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Redacción
Miércoles, 28 de Octubre de 2026

Elogio del terraplanismo

Diversidad y panfilismo

Por Balsa Cirrito

[Img #306503]El mundo perrofláutico maneja una serie de palabras, de términos clave para reconocerse entre sus miembros, aunque para mí que no tenían necesidad (les ocurre lo mismo que a los enanos, como dice Augusto Monterroso con frase genial: “los enanos tienen un sexto sentido por el que se reconocen los unos a los otros”). Las palabras favoritas de la perroflausis podríamos decir que son: inclusivo, resiliente, solidario, transversal, sostenible, diversidad, igualitario, implementar… todas ellas apoyadas por el calificativo principal y multiuso que es el de fascista para quien no se pliegue. Las páginas web del Ministerio de la Agenda 2030, por ejemplo, me han parecido a veces que estaban hechas de cachondeo, porque los referidos términos se amontonan en ellas como manifestantes franceses ante el escaparate de una tienda de Nike (¿Los he llamado franceses? Hum…)

           

En realidad, todas estas palabras no suelen significar un pimiento, y su uso constante tiene como objetivo dar cuerpo a lo que los perroflautas dicen, que, en realidad, no suele ser consistente, sino todo lo contrario. Pero soltando un par de resiliencias y otro par de sostenibles, adornados con una implementación, cualquier discurso parece digno de Jorge Valdano. No tengo espacio para todos esos conceptos, así que me voy a dedicar a uno solo. Hablaré de la diversidad.

           

En todos lados se alaba la diversidad con el mismo fervor con que yo alabo los bollos suizos. ¡La diversidad! ¡Ah, la diversidad! ¡Mamma mia, la diversidad! Pero podemos preguntarnos, la diversidad, ¿qué? ¿Por qué es buena? ¿Qué ventajas ofrece? ¿Qué ganamos?

           

Entre las muchas diversidades perniciosas, vamos a destacar una, la diversidad cultural, que suena tan bien que parece imposible que existan mastuerzos que se le opongan como un servidor. Todos los días escuchamos, y no solo por parte de la izquierda perroflauta, sino también desde muchos sectores de la derecha, que la diversidad cultural es estupenda. Enriquecedora. Nutritiva para el espíritu. Mi respuesta a esa idea es, hablando con propiedad y moderación, que un mojón para todos los que la defienden. Pero no un mojón cualquiera, no, un mojón de los grandes. Del tamaño de una churrería para jugadores de la NBA. Como el sombrero de un mejicano cabezón. Un mojón como la Plaza de las Ventas, como el círculo de Stonehenge, como el Coliseo de Roma, como los cráteres de la Luna...

           

Para empezar, creo que se confunde diversidad cultural con diversidad racial. La diversidad racial es complicada, y disto mucho de considerarla un objetivo, pero a veces funciona. Hay países que han conseguido avanzar razonablemente bien con varias razas conviviendo. Es cierto que la mayoría de las veces, cuando se mezclan en un país diversos grupos étnicos, se producen conflictos, pero entiendo que esos problemas son – con mucho esfuerzo – solucionables. Pero lo que es la diversidad cultural en una nación nunca funciona. De hecho, nunca ha funcionado. Y si alguien es capaz de proporcionarme un ejemplo que levante la mano… ¿Nadie levanta la mano? Pues seguimos.

           

Cuando dos culturas diferentes se encuentran, chocan. Es algo inevitable. Y cuanto más alejadas mayor es el choque. En España tenemos un caso especialmente deprimente que es el choque autonómico. Observen como en Cataluña o País Vasco se ataca cualquier elemento ¿españolista? con ferocidad. Y no digo ya el idioma español (que, por cierto, nació entre vascoparlantes), sino la paella de los domingos, el vino de la Ribera del Duero o la Selección Española de Fútbol, son rechazados en muchas ocasiones, lo cual resulta particularmente ridículo, ya que la cultura catalana ni siquiera es una cultura diferente, sino una variedad del conglomerado ibérico, dentro de la latinidad romana, e inclusa en el mundo occidental. Pero peor andan en otros lugares. Digamos Bélgica, que es un país que visito varias veces al año y donde la posición de la cultura valona con respecto a la flamenca y viceversa roza la esquizofrenia. Recuerdo haber estado en un hospital de zona flamenca de habla neerlandesa y haber acudido a la recepción parlando en francés, que, al fin y al cabo, es una lengua oficial del país. Les faltó poco para escupirme. Dos días después fui de nuevo al mostrador del hospital. Estaban las mismas personas, y con mi experiencia anterior me dirigí a ellos en inglés. Cuando les hablé en inglés fueron extremadamente amables y simpáticos. Y menciono un país donde las dos culturas tienen aproximadamente la misma fuerza, siendo las dos europeas y occidentales, claro.

           

Pues hagan cálculos cuando las culturas no son ni ibéricas, ni latinas, ni europeas, ni occidentales. E imagínense más cosas cuando ni siquiera se trata de culturas propiamente dichas, sino de religiones.  Hablo, por supuesto, del Islam.

           

El Islam va a acabar con nosotros o, al menos, con nuestro modo de vida. Irremisiblemente. Ahora mismo son en nuestro país el 5% de la población. Cuando lleguen al 10% el panorama será grave. Cuando alcancen el 15% será insostenible. Ni siquiera pretendo discutir mucho sobre el particular con quienes niegan que esto vaya a ocurrir. Si no les convence lo ocurrido en Líbano, hasta hace poco país de mayoría cristiana a la que los muslis desalojaron. Si no les convence lo que pasó en Palestina, donde había zonas como Belén con amplísima población cristiana (en torno al 80%) y ahora no queda ni para simiente. Si no les convence lo que hoy pasa en Egipto con la minoría cristiana copta, de muchos millones de personas, que estaban allí antes que los mahometanos y que son ciudadanos de segunda o tercera categoría. Si no les convence lo que ocurre en otros países de Europa como Suecia o Gran Bretaña, camino de convertirse en estercoleros. Si no les convence lo que ocurre en esa nación antaño gloria de nuestro continente y que ya ni siquiera es un país occidental (¿a que todo el mundo entiende que hablo de Francia?). Si no les convencen los muchos indicios que ya tenemos en España, no hay nada que pueda hacerlo... De hecho, lo acojonante es mi intento de convencer a tanta gente de lo que va a ocurrir. ¿Pero es que no tienen ojos en la cara? ¿Dónde miran? ¿Hacen falta más pruebas que leer un periódico cualquier día del año? ¿Han consultado alguna estadística? ¿Se ven algunas más guapas con un pañuelo en la cabeza? Y créanme que me gustaría equivocarme...

           

No, la diversidad cultural no es buena. Al final siempre hay un grupo que pretende aplastar al otro, y es la reacción inevitable, tristemente inevitable, de los seres humanos. Es cierto que suena estupendo: diversidad; oh, diversidad. Nos imaginamos un restaurante donde hay platos para gente que come carne, para piscívoros y para vegetarianos, y nos decimos que eso es bueno. Pero la diversidad cultural se nos puede atragantar, porque se convierte al final en el dominio de los más brutos y los más bestias sobre los más tolerantes, de gente que come pescado – un poner – y obliga a todo el mundo a comer pescado. Y nosotros no somos ni los más brutos ni los más bestias. Solo somos los más pánfilos.

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