Antonio Franco
¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!
Dejando a un lado los levantamientos contra las tiranías (me refiero a las revoluciones que han proliferado a lo largo y ancho de la Historia), los gobernantes deciden en cada momento al margen del Pueblo quiénes son los enemigos de la Patria. Ha ocurrido siempre o casi siempre en cualquier parte del planeta. Ocurre ahora.
Dos vecinos, pequeños agricultores y ganaderos ambos, eran íntimos. Se ayudaban mutuamente cada vez que uno de ellos necesitaba del otro. Ignoraban que sus tierras estaban separadas por una línea imaginaria llamada frontera que delimitaba y separaba ambas porciones del terreno en dos países distintos. Aunque no hablaban el mismo idioma se entendían a la perfección. No era raro verlos conversar sobre los problemas cotidianos de sus ovejas y vacas, de su cosecha de maíz y de girasoles...
Se conocían desde que eran niños. Más que amigos, podría decirse que eran hermanos.
Un día, apareció un vehículo militar por las tierras de uno de ellos. El uniformado de verde oliva de más alta graduación le informó que habían entrado en guerra con su país limítrofe y que la frontera de ambos países en aquella zona era la vereda que separaba su campo del de su convecino. A la pregunta de por qué se había iniciado aquella guerra, no hubo ninguna respuesta. Se le informaba que a partir de aquel momento su vecino era su enemigo.
El relato puede continuar de dos formas diferentes. Ambos amigos, y ahora enemigos sobrevenidos, podían no darse por aludidos. “Aquella no era su guerra”; “nadie les había consultada nada”. O bien haberse despertado de repente en ellos un sentido patriótico y considerarse rivales intratables desde aquel momento. Ya dijo el filósofo francés Denis Diderot que del “fanatismo a la barbarie hay un sólo paso”.
Hasta aquí lo que podría ser considerado un relato basado en hechos ficticios que por otra parte podrían ser, por qué no, reales. Pasemos a ejemplos históricos.
En el siglo XIX, nuestro país pasó de enfrentarse a los ingleses teniendo como aliados a los franceses, a pactar con Inglaterra cuando las tropas francesas de Napoleón nos invadieron. ¿Sabía el Pueblo la razón de cambiar de amistades en tan sólo unos años?
Se pasó de la derrota de la batalla de Trafalgar al lado de Francia contra Inglaterra a la defensa de las murallas de Cádiz junto a los ingleses contra Francia. El Pueblo se dejaba llevar. Los hilos estratégicos e interesados siempre los han manejado otros.
En agosto de 1939, Hitler y Stalin acordaron un pacto de no agresión para repartirse Polonia entre Alemania y la URSS. Dos años después, el nazi rompe el acuerdo e invade la Unión Soviética y esta se ve obligada a entrar en la Segunda Guerra Mundial en el bando aliado. La táctica de uno y de otro hizo que dos ideologías totalmente opuestas se pusiesen de acuerdo por intereses comunes.
El Pueblo siempre desconoce las causas que provocan el inicio de una guerra. El enemigo es un concepto “virtual” para la ciudadanía. A no ser que el inicio del conflicto bélico sea una agresión sin paliativos.
Me resulta curioso que antes de la actual guerra de Ucrania iniciada por Rusia en las votaciones populares a las canciones del festival de Eurovisión, los ucranianos daban la máxima puntuación a la canción rusa. Y viceversa, los rusos siempre daban los “twelve points” a la canción ucraniana. La razón, desde mi parecer, es clara: ambas ciudadanías votantes entendían a la perfección las canciones de su país y la del otro. El Pueblo no entiende de enemigos hasta que, ya digo, sea muy evidente.
Soy consciente de que las situaciones no son tan simples como las expongo. Son más complejas. Tras los conflictos existe todo un entramado que los ciudadanos de a pie desconocemos. Sólo nos dejamos llevar. Como expresó en el siglo V antes de nuestra era el dramaturgo griego Esquilo, “la verdad es la primera víctima de la guerra”.
Por supuesto, como todos mis artículos de opinión, se trata sólo de una reflexión personal.












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