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Redacción
Jueves, 27 de Agosto de 2026

Elogio del terraplanismo

La izquierda no sabe que ha ganado

Por Balsa Cirrito

[Img #301015]El problema de la izquierda – en el fondo – es que ganó la batalla. Ganó en toda regla. Una victoria absoluta y completa. Y es difícil acostumbrarse a la sensación de haber vencido, sobre todo para quien tiene en el victimismo su principal razón de ser. Los izquierdistas consideran que hay alguien que abusa de ellos, que la organización social es injusta, que el mundo está mal hecho y que los suecos no deberían ser tan rubios. Y para que ello sea cierto, necesitan un enemigo malvado; si resulta que el enemigo acaba dándole la razón, el izquierdista queda desnudo. Por eso – fíjense – los movimientos de izquierda de la actualidad han inventado unos oponentes que parecen sacados de la galería de los malos de DC Comics. Constantemente hablan de “fascistas”, ignorando, por cierto, el significado de la palabra. Presentan al derechista modelo como un señor rico e insensible que pretende vivir a costa de los obreros, lo cual suena a que se han quedado anclados en los gráficos de hace más de un siglo.

           

Tradicionalmente entendíamos que la izquierda defendía a los obreros y la derecha a los patronos. Las condiciones de los trabajadores en el siglo XIX eran muy chungas, por lo cual la lucha de la izquierda por mejorar la vida de los obreros era una lucha esencialmente justa. Sin embargo, la derecha, particularmente la derecha de ciertos sectores cristianos (que no todos), entendió no solo que los trabajadores llevaban razón en muchas de sus reivindicaciones, sino que el orden social no se iba a poder mantener si no se alcanzaba una mayor equidad. De esta forma, muchas de las conquistas sociales de Occidente no fueron logradas por los progresistas, sino por los conservadores (aunque influyera no poco el temor a que se repitieran en el resto de Europa revoluciones como la rusa).

           

Pongamos algunos ejemplos. La seguridad social tiene muchos antecedentes, pero el más claro es el de las instituciones creadas en Alemania por Otto Von Bismarck, político conservador prusiano de lo más rancio. En España hay veces que se atribuye erróneamente su creación a Franco, pero lo cierto es que  nuestra seguridad social parte del Instituto Nacional de Previsión, fundado por el conservador Antonio Maura. El seguro de desempleo tampoco fue una creación de la izquierda, sino de Winston Churchill, político igualmente conservador (y un pelín racista), de lo cual presume ampliamente en sus Memorias. Con ello no quiero tampoco decir que los conservadores fueran los grandes defensores del obrero, que tampoco, sino que, de alguna manera, se alcanzó un equilibrio inestable que llegó a funcionar de forma bastante válida.

           

No por casualidad fue en la década de 1990 cuando Francis Fukuyama escribió su famoso ensayo El fin de la historia, porque en esa feliz década se cumplió además el grado máximo de consenso social y del estado del bienestar, el gran objetivo de la socialdemocracia y de la izquierda. La izquierda lo había conseguido. Pero surgió un problema, y era qué hacer después de haber alcanzado los objetivos. En la vida real no existe el vivieron felices y comieron perdices, de tal suerte que la izquierda tuvo que buscarse otros propósitos

           

Y es entonces cuando la Escuela de Francfurt golpea con toda su fuerza con su Teoría Crítica. En un momento dado la izquierda dejó de considerar las cuestiones económicas como prioritarias y se pasó sobre todo a las identitarias. Y los pilares de esta nueva izquierda fueron tres: identidad sexual, feminismo y racismo, a las que más tarde se añadió una cuarta pata, la del ecologismo. En principio, no se trataba de cuestiones que tuvieran que ver con la izquierda tradicional, que a los socialistas y comunistas de otros tiempos eran asuntos que se la pelaban. Es más, Engels o Marx nos parecen ahora bastante machistas; Stalin y Pol Pot, racistas de cuerpo entero; el Che Guevara y Fidel Castro, unos homófobos de la leche.

           

Ya digo, la izquierda abrazó esas luchas de forma prioritaria y durante un tiempo pudieron echarle en cara a la derecha su indiferencia en esos asuntos. Pero con el tiempo, la derecha también fue aceptando estos principios. Y ahí se produjo el gran problema. Porque la derecha ya no se opone a los derechos homosexuales; en feminismo ocurre lo mismo (solo hay que ver que el nivel de las políticas del PP es muy superior a las del PSOE, algo que hace unos años, ¡ay,! era muy al revés.) Incluso la pata del racismo, la más problemática, tampoco es que los derechistas pierdan mucho el paso en ella. ¿Qué hace la izquierda entonces? Pues subir la apuesta hasta el delirio. Exagerar sus posturas hasta convertirlas en absurdas. Volverse, en definitiva,  unos fanáticos.

           

Veamos. En la cuestión LGTBI promulgan leyes tan disparatadas como la Ley Trans, que es como el cuento de El traje nuevo del emperador llevado a las leyes pero peor. En materia feminista, lanzan multitud de normas y prescripciones que provocan – literalmente – que en España vivamos una especie de apartheid de sexos, donde las leyes, órdenes y prescripciones son de una clase para los hombres y de otra para las mujeres. En cuestiones de racismo confunden los términos y tenemos una serie de preceptos legislativos rechazados por Europa, y algunas gollerías únicas en el mundo: no hay un solo país sobre la faz de la Tierra que ofrezca atención sanitaria universal a todos los extranjeros como hace España (el tiempo que va a durar nuestro servicio sanitario sin reventar no va a ser muy largo), por no hablar del despropósito de las fronteras abiertas. Incluso en la cuestión ecologista vemos muchas prohibiciones, como poco, cuestionables, amén de infinidad de normas que la gente del campo detesta unánimemente; en este sentido, el cénit del absurdo se alcanza con la prohibición de explotar o de realizar prospecciones de prácticamente todos los recursos mineros españoles, desde el petróleo hasta las tierras raras, recursos que, sin embargo, importamos masivamente de otros países.

           

La izquierda, en fin, nació como defensa de los obreros, sin embargo, hoy día casi parece todo lo contrario. La hoz y el martillo simbolizaba la unión de los trabajadores del campo con los urbanos. Pues vayan a un sembrado e intenten encontrar un campesino que vote a la izquierda. O, dentro de la ciudad, lléguense a una obra a ver si logran descubrir un albañil que no deteste a Podemos. Y es que los trabajadores, a la postre, son los más perjudicados por la izquierda. La entrada masiva de extranjeros - no creo que sea algo que se pueda poner en duda - hace que bajen los salarios, y si bien es verdad que hay algunos empleos que los españoles evitan, otros muchos sí son deseados, pero la facilidad de contratar a foráneos por menos dinero que a un español hace que los sueldos se hundan. No voy a mencionar mucho el efecto que la invasión foránea ha tenido sobre el precio de la vivienda, problema que sufren sobre todo las personas de menor poder adquisitivo. Frente a esto, el gobierno presume del Ingreso Mínimo Vital, que percibe un número de personas que se acerca a los tres millones, lo cual parece poco lógico, ya que debería avergonzarnos que tanta gente no logre encontrar medios decentes de vida.

           

Pero lo peor es que igual esto no acaba ahí. Imaginemos – Alá no lo quiera – que la derecha termina haciendo suyas las exageraciones de la izquierda. De nuevo volveríamos a empezar, y veríamos al club de los encefalogramas planos – presidido al alimón por Irene Montero y Belarrita – subir todavía más la apuesta. Delirar tremendísimamente. Romper la banca del ¿a que no somos capaces de…? Ya he escuchado algunas cosas muy locas para el futuro. ¿Cuento algo? No que se me asusta la gente… Bueno, suelto una. En el futuro, la transexualidad no será una opción minoritarísima, sino que se educara a los niños para que todos sean transis. Educación para la transexualidad se llamará la asignatura. ¿Les parece exagerado? ¡Qué ingenuos! Porque en el parlamento de Madrid hemos escuchado a diputados de la izquierda-izquierda soltar pinceladas de ese futuro luminoso donde todos seremos trans. Más de una vez. Pero, ya saben, como decía Laurence  Olivier en Espartaco, comer ostras o caracoles no es una opción moral. Aunque no todo sea marisco.

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