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Antonio Franco Antonio Franco
Sábado, 15 de Agosto de 2026

Figuración

[Img #299918]En lugar de un artículo de opinión, esta semana publico un pequeño relato que, por otra parte, no deja de pertenecer al ámbito de mis pareceres. La lectura puede resultar un poco extensa. Pero espero que sea del agrado de casi todos los lectores.

 

“Ni en mis más aterradoras pesadillas pude imaginar lo que el futuro inmediato nos depararía tras la aparición de aquella mancha en la pared del salón de mi casa.


El invierno había sido más húmedo de lo normal por estas latitudes. Había llovido por encima de la medía según los meteorólogos. Cosa extraña en este rincón de la provincia. Muchos días pasaron sin ver el sol, lo que provocó que la humedad se hiciese sentir en las paredes de todas las casas. Era un comentario repetido por doquier: en la cola de la frutería, de la carnicería, de la pescadería; en los encuentros fortuitos a la entrada y salida de los colegios; en las barras de los bares... en todos los lugares donde se agrupaba un número de personas era la noticia más recurrente para romper el hielo e iniciar una conversación.


Maldigo todos los días la invitación que hice a mi amigo Joaquín para ver juntos en mi casa la final de la Copa del Rey que aquel año enfrentaba a nuestro equipo con el Mallorca.


En un momento del encuentro, mi amigo giró la cabeza hacía la pared de la derecha, en lugar de seguir las incidencias del partido.


“¡Es Cristo!”, pronunció en un tono que me desconcertó. Ignoraba que quería decir. Yo seguía pendiente del recorrido del balón frente a la pantalla del televisor.


“¡Es Cristo!”, volvió a decir elevando esta vez la exclamación hasta tal punto que me hizo girar la mirada hacía dónde me indicaba.


Yo sólo veía una mancha, la misma mancha que llevaba días allí implantada y a la que había jurado eliminar en cuánto el tiempo se templase.


A partir de aquel “descubrimiento” u observación de mi acompañante, el disfrute del encuentro no fue igual como lo había sido hasta entonces. Menos mal que al menos el Athletic ganó la final.


Para mi sorpresa, al día siguiente Joaquín se plantó en mi casa sin previo aviso  acompañado de un grupo de personas. Conté hasta cinco. Ni siquiera recuerdo si me las presentó. Tras el saludo de mi amigo, y casi sin mirarme, dirigió al grupo en dirección al salón como si fuese el guía de un museo al que sólo faltaba el palo de la bandera para indicar que le siguieran como si se tratara de un grupo de curiosos turistas. Los ojos de todos se destaparon como si hubiesen visto a un extraterrestre de esos de los que suelen hablar en los programas de alguna cadena de televisión cuándo estuvieron frente a la vista de la mancha.


Lo juro o lo prometo (no sé qué precepto emplear) yo sólo seguía viendo una mancha en la pared de mi salón.
A aquella visita continuaron otras, siempre acompañadas de mi amigo Joaquín, por supuesto, erigido en presentador de aquel lamparón.


Nosotros abríamos la puerta de nuestra casa a todas estas visitas por no mostrar descortesía, pero la verdad es que ya empezaba a cansarnos tanto a Mercedes como a mi. Hasta tal punto que, educadamente, le pedí a mi amigo que respetase el tiempo de la siesta si continuaba con aquella obsesión de mostrar a todo el vecindario aquella mugre en la pared.


No tardé en darme cuenta de que aquello fue un error. Una tarde, tras la siesta, miré por la ventana y me sorprendió ver una fila interminable de vecinos y personas foráneas a las puertas del bloque haciendo cola para entrar en mi casa.


Alguna llegó incluso a recriminar a mi mujer pensando que no estaba respetando el orden de la cola cuándo intentó acceder al portal. Con el resto de vecinos del bloque pasó otro tanto. Aunque estos se solidarizaban con los que esperaban ya que ellos tuvieron el privilegio de ser de los primeros que atisbaron en aquella mancha la cara de Cristo.


Llegaban gente con flores, con estampas del Sagrado Corazón de Jesús que depositaban en el suelo de la pared manchada, con ancianos y niños con dolencias diversas... Hasta algún político local  se enganchó al carro al observar el número considerable de posibles votantes que hacían cola.


Ante la falta de una Ordenanza para estos casos, la alcaldesa dictaminó por urgencia un decreto y ordenó que un par de agentes de la Policía Local se encargase de mantener el orden en la zona.


Tuvimos que llegar a concertar con Joaquín incluso un horario de visitas.


Me sorprendió enterarme de que alguien había tenido la ocurrencia de recoger firmas para marcar como lugar sagrado la mancha de la pared del salón de mi casa. Hasta tal punto que el párroco, de motu propio, apareció un día para asegurarse de que lo que había llegado a sus oídos era cierto. Al parecer se había corrido la voz de que “el Cristo” de la pared del salón de mi casa había sanado a más de una persona desahuciada por los médicos. Empezábamos a temer que la Iglesia pudiese llegar a inmatricular nuestra casa a su  favor.


¡Aquella situación se salía de desmadre! ¡Era una locura!


Tendríamos que habernos negado a aquellas visitas “espirituales”. Para más inri, no ganábamos nada con ello. Ni siquiera conseguimos cierta popularidad en el vecindario. Nadie nos reconocía como los propietarios del piso en cuya pared del salón había “aparecido” la figura de Jesucristo.


Alguien, aprovechando que las visitas se estaban prolongando en el tiempo, solicitó un espacio en el viario público junto al portal del bloque para colocar un pequeño tenderete donde ofrecía desde estampitas religiosas hasta golosinas, bocadillos y refrescos para hacer más llevadera las esperas. Solicitud que, ¡cómo no!, le fue concedida.


Ea, ya teníamos una representación de los poderes fácticos a pequeña escala: el cura, el político y el avispado comerciante. Sólo faltaba que por allí apareciese alguien del periódico local para sacar la noticia.


Tuvimos que reconocer que aquel trance se nos había ido de las manos.


Mercedes un poco harta de aquella surrealista situación resolvió que al día siguiente, sin más preámbulos, eliminaría la mancha de la pared a base de estropajo y lejía. Si después del fregoteo, el churrete reaparecía tendríamos que empezar a cuestionarnos nuestro ateísmo.


La pared quedó impoluta. La mancha se fue tal como apareció y, con ella todas las visitas. El del tenderete solicitó que se le concediese por parte del Ayuntamiento una nueva ubicación o bien que le proporcionase una subvención por las pérdidas sobrevenidas.


El misticismo se esfumó tan veloz como había aparecido. Igual que mi amistad con Joaquín”.

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