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Redacción
Miércoles, 21 de Octubre de 2026

Elogio del terraplanismo

No quiero un chándal como el de Maduro

Por Balsa Cirrito

[Img #306009]Quiero decir algunas cosas. Sobre todo, una: hemos estado padeciendo un gobierno profundamente inmoral durante demasiados años. No solo ineficiente (casi nada funciona bien en el país), corrupto (no hace falta dar ejemplos), totalitario (solo hay que echar un ojo a la televisión pública), fullero (ay, esas cloacas), y fanático ideológicamente, sino, sobre todo, inmoral.

           

Hasta los oscuros días de Pedro Sánchez, nunca vi un gobierno que se creyera en posesión de la verdad absoluta. Su osadía es gigantesca y se permite señalar qué está bien y qué está mal, qué es justo y qué no, quién es bueno y quién es malo, cuál es el lado correcto de la historia y cuál el equivocado. Y no me refiero a que gobierne según unos principios determinados, que eso es entendible, me refiero a que descalifica y deshumaniza a quienes se atreven a pensar de forma diferente. Sánchez – y no digamos nada de sus adláteres podemitas, sumarianos y demás laya – se halla en un tris de ilegalizar a quienes piensen de modo distinto, de hecho, lo ha conseguido en no pocos aspectos. Semejante dictadura de pensamiento resulta sencillamente repulsiva. Intolerable. Afirmar como hace nuestro gobierno que quien le lleve la contraria es un individuo ruin y un ser despreciable, indigno de tener derecho a expresarse en público, es el último paso para llevarnos a una dictadura chavista.

           

El caso de VOX es significativo. A día de hoy, el partido de Abascal tiene mayores timbres democráticos que todos los aliados gubernamentales juntos. Solo hay que escuchar cinco minutos a un podemita o a un bildutarra o a un sumariano para darse cuenta de que muy democráticos, lo que se dice muy democráticos, no son. De hecho, incluso suelen desdeñar la esencia de la democracia y la libertad que es el libre debate y expresión de ideas. ¡Cuántas veces hemos oído si no aquello de que “con los fascistas no se discute” por parte de estos grupos, aunque luego, si se les interroga, no sean capaces de definir qué convierte a alguien en fascista! Sin embargo, desde el gobierno y desde sus medios de comunicación oficiales, se descalifica absolutamente la posibilidad de que VOX participe en un gobierno, presentando la eventualidad casi como uno de los signos que anunciará el Apocalipsis

           

Y, claro, un gobierno que se cree en posesión de la verdad y la razón no entiende que sea necesario respetar las reglas de la democracia, tanto las escritas como las no escritas. Según las no escritas, Sánchez habría tenido que dimitir hace mucho tiempo. Su situación en el parlamento ha sido insostenible durante la mayor parte de su gobierno. Baste recordar que Felipe González, con una aritmética mucho más favorable, dimitió y convocó elecciones. Y lo hizo dos veces. Y con respeto a las reglas escritas, solo hay que citar la prodigiosa marca de no haber presentado un solo presupuesto en cuatro años.

           

No quiero ponerme catastrofista, pero en las próximas elecciones nos jugamos más de lo que parece. Sencillamente nos jugamos seguir siendo una democracia. Si no se desaloja a Sánchez del poder la democracia y la alternancia de partidos habrá desaparecido en España durante mucho tiempo, porque las trampas y los manejos del sanchismo no podrán ser detenidos. Cuando echo un ojo a la llamada Ley de nietos casi no doy crédito a lo que leo. Es un descarado y vil intento de quebrar la democracia y de reventar las elecciones. Un intento de pucherazo legal. Aunque lo que más me espanta no es la ley en sí, que ya nos vale, sino los santos cataplines y la santa cachaza de presentarla sin que se le caiga a nadie la cara de vergüenza y sin que nadie del bloque de izquierda alce la voz contra un despropósito semejante y sin que la prensa paniaguada no haga otra cosa que justificarla con argumentos surrealistas. ¿Fascista? ¿Quién es fascista, tíos?

           

Desde que empecé a escribir en este periódico (y estoy desde el primer día) he repetido muchas veces que la fórmula ideal para un país es la alternancia de ocho años de centro derecha y ocho años de centro izquierda. El problema es que el PSOE no es ya ni remotamente un partido de centro izquierda, sino de extrema, muy extrema izquierda (y quien lo dude, que mire un poco dónde andan sus equivalentes en Europa, donde España, literalmente, se ha quedado sola). Me atrevo decir – y manda huevos – que quien representa el centro izquierda en España ahora es el PP; de hecho no veo gran diferencia entre el PP de la actualidad y el PSOE de – digamos – Joaquín Almunia. En 2023 voté a Pedro Sánchez, aunque reconozco que ya iba sospechando que me arrepentiría, por eso ahora quiero que me devuelvan mi dinero. Porque lo de Sánchez es como si hubiera ido a comprar un electrodoméstico, un frigorífico con una serie de características y luego resultara mentira lo que decía el folleto; que la nevera gasta más energía de la prometida, que el congelador hace escarcha y que el motor del frigorífico no tiene garantía. En esas, sencillamente devolvería el producto y pediría el reembolso de mi dinero. Pues exactamente ahí andamos, porque el folleto de Sánchez está lleno de mentiras: prometía cosas para hacer luego justamente lo contrario.

           

Nos jugamos mucho. Nos jugamos ser una democracia europea o un esperpento chavista al que es imposible desalojar del poder. Y yo, francamente, puedo aceptar muchas cosas, pero no estoy dispuesto a aceptar a Óscar Puente vestido con un chándal como el de Maduro. Sería demasiado.

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