana del Labor Day estadounidense, con ella sentada en el tiovivo de un parque infantil de Long Island, Nueva York. Lo hizo la célebre y primera fotógrafa de la mítica agencia Magnum, la estadounidense Eve Arnold para un reportaje de la revista Esquire. Probablemente una de las fotos menos sexis que se conservan de la actriz y cuya imagen se convirtió en todo un icono cultural al desafiar el estereotipo de “rubia tonta” que, públicamente, se le asociaba al mostrar así su faceta de ávida lectora. En ella, a primera vista, la podemos ver ataviada sucintamente con un bañador y una camiseta rayada, apoyada en la estructura de uno de los juegos del parque y aparentemente absorta y concentrada en la lectura, al sol, de un libro. Pero no de uno cualquiera pues es un libro de vanguardia que marcó el pasado siglo XX, uno más que críptico y de difícil lectura que ha sido calificado por no pocos críticos como una obra visionaria, aunque caótica y desestructurada. Naturalmente no es otro que el famoso y polémico Ulises de James Joyce publicado en 1922, cuatro años antes del nacimiento de la niña Norma Jeane y cuarenta del fallecimiento de Marilyn.
Una imagen en palabras. Vista con más detenimiento la imagen, por cierto tomada durante su estancia en la casa de campo del poeta Norman Rosten en Port Jefferson, nos muestra a Marilyn sentada en un columpio infantil con los pies descalzos, los labios entrecerrados y la mirada de miope un poco perdida en la página. Sostiene con una sola mano, la derecha, un pesado ejemplar de tapas duras algo desgastado (quizás de la edición de The Bodley Head) apoyado en las rodillas mientras, con la otra, se abraza las piernas. Y del que, ya que la cubierta está algo alzada, se puede ver no solo su título sino, más o menos, en qué paginas se encuentra en el momento de la foto y así mientras: el primero es el de la susodicha novela que narra un día en la vida del cuarentón Leopold Bloom, el universitario Stephen Dedalus y la mujer del primero, Molly Bloom, en Dublín; las segundas son sus últimas páginas. Ese medio centenar que se corresponden con, nada menos, el libérrimo, obsceno y magnífico flujo de conciencia del monólogo de Molly cuando, tendida en la cama a altas horas de la madrugada, recuerda toda suerte de pensamientos. Y lo hace en ocho larguísimos fragmentos que se leen casi sin respirar, desde escenas de su infancia (en Gibraltar) o pretendientes (Molly es la Penélope de Joyce), hasta de sus relaciones y otros sucesos íntimos solo interrumpidos por ocasionales flashes de realidad (el pitido de un tren, las ganas de orinar). Por todo ello y sin duda alguna, la fotografía es una de las imágenes icónicas de la eterna blonda de Hollywood, de su otra intimidad.
Otra imagen en palabras. De la misma serie fotográfica que la del parque existe otra imagen, realizada en la playa de Long Island, en la que la actriz aparece sentada en el hueco de un tronco leyendo un libro. En su parte superior destacan su rubio cabello revuelto, la cara algo inclinada, maquillada y un poco infantil, y el escote generoso de su bikini de rombos blancos y negros que casi se apoya en las páginas abiertas de un libro que, encuadrado en el centro exacto de la imagen transmite la impresión de ser pesado al estar sostenido con los dedos de ambas manos cruzadas en forma de atril y las rodillas cerradas. Mientras, en la parte inferior de la imagen apreciamos que la actriz calza unos zapatos negros de ¿charol?; por otro lado, todo el contorno de la piel desnuda de Marilyn se recorta sobre el fondo oscuro de la corteza del árbol. En lo que respecta al libro -por su horizontalidad no se puede apreciar con claridad el título si bien no hay dudas al respecto- sí se observa por qué parte está abierto, y es evidente que es por las últimas páginas, las del tristemente célebre monólogo de Molly, o sea, como la fotografía del parque infantil, pero con una diferencia cuantitativa. Si se fija, en la del parque ya casi no le quedan páginas, está prácticamente en las últimas, mientras que en la del árbol se aprecia un cierto grosor por lo que quizás podamos establecer una cronología entre ellas. Primero se tomaron las de la playa y después las del parque, claro que, siempre que fuera cierto que la actriz realmente estuviera leyendo el libro de marra y no fuera solo una impostura intelectual para la sesión de fotografía. Lo que podría ser también.
Preguntas en busca de respuestas ¿Estaba leyendo realmente el libro mientras la fotografiaban? ¿Estaba la actriz “influenciada” por el escritor Arthur Miller que, por aquél entonces, aún no era su marido? ¿Llegó a acabar su lectura o, como les ha sucedido a millones de lectores en todo el planeta a lo largo de los años, lo ha dejado por imposible y en más de una ocasión? ¿Lo hizo o no lo hizo? No olvidemos que hablamos de la Monroe, símbolo sexual del siglo XX, y del Ulises de Joyce, un icono de la intelectualidad del siglo XX y un texto de muy, muy, difícil lectura. A mi entender de discreto letraherido, éste es otro de esos grandes libros más vendidos que leídos, lo que tampoco es infrecuente; los expertos en estos asuntos saben que muchos grandes libros se compran mucho y no se leen o casi. Puro postureo, lo que puede ser. En cualquier caso, me refugio en el popular proverbio italiano, ese que reza «se non è vero, è ben trovato».
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FUENTE: Enroque de ciencia











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