Elogio del terraplanismo
Lo que no se puede decir no se debe decir, pero lo digo
Por Balsa Cirrito
Mariano Rajoy, que tampoco es que sea mi político favorito, está siendo crucificado por unas declaraciones bastante inocuas. Como seguramente saben, el ex presidente del gobierno ha venido a decir que Francia tiene un equipo de fútbol estupendo, “aunque sus jugadores no sean franceses”. Como era de esperar, la horda del victimismo ha comenzado a hacerse el seppuku por tan abominable crimen de leso racismo, y los gobiernos francés y español han salido a criticar al barbudo Rajoy como si fueran del mismo equipo. ¡Qué panolis!
Veamos, queridos churris, cada vez que hablo de fútbol con alguien y sale el tema de Francia, inevitablemente, comentamos la raza de casi todos sus jugadores. Y estoy seguro al 100% que quienes critican a Rajoy también lo han comentado y han dicho que los jugadores gabachos no parecen precisamente bretones o normandos, no; pero supongo que esto se entiende cuando tenemos en cuenta que una de las características más esenciales del buen progreti es la negación de la realidad. Constantemente nos están diciendo: ¿a quién va a creer usted, a mí o a sus propios ojos?
Desde que existe la historia y mucho antes, los habitantes de la zona del mundo que ahora llamamos Francia han sido muy mayoritariamente blancos, tirando a rubios cuanto más al norte, igual que en España o en Italia somos blancos, con pelo tirando a moreno cuanto más al sur. Es un hecho comprobable, y la imagen que tenemos de un francés es la que es y no existe razón para acogotar nuestra memoria. ¿Hay apellidos españoles, franceses, italianos, alemanes, etc.? Los hay. ¿Y cuáles dirían ustedes que son los apellidos franceses? ¿Renard, Dupont, Durand, Bernard, o Kante, Mbappé, Samba, Akliouche? La respuesta es fácil.
Seguramente dentro de cien años veremos las cosas de manera diferente, y nuestra imagen de lo que es un francés será otra, pero escandalizarse ahora, ¡ahora!, por las palabras de Rajoy no es sino un estupendo ejercicio de hipocresía de los que están “en el lado correcto de la historia”.
Aunque lo cierto es que en el fútbol francés hay racismo. Un racismo de la leche. Pero contra los blancos. Durante la pasada Eurocopa escuchaba a veces un podcast futbolístico muy famoso en Francia. Y recuerdo que un periodista franchute se quejaba del racismo de las escuelas y de los clubes franceses… contra los jugadores blancos. El tío hablaba justo después de que España derrotara a Francia, y la gracia era que en el equipo español figuraban dos futbolistas galos, Laporte y Le Normand. El periodista decía que estos jugadores habían tenido que irse a jugar con España por ser blancos, y que en Francia no los habían tomado en serio por preferir a los negros.
Pero todo esto se encuadra dentro del gran panorama progreti donde la hipocresía es el valor supremo. Por ejemplo, buscar y ensalzar ciertas raíces culturales y raciales es chachi, divertido y encomiable, pero no todas, solo las raíces guais. Veamos; seguramente vieron ustedes la divertidísima película Ocho apellidos vascos. Ahí se trataba con simpatía y comprensión el hecho de que para ser vasco-vasco, vasco de una pieza, no solo tenían que ser euskaldunes tus padres, sino tus abuelos y tus bisabuelos y tus tatarabuelos. Como debe ser, qué caray (aunque solo si hablamos de euskaldunes, cuidado). Pero, claro, se me ocurre, ¿hubieran hecho chiste y se habría visto tan simpática una escena donde un moro llega a Francia y le dicen que para ser un francés fetén es preciso llevar cuatro generaciones en Gabachilandia? ¿Nos habría parecido tan enternecedora como en Ocho apellidos vascos? No respondan.
Pero es que, además, todo esto es una gilipollez infinita, solo comprensible por el exceso de victimismo y susceptibilidad. En los años 80 la selección franchuta de fútbol no estaba plagada de descendientes de africanos, sino de hijos y nietos de españoles e italianos. Así, citando de memoria, recuerdo a Amorós, López, Luis Fernández, Larios, Soler, Castañeda, Ferrari, Platini, Genghini, Baratelli… Y el seleccionador era un tal Michel Hidalgo. Y aquí en España y en Italia decíamos que la selección francesa no era francesa, sino hispano-italiana, y lo decíamos con satisfacción, y nadie acusaba a nadie de racismo ni se llevaba las manos a la cabeza o a los testículos, que es donde me temo que los indignados se la llevan ahora.
Francamente, estoy harto. Harto de vivir en un mundo totalitario, donde está vetado decir casi cualquier cosa, y donde la más mínima duda que caiga sobre los mandamientos progretis acarrea el infierno en vida. El otro día le escuché a Santiago Segura en una entrevista un par de verdades antológicas (Segura no es un superfacha, sino alguien que hace no tantos años hacía campaña por IU). Decía Segura algo así: “Cuando yo era joven estábamos contra la Iglesia y contra la derecha porque eran quienes todo el tiempo andaban inculcándonos qué podíamos y qué no podíamos hacer o decir; ahora no es extraño que los jóvenes sean de derechas, porque quienes están todo el tiempo prohibiendo, sermoneando y arengándonos sobre qué está bien y qué está mal es la izquierda”.
Pero creo que estoy siendo suave, así que voy a decir lo que no se debe decir que me caliento yo solo. Francia tiene en el Mundial 90, ¡90 jugadores!, que han nacido en Francia pero que compiten con otras selecciones. Hombre, podíamos comentar que muy franceses no se sienten, porque en algunos casos juegan por otro país porque los galos no los consideran necesarios en su selección, y esto es comprensible; pero en muchos otros (también pasa esto con algunos españoles) son tíos nacidos en Lyon, en Marsella o en París y que prefieren jugar, digamos, con Senegal. ¿Son entonces franco-franceses estos pibes? ¿De verdad? Pero vamos más lejos aún. Vamos con España.
España, y me caliento más todavía. Media docena de jugadores de Marruecos nacidos en nuestro país han elegido jugar con el equipo moro. ¡Qué patriotismo hispano-español! Pero, y esto enlaza con lo de Rajoy. El presidente de la Federación Marroquí y el seleccionador del país alauita han dicho lo mismo, cada uno por su lado, refiriéndose a Lamine Yamal y a Brahím Díaz: “¿Cómo puede ser español alguien que se llama Lamine?”; o “No he visto en España muchos españoles que se llamen Brahím”. Esto, repito, dicho por seleccionador y presidente de la federación mora. Y, ¿ha salido Pedro Sánchez o algún otro perroflauta nacional a criticar con voz temblorosa que esto es racismo y que cómo se puede consentir? ¿Ha hablado Borja Iglesias para declarar que no le gustan esas palabras? Obviamente, no. ¿Por qué? Porque son unos hipócritas y unos indignados a la carta. Y ahí lo dejo.
Por hoy.






























Lucía | Miércoles, 29 de Julio de 2026 a las 10:23:09 horas
Pero entonces los que dicen que los negros de Francia son franceses, es porque decir que son senegaleses es una.... ofensa??? no sería esto... racista???
Los argentinos que llevan 40 años en España, tienen hijos sin acento, hijas que se visten de flamenca, y que dicen "quillo", pero siguen diciendo que son argentinos. ¿Qué problema hay con que se diga a los descendientes de ganeses, que no concuerdan ni en apariencia ni en costumbres con el país en el que viven, que, efectivamente, no son franceses sino de Gana?
Yo si me fuera al país más parecido a España, digamos Italia o Portugal, a vivir, me aseguraría de que mis hijos hablaran mi idioma, comieran puchero y tocaran las palmas con salero. E intentaría por todos los medios que, respetando la cultura de su país (siendo esto bastante fácil porque no hay diferencias ni religiosas ni en cuanto a derechos), tuvieran conexión con el suyo de origen. Por supuesto, no me insultaría que les dijeran españoles, en lugar de portugueses o italianos (no digamos si me voy a Francia, y tienen la suerte de que no les llamen franceses).
Me temo señores, que racistas hay, un huevo, un montón, pero son todos los que tratan a los negros como negritos, a los moros como marroquís, y a los gitanos, como romaníes. Dejen de negar sus peculiaridades, sus diferencias y sus costumbres, les invito que se interesen por ellas, las conozcan, y como con cualquier otra cosa, decidan si les gustan o no. Dejen de utilizar eufemismos para hablar de la realidad, y la realidad se normalizará.
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