Adiós querido Domingo. Adiós con el corazón (por Manuel Martín-Arroyo Camacho)
Seguramente si eres un carnavalero roteño de mediana edad, te habrás acordado de aquel cuplé de Juanmita y Barcala en el que con tanto arte le cantaban al exalcalde Domingo Sánchez Rizo. (El acento cambiado forma parte de las licencias lingüísticas sin importancia que tienen algunas coplas).
Dejaba la alcaldía y se abría paso la época oscura de los siguientes regidores en una carambola de las derechas populistas que ya sabemos cómo acabaron. Domingo se marchaba para la farmacia, dejaba los plenos y la vida política, pero siempre lo íbamos a recordar con su tanga por la orilla. Ahí terminaba el cuplé que incluso años más tardes seguíamos recordando y cantando. (Los carnavaleros somos los más jartibles del planeta). Y qué sonrisa tan grande se le plantaba en la cara nada más escuchar el principio.
Aquello permaneció durante algún tiempo como himno oficioso de la actualidad roteña… y qué difícil era encontrar en él una mala palabra o respuesta, incluso una mirada turbia o prepotente. Me atrevo a decir que su semblante era la antítesis de todo aquello, una mirada limpia, sana, generosa y divertida. Sabía fruncir el ceño también cuando la conversación se torcía hablando de pronósticos, tratamientos, medicación seria y esa ristra de términos médicos, malditos y desagradables.
Domingo fue el hombre de la pajarita y del bañadorcito, de la palabra y del abrazo, del despacho y del barrio, compañero de los Poleaos y habitante del Caracol.
Quizás yo fui aprendiendo de personas como él a respetar las opiniones diferentes, el partido que no era el tuyo, lo bonito del debate y de dialogar para llegar a acuerdos. O quizás no había acuerdos, pero siempre camaradería y aprecio. Personas mayores que yo, y que la vida me ha ido poniendo delante como un regalo: “ahí los tienes, te sacan veinte años, así que escucha y aprende”.
De repente, un alcalde podía sentarse contigo en una terraza y charlar, de repente lo veías pasar en bici al rato de despachar con el comandante de la Base, de repente salía de su trastienda y no solo se preocupaba por tu salud, sino también por la de tu familia. Y así con todo.
Con el paso del tiempo, me di cuenta de que había un valor que prevalecía: la vecindad. Era capaz de unir a un heavy y a un cofrade, a un escritor y a un analfabeto, a uno de aquí con otro de allá, a uno de veinte con otro de ochenta… a un enfermo y a otro sano. No sé si seremos capaces de ver a una persona tan popular, en el sentido hermoso de esa palabra, porque quizás Domingo fue el más vecino de todo el pueblo, el cercano y el que reunía, el que atendía, el que escuchaba y preguntaba, el que aprendía, el que se reía contigo, el que invitaba, y sí, también era el que lloraba cuando se emocionaba. Y todo eso era digno de admirar.
Nuestro último encuentro (quizás no lo sea) fue este septiembre en un concierto en el Castillo. El amigo y poeta Juanjo Téllez le dedicaba un poema sincero y hermoso que aún hoy me pone los vellos de punta recordar. En el momento de la cena, en un ataque de espontaneidad, él decidió que iba a pagar la cuenta de los once que estábamos, y cuando le preguntamos el por qué, soltó: “no me dedican un poema todos los días, así que hoy pago yo”. No consigo quitarme de la cabeza todo aquello que compartimos en esa velada sencilla: amigos, música, anécdotas, los chistes de Javier, la Alameda, las camisas veraniegas y el par de horas a su lado, como si aquello fuera infinito y no hubiera tenido nunca el aroma de una trágica despedida.
No solo lo van a recordar las hemerotecas que cuenten el devenir político y administrativo de la historia de un pueblo, eso a nosotros nos importa poco. Quedará su nombre (porque me atrevo a decir que el siempre será Domingo de Rota) en las calles y en los barrios humildes, en una esquina del Zambra y en las batas blancas de los farmacéuticos, en la Casa del Pueblo y en cualquier lugar donde haya buena conversación, amigos y vecinos. Lo veremos siempre, como estampa inolvidable, por mucho que se haya ido, con su Elvira, su bañadorcito frente al atardecer de su pueblo, y siempre siempre atendiendo las palabras del vecino. Y por supuesto, con una sonrisa que no le cabía en la cara.
Descansa en paz, amigo.
Manuel Martín-Arroyo Camacho





























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