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Redacción
Jueves, 29 de Octubre de 2026

Viejos, mayores, tercera edad (por Severiano Alonso)

Hace unos días, después de una avería de mi vehículo y la constatación de que su reparación no era la mejor opción, me dirigí a mi “gestor personal”, esa figura maravillosa que las entidades bancarias te ofrecen para facilitar tu exitosa vida financiera, y después de once intentos de comunicarme con él, le pregunté si el banco, no olvides que los bancos son entidades caritativas que están para hacerte la vida más fácil, le pregunté, venía diciendo, si el banco podía financiarme un renting para un vehículo nuevo.


Después de disculparse, a regañadientes, por no haber respondido a mis once llamadas me respondió que por mi edad, ya he consumido dos edades, el banco, mi banco desde hace medio siglo, no puede financiarme un renting.
Me dieron ganas de gritar, de romper el banco, de encadenarme, todavía más, a sus puertas.


¿Pero cómo se atreven a darme esa repuesta a mí que soy un contribuyente importante a su caudal dinerario? De repente me di cuenta que me estaban llamando viejo, que me convertían en un cliente sospechoso, de dudosa fiabilidad. De repente noté sobre mis espaldas el peso del EDADISMO, una palabra de esas que se repiten ya con frecuencia y que significa “discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas”,  como recoge el Diccionario de la Real Academia Española. Pero el Diccionario recoge el sentir de la sociedad.


Vivimos en una sociedad en la que se menosprecia a los mayores, se les aleja de las decisiones importantes porque “no están al día”, están anclados en el pasado y no entienden las nuevas formas de vida, sólo generan inconvenientes. Se menosprecia la experiencia, la sensatez adquirida a base de tropiezos...


Me vino a la cabeza la enorme tristeza, acompañada de rabia, que experimenté en los dos meses (¡qué pronto los hemos olvidado!) de la pandemia, encerrado en mi casa de León acompañando a mi madre ya casi centenaria por entonces, la rabia, decía, de aquellos telediarios cargados de muerte, de vidas encerradas, de Residencias moribundas, del desprecio que se notaba en muchos responsables políticos por los “mayores”, principales víctimas de ese bicho mortal, de la falta de humanidad de alguna reunión en la que se optaba por atender prioritariamente a los jóvenes (ya sabemos que eso se piensa, pero verbalizarlo en una reunión de “expertos”...).

 

Menos mal, pensó alguno, que vamos a aligerar la carga de las pensiones. Pues me rebelo ante esta discriminación. No somos desechables aunque los partidos políticos ya han colocado en sus museos a los dirigentes que consolidaron esta democracia, ahora tambaleante tal vez por no escuchar a los que trabajaron por cimentarla, no somos desechables y seguimos contribuyendo con nuestros impuestos al mantenimiento de los servicios públicos y también, vergonzosamente, a los “chiringuitos” público-privados que han construido unos y otros, no somos desechables porque estamos siempre para apoyar a los nuestros cuando no pueden “conciliar” su vida con su trabajo por falta de una legislación que proteja de verdad a la familia, no somos desechables porque tenemos ganas de vivir, de seguir haciendo cosas útiles para la comunidad, no somos desechables porque tenemos el depósito de la ternura y del amor todavía lleno.


Tengo una madre camino, ya en un mes, de cumplir los 104 años y me llena el corazón cuando estoy a su lado y no tengo tiempo de agradecer todo lo que mis padres, minero y ama de casa, hicieron por sus seis hijos. Mi madre no tiene edad: es mi madre.

 

Tal vez debería ir al banco, retirar mis abundantes caudales y guardarlos en el colchón, donde no entra Hacienda.
LO PENSARÉ.


Severiano Alonso

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