Carlos Roque Sánchez
‘Efecto Matilda’
(Continuación) El sociólogo hizo lo que en artillería se conoce como un tiro por elevación, utilizado para evitar obstáculos salvables, influido sin duda por una perversión, la del ‘Efecto Matilda’, sí, uno nuevo dotado por aquél entonces y aún hoy de un notable grado de invisibilidad como lo prueba el hecho de que el propio Merton sucumbiera al mismo consciente o no. El caso es que el trabajo doctoral de Harriet Zuckerman (1965) no fue reconocido de forma pública por el sociólogo ya que el nombre de ella solo aparecía en las notas a pie de página del susodicho artículo “mertoniano” de 1968. Lo que está malamente.
‘Efecto Harriet/Matilda’. Es el nombre completo que en 1993 acuñó la historiadora de ciencias estadounidense Margaret W. Rossiter (1944) para referirse a ese particular tipo de ‘prejuicio en contra de reconocer los logros de las mujeres científicas, cuyo trabajo a menudo se atribuye a sus colegas masculinos’. Una expresión cuya existencia se remonta tan solo a finales del siglo pasado, pero que refleja una situación que en realidad es secular en la historia del hombre, una con la que nombra a este prejuicioso fenómeno social y lo hace en un doble reconocimiento. En honor a la socióloga Harriet Zuckerman y a la sufragista Matilda J. Gage pero, ya ve, con el paso del tiempo y la inexorable ley de la economía se quedó solo con el nombre propio de la segunda, ‘efecto Matilda’. Para ejemplificar este efecto, la historiadora cita nada menos que a Trótula de Salerno, médica italiana del siglo XII, la primera ginecóloga y autora de varios libros que, al morir ella, fueron atribuidos a médicos y científicos, hombres quiero decir. Vamos que la cosa viene de largo y desde entonces la lista de mujeres a las que el sistema de recompensas de la ciencia trató injustamente por su sexo no dejó de crecer, pongamos que hablamos de Gerty Cori, Nettie Stevens, Marie Curie, Marthe Gautier, Lise Meitner, Marietta Blau, Rosalind Franklin, Mary Whiton Calkins o Jocelyn Bell Burnell por citar solo algunas de las más conocidas. Todas y cada una de ellas sufrieron el olvido consciente y sistemático de sus aportaciones científicas e investigadoras por el mero hecho de ser mujer y es que, desde siempre, el papel de la mujer en la ciencia ha pasado desapercibido o reducido a secundario. Una discriminación de género del todo injusta para ellas y para la ciencia, una perversión sin duda.
“Mucho te quiero perrito, pero…”. De ella, de la sufragista y activista abolicionista neoyorkina Matilda Joslyn Gage (1826-1898), apuntar que a finales del siglo XIX fue la primera persona en identificar y denunciar la invisibilización de las mujeres y sus méritos en diferentes contextos y ámbitos; de hecho llegó a hacerlo en la propia Biblia como muestra en su ensayo de 1870 Woman As Inventor (La mujer como inventora), siendo esta defensora de los derechos de las mujeres, la primera en hacerse eco de este discriminatorio sucedido. De modo que Rossiter en 1993 volvió a poner negro sobre blanco la labor reinvindicadora llevada a cabo por Gage algo más de un siglo antes, y con la que describía y definía la falta de estima y consideración que han sufrido las aportaciones de las mujeres en el ámbito de la ciencia. Precisamente el año en el que Merton se separó de su mujer y pasó a compartir su vida con Zuckerman, sí, es lo que tiene el roce que sabido es hace el cariño y en este caso, como trabajaban codo con codo, pues no dejaban de rozarse y el cariño creció hasta llegar al matrimonio; eso sí, veinticinco años después, en 1993. “Mucho te quiero, perrito; pero pan, poquito”.
“A la fuerza ahorcan”. Y también el mismo año en el que Merton reconoce de manera pública que aquel artículo de 1968 debería haberlo firmado en coautoría con ella ¿Casualidad? ¿Coincidencia? ¿Acción enemiga? puede ser, pero quede claro que estas cosas a veces pasan. Una inacción en el reconocimiento que él justificaba arguyendo que, ambos, en aquél entonces, mientras trabajaban en el campo de la sociología de la ciencia estudiando la estructura, relaciones y procesos de socialización de la comunidad científica, no fueron conscientes de las desigualdades de género que se percibían en la sociedad de la época. Lo que puede ser, que estas cosas también pasan. Pero, nunca falta uno en la cesta de manzanas de la ciencia y como diría el castizo, “a buenas horas, mangas verdes” o ‘a la fuerza ahorcan’, que diría otro. Perdone el avenate refranero.
Visto en perspectiva, el ‘efecto Matilda’ de la Rossiter no es más que un corolario, una consecuencia de un sucedido anterior en el que se inspiró para la expresión del nombre y con el que por supuesto está relacionado, el ‘Efecto Mateo’, ya sabe, aquel por el cual un científico eminente, a menudo, obtiene más crédito que un investigador comparativamente desconocido, incluso si su trabajo es compartido o similar. Una discriminación sistemática y pandémica que han sufrido las mujeres en el ámbito de la ciencia porque, sin lugar a dudas, las mujeres son más vulnerables al ‘efecto Mateo’ que los hombres. Así que en esas estamos, al trio femenino que forman las palabras mujer, ciencia y discriminación ahora lo podemos referir como “del efecto Mateo al efecto Matilda, sin solución de continuidad”. (¿Continuará?)
CONTACTO: [email protected]
FUENTE: Enroque de ciencia











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