Habitantes de la deriva (por Daniel Peña Benítez)
Nos obsesiona la línea recta. Nos venden la moto de que madurar es montar un plan a los veinte y cumplirlo sin pestañear, como si la vida fuera seguir un guión aburrido. Por eso, cuando el mapa se rompe porque te echan del trabajo, te dejan o te despiertas un día sin saber qué demonios estás haciendo con tu vida te entra el pánico. Nos han metido en la cabeza que desviarse del camino es un fracaso.
Pero la realidad es que la gente que mejor está de la cabeza no es la que lo tiene todo controlado, sino la que sabe manejarse cuando todo se vuelve un caos. Saber perderse no es de cobardes ni es rendirse; es tener resiliencia, saber sobrevivir. Empeñarse en que todo salga exactamente como tú quieres solo sirve para comerte la cabeza y amargarte. Cuando la vida te arrastra lejos de lo que tenías pensado, romperte las manos remando a contracorriente no te salva; solo hace que te canses antes.
Madurar de verdad empieza el día que aceptas que no controlas casi nada. Estar perdido no significa que seas un bicho raro o que hayas fallado, es simplemente el precio que hay que pagar para mandarlo todo a la mierda, quitarte de encima lo que los demás esperan de ti y empezar a ver las cosas claras. Al final, tarde o temprano, todos terminamos ahí. Dejamos de ser cuadriculados y nos convertimos en habitantes de la deriva: gente que ha entendido que, a veces, hay que perder el rumbo para dejar de hacer lo que toca y empezar a vivir de verdad.
Daniel Peña Benítez





























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