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Redacción
Miércoles, 09 de Septiembre de 2026

Elogio del terraplanismo

Lecciones de un mundial de fútbol y catálogo de complejos

Por Balsa Cirrito

[Img #302228]¿Problemas de autoestima los españoles? Veamos. A partir del siglo XVIII, en España comienza a desarrollarse un enorme complejo de inferioridad. El final del siglo XVII había sido muy malo en todos los aspectos, con el reinado a ratos delirante de Carlos II, que por algo lo llamaban el Hechizado. Luego, con la Guerra de Sucesión (1701-1714), el país se convierte, literalmente, en un monigote en manos extranjeras, lo cual elimina el prestigio político que se pudiera haber alcanzado en siglos anteriores. Es entonces cuando comienza a reinar en España la casa de Borbón, dinastía francesa, lo cual hace que toda la cultura, el pensamiento, la ciencia y la política hispana miren hacia Francia.

           

Pero heme aquí que los franceses, que durante el siglo anterior (y también en el siguiente) parecían incapaces de escribir una obra de teatro o una novela sin tener delante un original español para inspirarse, se vengan bien vengados. España era muy católica, y los franceses del momento son unos descreídos, de forma que las críticas francesas – insultos a veces – contra nuestro país llegan a ser tremendas. Voltaire, el duque de Saint-Simon, Masson de Morvilliers, Montesquieu, Labat… lanzan juicios terribles sobre nuestra nación; la Enciclopedie de Diderot y D’Alembert nos machaca bien machacados, y dado que esa obra fue la guía cultural de la Europa de la época, el desprecio hacia España se hizo universal. No creo haber visto, por ejemplo, ofensas y ataques tan feroces contra un país como los que nos dedica Daniel Defoe en su muy famoso (y muy aburrido libro) Robinson Crusoe, por más que para escribirlo se basara en las aventuras de un náufrago español.

           

Todo esto hace mella entre nosotros. Menéndez Pelayo decía que uno de los problemas de España, sobre todo de los progresistas, era que habían estudiado la historia de España en libros extranjeros, con la consecuencia de que nos creíamos todo lo que decían sobre nosotros. Que a veces era  verdad, pero otras muchas, no. Por ejemplo, nos convencimos de que éramos una nación pobre, lo cual solo llegó a ser cierto (y muy relativamente) a partir de las invasiones napoleónicas, que dejaron al país hecho polvo. Porque hasta entonces España era, junto a Francia e Inglaterra, el país más rico de Europa (y Cádiz la ciudad más rica del mundo). La ciencia no estaba ni mucho menos tan atrasada como decían los franchutes y como creían los españoles, con numerosas figuras de primera fila durante el siglo, digamos: Jorge Juan, Dellhuyar, Hervás Panduro (de quien parte la lingüística moderna, la etnografía, la antropología), Ulloa, Celestino Mutis, Balmis, Salvá y Campillo… que realizaron descubrimientos trascendentales en la ciencia. La tecnología española de la época en los campos más importantes, por ejemplo, la construcción naval (que sería el equivalente de los aviones o las naves espaciales de ahora), solo cedía quizás ante la inglesa, y era imitada en todo el mundo.

         

Pero los españoles estábamos convencidos de que éramos unos mojoncillos, y cuando crees ser un mojón terminas siéndolo. En el siglo XIX, época enormemente turbulenta, todo esto se agudiza. Soy especialista – dicho sea modestamente – en la literatura española de esa centuria, y a veces siento lástima cuando leo cómo los nuestros mendigaban de forma sumisa la aprobación de los extranjeros, lo cual reflejaba los terribles complejos que marcaban al país. La alabanza protocolaria de un escritor francés era colocada por los autores nuestros en la primera página de sus libros. Si una publicación francesa mencionaba brevemente a un escritor español, este se moría de gusto porque explotaba con la hinchazón satisfecha. Una carta de cortesía de Víctor Hugo o de Emile Zola era mostrada con más orgullo que un cazador que atrapara un ciervo de doce puntas…

           

Y llegamos al siglo XX. Es verdad que en el primer tercio del siglo – sobre todo durante la dictadura de Primo de Rivera – España experimenta una explosión cultural y científica de la leche, tan grande que nos brillan los ojos como centellas. Si empezamos a citar figuras universales nos faltan dedos en las manos y los pies: Picasso, Buñuel, Lorca, Dalí, Unamuno, Falla, Ramón y Cajal, Machado, Ortega y Gassett, Sorolla, Juan Gris, Blasco Ibáñez (a la sazón, el escritor más famoso y leído del mundo), Juan Ramón Jiménez, Albéniz, Granados… Por citar solo a los de fama planetaria (y, por cierto, uno de los actores más afamados del mundo en esos años, hoy casi absolutamente desconocido en nuestro país, era el madrileño Antonio Moreno, con películas como Mare Nostrum, La tierra de todos o It, esta última quizás uno de los dos o tres éxitos más grandes de toda la época del cine mudo). Pero la República transformó lo que era una explosión científico cultural en una explosión ideológica, lo cual no siempre es bueno. Porque España volvió a ser objeto de las miradas del mundo durante esa República, tanto por sus logros como por sus excesos. Y luego, la Guerra Civil mató no solo la cultura y la ciencia, sino también el alma de los españoles, por más que desde fuera colocaran sus focos sobre la península. El problema era que cuando veían nuestro panorama decían : “¡qué bárbaros son los españoles!”

           

Durante el franquismo los complejos españoles vuelven a agravarse. Por un lado teníamos a los partidarios del nuevo régimen, que fomentaron una retórica ridícula y estomagante. Cuando leemos lo que decían con voz campanuda los políticos españoles franquistas de los primeros años, dan ganas de nacionalizarse neozelandés. Por el otro lado, los contrarios al régimen, la mayoría fuera del país (y que tampoco sabían lo que ocurría en él), sentían vergüenza de que España fuera una dictadura, porque ese simple hecho nos hacía ser inferiores a las democracias occidentales.

           

Y llegó eso, la democracia. Al principio nos sentíamos protagonistas, pero los viejos complejos no desaparecían. Recuerdo en los dorados años 80 cómo vivíamos pendientes de lo que decían de nosotros fuera de nuestras fronteras. Julio Iglesias, que triunfaba en el extranjero, era un dios, pese a que a la mayoría de los españoles nos pareciera un soso y un cursi. Se me viene a la cabeza la matraca que dio la prensa española porque la entonces encantadora Ana Obregón aparecía durante tres minutos en un episodio de El equipo A. A Severiano Ballesteros, que ganaba algunos torneos importantes en un deporte tan anglosajón y tan pijo como el golf, lo considerábamos más grande que el coloso de Rodas. En fin, que seguíamos llenos de complejos y de mierdas nacionales.

           

Pero, a partir de un momento todo cambia. Es verdad que la entrada en la Unión Europea ayudó, pero cuando el espíritu nacional se revuelve es con los Juegos Olímpicos de Barcelona. En una sola olimpiada se consiguen – con mucha diferencia - más medallas que en todas las anteriores juntas. Y, encima, la organización de los juegos es súper chachi y súper simpática, amén de perfecta. Comenzamos a pensar: “Verás tú que no somos tan malos”. Es cierto que nos dio por calcular que éramos también un país próspero, porque empezaban al llegar los primeros inmigrantes, lo cual indicaba que estábamos mejor que muchos de los que vivían fuera de nuestras fronteras. Era la época de los chistes sobre los negros del Maresme y sobre los sudacas.

           

Pero lo que nos hace sentir de verdad que podemos con todo, son los deportes. Tenistas triunfadores a cascoporro (chicos y chicas). Ciclistas lo mismo, que antes salía alguno, pero no tres ganadores consecutivos del Tour diferentes en tres años. Títulos de Fórmula 1. Campeones del mundo de baloncesto (el baloncesto siempre lo consideramos un deporte emblemático, porque lo jugaban tíos grandes en un país de hombres y mujeres chiquititos)…

           

Y el fútbol. Me atrevo a decir que que el fútbol terminó con la mayor parte de los complejos de inferioridad que sufríamos en España. No voy a subrayar la importancia que tiene ese deporte en todo el mundo, que a veces da la sensación de que es donde las naciones dirimen su honor, igual que antes lo hacían en los campos de batalla. Y ahí hemos alcanzado la gloria. La gloria absoluta. Como profesor de instituto habló todos los días con jóvenes, y ese sentido de inferioridad nacional que padecíamos en otra época ha desaparecido. Ha desaparecido por completo. Les parece que el hecho de ser español no supone un impedimento para alcanzar una meta, sino más bien una ventaja. Ya lo he dicho y vuelvo a decirlo, no ignoro los muchos otros elementos que han contribuido a que nos hayamos desacomplejado, pero no me cabe duda que el deporte, con su enorme carga emocional y simbólica, ha calado sobre todas las otras cosas.

           

Y voy más lejos, aunque parezca paradójico. El fútbol nos ha hecho olvidar nuestros complejos hasta tal punto que ya ni siquiera nos hace falta el fútbol. Los argentinos, después de la final del Campeonato del Mundo, estaban indignados con nosotros porque les parecía que éramos muy fríos, que apenas celebrábamos una victoria tan importante. Y no la celebrábamos porque para nosotros ya no era tan importante. No necesitamos que nadie nos refrende desde fuera. Sabemos que somos buenos sin necesidad de que nos lo diga un francés o un alemán.

           

Y, puestos a preferir, lo que soy yo hubiera preferido un premio Nobel de Física o de Medicina antes que la copa del Mundo. Y es que de copas de fútbol ya vamos teniendo demasiadas.

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