Ernesto Castell Muñiz devuelve a Rota al niño que soñaba con sus fiestas patronales
El XXVII exaltador de estas fiestas recuerda su infancia y comparte el amor por su pueblo y la Virgen del Rosario
En este primer día de fiestas patronales de Rota, en el que la coronación de la dama mayor es uno de los momentos más destacados, los roteños también han podido escuchar la XXVII Exaltación de las Fiestas del Rosario, que este año corría a cargo del joven Ernesto Castell Muñiz. Este roteño, que es un enamorado de su pueblo, y que conoce bien las tradiciones de la villa pese a su edad, se ha mostrado ilusionado y nervioso a la vez, pero feliz de poder estar sobre un atril para poner voz a sus recuerdos y tantas vivencias junto a la patrona, en su pueblo y con el Rosario siempre presente.
Como decía en la presentación del exaltador la delegada de Fiestas, Esther García, Ernesto Castell Muñiz es un joven apasionado, que vive el mundo cofrade con intensidad y que se muestra transparente.
En su exaltación ha habido hueco para los recuerdos, para muchas personas que no ha querido olvidar en este momento especial y para sentimientos que renacen cada año porque en realidad, nunca se van. Ernesto Castell ha hablado desde su yo más profundo, desde la sensibilidad y la sinceridad, desde el amor y la pasión por las cosas de su villa, y en todo ello, siempre ha encontrado a la Virgen del Rosario en torno a quien desde hoy los roteños celebran su fiesta más auténtica.
Ernesto Castell ha querido compartir con el público lo que siente por Rota y lo que esta localidad significa para él protagonizando una emotiva exaltación en la que ha hecho un recorrido por la memoria, las tradiciones y el sentimiento de pertenencia a Rota. Y es que la oportunidad de ser el exaltador de las patronales le ha dado la oportunidad de volver a mirar al niñoque fue y mirarse en aquel espejo de hace años, cuando celebrar las fiestas del Rosario era para él de los días más importantes del año.
Desde el comienzo, el joven roteño quiso dejar claro que esta no era una noche más. Era, en cierto modo, el punto de llegada de un camino que comenzó mucho antes de que pudiera imaginarlo. “Nada es por casualidad”, fueron sus primeras palabras, antes de recordar sus raíces familiares y su vínculo con Rota, una tierra que, aunque no fue su cuna, terminó convirtiéndose en su hogar emocional.
El exaltador agradeció al Ayuntamiento de Rota y a la delegación de Fiestas la confianza depositada en él, así como a su familia y amigos, pero pronto su discurso dejó de ser únicamente el de un exaltador para convertirse en el relato de un roteño que hablaba de su pueblo desde los recuerdos y desde el corazón. Y es que para Ernesto Castell Muñiz, octubre no es simplemente un mes en el calendario, es el momento en el que Rota cambia, despierta y vuelve a reconocerse en sus calles, en sus gentes y en sus tradiciones.
A través del diálogo imaginario entre una madre y su hijo, el exaltador habló de unas fiestas que pasan de generación en generación y que sobreviven precisamente porque quienes las vivieron enseñan a quienes vienen detrás a quererlas. Las fiestas, explicó, son las voces de los padres, las huellas de quienes precedieron a las nuevas generaciones y una memoria que permanece. En ese viaje al pasado apareció también su bisabuelo Guillermo, sevillano de nacimiento y enamorado de Rota, que durante años quiso dedicar sus versos a la localidad, por eso, esta noche, era la oportunidad de cumplir un deseo familiar que había permanecido durante generaciones.
Pero si hubo una persona con la que el exaltador quiso explicar qué significa Rota, esa fue su vecina Rafaela, una mujer que representa una forma de entender la vida: la puerta abierta, la mesa siempre preparada, la conversación, la generosidad y esa capacidad tan roteña de hacer sentir a quien llega que está en casa.
A través de sus recuerdos de la cocina, de sus comidas y de aquellas expresiones que forman parte de su memoria, el exaltador construyó uno de los retratos más humanos de la noche. “Porque mientras exista una Rafaela capaz de decir pasa”, Rota seguirá siendo Rota. Y desde ahí llegó a otra de las grandes protagonistas de su discurso: la Rota del campo, de la huerta, del mar y de la gastronomía a la que dedicó unos versos para reivindicar una identidad que también se encuentra en las cosas sencillas.
El niño que miraba las fiestas desde la grada
La parte más personal de la exaltación llegó cuando Ernesto Castell Muñiz habló de aquel niño que, en lugar de interesarse por el fútbol como era de esperar, encontraba su ilusión en los vestidos, las damas y todos los detalles de las fiestas. Aquel niño organizaba sus propias celebraciones en la plaza de la Hispanidad, preparaba sus damas, les colocaba las bandas y cuidaba cada detalle. Lo que para otros podía ser un simple juego era para él una manera de acercarse a un mundo que le fascinaba y las causalidades han hecho que esta noche, él, que tantas veces soñó con ser parte de la fiesta, lo fuera. Y no solo eso, en su deseo nunca cumplido de que sus hermanas fueran damas del Rosario para poder vivirlo todo de más cerca, este año su sobrina Lola le regalaba la experiencia que finalmente llegaba. De esta forma, reconocía que ser exaltador era un sueño y una forma de cerrar el círculo que tantos años ha permanecido abierto.
El exaltador puso sentimiento y corazón a su oratoria, a veces emocionado y siempre sincero llegando a conectar con el público que lo escuchó atentamente cuando pedía que nunca se le quite a un niño la ilusión de cumplir un sueño porque él, esta noche, lo estaba cumpliendo pese a todas las miradas que en su día tuvo que soportar cuando sus aspiraciones y gustos distaban mucho de los niños de su edad.
Ernesto Castell Muñiz recordó a todos aquellos niños que alguna vez sintieron que debían esconder una parte de sí mismos para encajar y reivindicó el derecho a soñar, a ser diferentes y a encontrar un lugar para aquello que les hace felices.
Las damas del Rosario: tradición, representación y futuro
En el apartado que en la exaltación siempre se dedica a las damas del Rosario, el exaltador quiso dejar claro que ser dama no es un concurso de belleza. La dama mayor, explicó, no está por encima de las demás, sino que representa a las mujeres roteñas y a su pueblo, con sus valores, su alegría, su humildad y su manera de vivir las tradiciones.
También tuvo palabras para aquellas niñas que no han dado el paso de presentarse por inseguridad o por miedo a las opiniones ajenas. Para ellas lanzó un mensaje claro: todas son válidas para representar a Rota.
El exaltador defendió igualmente la permanencia de esta tradición. Adaptarse a los tiempos, señaló, no tiene por qué significar eliminar las costumbres, sino estudiarlas y evolucionarlas sin perder su esencia.
La corte de honor y los pequeños pajes Alejandro, Chloe, Celeste y Elena también recibieron su reconocimiento, como representación de esa mirada infantil con la que cada generación descubre por primera vez la magia de las fiestas.
La Virgen del Rosario, madre y Patrona
En una parte de su relato, la Virgen comenzó a tomar protagonismo en esa historia en la que una madre explica a su hijo qué significa Rota y por qué sus calles se llenan de gente cada 7 de octubre.
El relato terminaba descubriendo que aquella madre era la Virgen del Rosario y aquel niño, Jesús. La procesión deja entonces de ser únicamente el traslado de una imagen para convertirse, en el relato del exaltador, en el encuentro entre una madre, su hijo y el pueblo que ambos sienten como casa. Fue ahí donde concluyó que Rota no es únicamente el lugar donde se nace, sino el lugar que se lleva dentro y que él sabe bien porque así lo siente desde hace años pese a que ya no vive en la villa.
Una despedida con Rota en el corazón
El final de la exaltación fue también una despedida. Ernesto Castell Muñiz recordó que las fiestas terminan cada año entre cohetes, pero que esos mismos sonidos anuncian también que la historia volverá a repetirse. Las fiestas se guardan en la memoria hasta que llegue nuevamente octubre, decía confesando que se marchaba con sus maletas llenas de recuerdos, voces, abrazos y momentos, pero dejando siempre un espacio reservado para regresar. Porque, como defendió durante toda la noche, hay lugares que no dependen de una dirección postal. Hay lugares que permanecen escritos en la memoria y en su caso, ese lugar tiene nombre propio: Rota.
El exaltador terminó con un “gracias, Rota, por dejarme volver a aquel niño”, con emoción e ilusión y sobre todo, con amor a su pueblo. Dando muestras de su pasión por la copla, en la que hizo sus pinitos, Ernesto se arrancó a cantar con sentimiento profundo para reafirmar su raíces con la villa.



































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