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Carlos Roque Sánchez Carlos Roque Sánchez
Sábado, 01 de Agosto de 2026

"Marilyn Monroe, 1926-1962"

[Img #298776]Epitafio. Dicen que una buena historia debe empezar por el final, de ahí que no pocos consideren que esa inscripción o texto breve, en prosa o verso, grabado en una lápida, monumento o sepulcro para honrar y recordar a una persona fallecida y que conocemos como epitafio, sea un buen comienzo para algunas de ellas, máxime si se trata de quien se trata como es el caso. El pasado lunes 1 de junio se cumplió el primer centenario del nacimiento de quien vino al mundo como una niña anónima y castaña, Norma Jeane Mortenson, conocida por algunos como Norma Jeane Baker y reconocida por todos como Marilyn Monroe, actriz, modelo y cantante estadounidense a la vez que todo un icono pop y símbolo sexual de los cincuenta del siglo pasado. Bueno, en puridad, no se trata de un epitafio pues en la placa de bronce que está en su tumba -ubicada en el nicho 24 del cementerio Westwood Village Memorial Park de Los Ángeles, California- no hay ninguna frase o poema breve con contenido y propósito, sino solo su nombre artístico y su periodo vital. Si se piensa bien, y si se trata de rendir tributo, no hace falta más para quien su solo nombre es toda una historia.

 

Un texto encargado por su ex esposo Joe DiMaggio, quien se hizo cargo de todos los preparativos del entierro y durante dos décadas mandó cada semana flores a su cripta, pero que no fue el que ella, parece ser, expresó en algún momento que fuera. Uno también muy breve y descriptivo pues para la placa de su nicho solo deseaba que grabasen sus iniciales y sus famosas medidas corporales en vida, como lo lee, algo parecido a ‘Aquí yace M. M., 87-52-83’ y que, de ser así, nadie respetó. Un epitafio que expresó en una entrevista realizada en 1955, precisamente el año del fallecimiento del genio relativista con quien un mito urbano ¿apócrifo? la relaciona de manera picarona ¿Leyenda o realidad?

 

Marilyn y Einstein. Anécdota. Un sucedido entre la rubia devora-hombres y estrella de cine y el desharrapado científico y mujeriego, Albert Einstein (1879-1955), una más sobre la relación entre el cuerpo y la mente, o la bella y la bestia, como el cuento. En este caso lo más probable es que sea apócrifa, lo cierto es que por ahí anda, mejor le cuento hasta donde sé de la leyenda y usted decide. Dicen que en cierta ocasión coincidieron la Monroe y el genio, no me pregunten ni dónde ni cuándo (¿quizás en 1949?), el caso es que, al parecer, la actriz se dirigió al físico y le propuso jocosamente: “¿No opina, profesor, que deberíamos tener un hijo juntos? Así el niño tendría mi apariencia y su inteligencia”. A lo que el sorprendido físico, también al parecer, respondió: “Lo que me preocupa, querida señorita, es que la experiencia salga al revés”. Poco creíble quizás, hay antecedentes, pero como anécdota no me negará que es buena, bastante buena, tanto por los personajes implicados como por el supuesto diálogo mantenido.

 

Eterno icono dentro y fuera de la pantalla. De lo que cabe duda es que, cien años después de su llegada al mundo, su huella personal y artística continúa brillando como prueba de su carisma ante las cámaras y desafío a la industria de Hollywood en su época dorada. Tengo para mí que el legado de Marilyn llega hasta nuestros días como una reivindicación de lo que fue, mucho más allá de lo que quisieron que fuera, y gracias al cine permanece viva y eternamente joven ante nuestros ojos, intemporal. En realidad, pero dentro de la ficción cinematográfica, le ocurre lo que se dice en uno de los diálogos de Fedora, la película dirigida por Billy Wilder en 1978: “Yo te diré lo mejor para una leyenda. Estar siempre dentro del tiempo”. En este sentido me viene a la memoria la epatante escena del despacho del detective Sam Grunion, interpretado por Groucho Marx y perteneciente a una de sus primeras películas, Amor en conserva de 1949, precisamente el de la supuesta anécdota einsteniana. Más o menos transcurre así. Marilyn: (Entra corriendo y se abalanza sobre él) “¡Ayúdeme, por favor! ¡Los hombres me persiguen!”. Groucho: (A la cámara, con una ceja levantada) “¿De veras? No puedo entender por qué”. Acababa de nacer una estrella.

 

Más epitafios. Nada convencido de la bondad de la historia de hoy, la acabo con un par de ellos por si esto pudiera influir a su favor. Como seguro sabe o se imagina, lo del epitafio redactado por el propio, no es ni una idea de la glamorosa rubia y tampoco una frivolidad cinematográfica, no, de hecho, la intención es bastante, bastante, antañona. Y así, el polímata italiano Virgilio (70-19), autor de la Eneida, redactó éste como resumen vital y profesional: ‘Mantua me dio la vida, Calabria me la arrebató. Ahora me posee Parténope; canté a los prados, los campos, los héroes’. Sí, es más largo que el de la Monroe y tengo para mí que lo hizo así, consciente en su sabiduría que nunca llegaría a ser tan famoso como ella. Perdón. Le dejo con el porteño Jorge Luis Borges (1899-1986), autor de Aleph y de quien conmemoramos el cuadragésimo (40.º) aniversario de su fallecimiento. Dejó dispuesto que en su tumba ginebrina se inscribiera uno de los 325 versos del poema épico medieval La Batalla de Maldon, en concreto ‘... and ne forhtedon na’. que podemos traducir como “…y que no temiera”. Tan corto como el de la actriz, pero bastante más enigmático. Borges, malevo.

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

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