Desmontando el “mundo Miura”. Prosa y poesía
(Continuación) Miura en el lenguaje coloquial. Prosa taurina. Casi desde el primer momento de conocerse literatura (arte-ciencia) y tauromaquia (arte-técnica-ciencia) han ido de la mano y en esa humanística pareja el toro de Miura ha sido y es uno de los protagonistas más recurrentes en sus textos. No en vano, y debido a su bravura y temperamento, la historia de esta ganadería ha trascendido el ámbito taurómaco para convertirse en un icono literario, inspirador para no pocos cronistas y escritores que han dado lugar a una prosa que -a través de artículos, ensayos, crónicas o libros- relata y valora el arte de la lidia. Un género literario y periodístico, este de la prosa taurina, que transmite la estética, la pasión y el dramatismo de la tauromaquia, un nexo que ayuda al espectador a sentir, conocer y comprender no solo la emoción de una faena sino algunos de sus detalles científico-técnicos. Inciso científico. La vinculación de la tauromaquia con la ciencia la realizo desde el punto de vista de la dependencia de ésta -para la cría, selección y estudio del comportamiento del toro de lidia- con algunas de las disciplinas de aquella; sirvan de ejemplo: Medicina y Anatomía, para el manejo y perfeccionamiento del estoque en la suerte de matar, último tercio; Veterinaria y Biomecánica, útiles durante el tercio de varas, primera de las suertes; o Genética y Etología, para preservar la diversidad genética de los distintos encastes, el principio de todo. Fin de inciso.
Miura en el lenguaje coloquial. Plumas y plumillas destacadas. Entiéndase lo de plumilla en la acepción coloquial, corporativa y más cariñosa del término, empleado para referirse a aquellos periodistas, ellos mismos lo hacen, como una orgullosa seña de identidad gremial; quizás un intento de reivindicación de una labor artesanal, la de escribir y contar historias día a día, que se está perdiendo con el tiempo, sí, no son buenos tiempos para la lírica. Y en este intento por traducir en palabras la profundidad del toreo, no pocos autores lo han inmortalizado utilizando para ello un léxico rico y preciso a fin de narrar la efímera tensión que se vive una tarde cualquiera en no importa que ruedo, cuando se abre la puerta de toriles y asoma una divisa, por ejemplo, verde y encarnada, la de los sustos. Sin ánimo de ser exhaustivo, intención de excluir ni propósito alguno de agotar el tema, y desde enciclopedias hasta relatos épicos y novelas pasando por ensayos filosóficos y crónicas, diferentes periodistas y escritores se han servido del dramatismo y la seriedad que impone este encaste entre otros.
Pero sobre todo éste, para reflexionar sobre el miedo, la vida o el valor, elevando la lidia al rango de categoría estética e intelectual. No le canso, seguro que conoce y es probable haya leído crónicas del periodista y ensayista talavereño Gregorio Corrochano y, ojeado-hojeado al menos, la que está considerada como la enciclopedia definitiva de la tauromaquia, Los toros (1943) de José María de Cossío; esto, por no citar a Gerardo Diego, miembro de la Generación del 27, de la que en pocos meses estaremos de celebración del centenario; o al pamplonica Rafael García Serrano, de limpia y directa narrativa. En resumen, cuando se utiliza la palabra Miura, sea dentro o fuera de la plaza, se está haciendo referencia a algo casi inabordable, a un reto de máximo nivel y es que el lenguaje popular adopta metáforas relacionadas con la mayor dificultad, peligro y exigencia asociada al término taurómaco que también traslada de la prosa a la misma poesía popular. Como lo lee.
Miura en el lenguaje coloquial. Poesía taurina. La conexión entre la legendaria ganadería de toros sevillana y la poesía clásica y popular es bastante profunda, dado que el toro bravo ha sido durante siglos una poderosa y metafórica musa de inspiración en la literatura española. Una relación que va desde el lirismo trágico hasta la música popular y ha sugestionado a poetas como Federico García Lorca, que inmortalizó la tragedia en Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, 1934, cómo no recordar el ritmo de su “¡Eran las cinco en punto de la tarde!”. O el ganadero-poeta sevillano que soñaba con criar toros antiguos de ojos verdes, Fernando Villalón, quien dedicó evocadores versos a estos astados plasmando el folclore y la tragedia; como la del matador sevillano Manuel García Cuesta, “El Espartero”, herido de muerte por el miura de capa colorado Perdigón de quien escribió: Malhaya sea Perdigón, / el torillo traicionero. De este luctuoso sucedido queda también en el recuerdo alguna que otra copla popular, “Los toritos de Miura ya no le tienen miedo a nada / que se ha muerto El Espartero, el mejor que los mataba”.
No le digo más. A la vista está que, a diferencia de la prosa taurina requeridora de una narrativa dinámica y descriptiva, la poesía busca la tragedia o la exaltación lírica y ya que va de Miura en el lenguaje musical popular, y por aquello de no cansar, le traigo un único botón arrancado de una soleá: ‘Ya no me importan los Miuras / si tropiezo en el paseo / con tus miradas oscuras’. No me diga que no tiene profundidad humanística la letra del palo flamenco con la que el autor compara, el arte de la tauromaquia con la ciencia óptica utilizando para ello la vara del sentimiento del amor. Arte, ciencia y sentimiento, lo que se dice dar una larga cambiada y es que para el anónimo autor la intensidad de una apasionada mirada femenina puede, y con mucho, al humano miedo que infunden los afamados y peligrosos astados. Sí, el uso de términos taurinos en la vida cotidiana es buen reflejo de cómo ha influido en nuestro lenguaje; y no queda ahí la cosa pues otros mundos se han visto impregnados por ella, se ve que a la tauromaquia pocas cosas humanas le son ajenas. Lo mismo que le debió ocurrir a Terencio, el dramaturgo romano que en el siglo II a.C. ya nos dejó dicho aquello de ‘Homo sum: humani nihil a me alienum puto’. (Continuará)
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FUENTE: Enroque de ciencia












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