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Redacción
Miércoles, 29 de Abril de 2026

Elogio del terraplanismo

Artículo un poco largo que se puede comenzar a leer en el sexto párrafo y no pasa nada

Por Balsa Cirrito

[Img #288180]La cuestión comienza - digamos- hace unos tres siglos. En el XVIII se inicia el deslinde de lo que hoy llamamos izquierdas y de lo que llamamos derechas (muy aproximadamente), aunque a menudo con matices bastante diferentes a los de hoy. Por ejemplo, el patriotismo era entonces patrimonio de las izquierdas, y a los liberales del XIX los conservadores los llamaban despectivamente patriotas. Aunque casi desde el principio los conservadores  acusaban a los progresistas de traicionar a su país, de venderse al extranjero, de dejarse deslumbrar por los modos foráneos, lo cual no dejaba de ser contradictorio con el apelativo de patriota.

           

La cuestión se intensifica en España con la invasión napoleónica de 1808. Algunos progresistas…, mejor dicho, bastantes progresistas, se pasaron al bando de los franceses, con el argumento de que Napoleón traía la libertad y el progreso (?????), aunque el interés principal de los gabachos más bien parecía ser el de llevarse todo el oro y la plata que pudieran rapiñar, especialmente de las iglesias. Fue entonces cuando desaparecieron las joyas de la Corona Española que eran, sin duda, las más ricas del mundo, aunque esa es otra historia.

           

A medida que iba avanzando el siglo, la fractura pareció ir agrandándose. Los conservadores acusaban a los izquierdistas de antiespañoles, y estos se defendían asegurando que eran tan españoles como los demás, solo que querían una España diferente.

           

Y llegamos al siglo XX. Probablemente hasta entonces el discurso progresista fuera esencialmente sincero: sencillamente proponían una forma alternativa de ver el país. Pero, a partir de cierto momento, la derecha parece que tiene razón: la izquierda odia a España. Las razones para ello son – creo - básicamente dos. Los nacionalismos regionales y el marxismo, sobre todo este último.

           

El marxismo es, al menos teóricamente, internacionalista, porque entiende que es más importante la solidaridad entre obreros de distintos países que el afecto a una nación concreta. Digo teóricamente, porque la Unión Soviética, pese a su ficticio respeto de las diferentes nacionalidades, tenían a los rusos como los ciudadanos que partían el bacalao. El caso es que durante la Guerra Civil los comunistas ibéricos obedecían a Moscú más que a los intereses de España, y quien crea esto exagerado que recuerde lo que confesaban al respecto Azaña o Largo Caballero.

           

Todo este rollo que he soltado, que bien podría haberme ahorrado, lo confieso, es para decir que, efectivamente, la izquierda odia a España (y por izquierda entiendo todo lo que hay más allá del PSOE). Durante mucho tiempo he sido una de esas personas que trataban de justificar ese antihispanismo de la zurdería con toda clase de argumentos sofísticos, aunque en el fondo sabía que trataba de engañarme a mí mismo, que los progretes detestaban España, su cultura y a su misma gente. Y de ese odio acaban de dar una muestra cumplida.

           

La izquierda que está más allá del PSOE ha intentado una maniobra - que parece que no ha llegado a ningún lado - para formar una coalición electoral en la que el líder y cabeza de cartel sería Gabriel Rufián, reconocido independentista. Creo que no se ha insistido en esto lo suficiente, pero hay que tenerlas las gónadas muy gordas, redondas y pesadas (además de velludas) para presentarse a unas elecciones en España, en todo el territorio nacional, con una coalición dirigida por quienes quieren desmembrar España. Es como marcarse un triple desde la mesa de anotadores con los ojos cerrados y silbando A las barricadas. Reconozcan que por mucho que en los últimos años el absurdo se haya instalado en nuestro país como cabecera de los titulares de los periódicos, esta kafkianada es de las mejores. ¡La esquizofrenia al poder!

           

Aunque lo más chachi de todo esto sería que habría gente en Albacete, Murcia o Chiclana de la Frontera que votaría a semejante engendro. No demasiada, cierto, pero la habría. Reconozco que es el tipo de cosas que me deja casi sin saber qué decir, porque uno piensa que quienes tales ideas proponen no pueden andar bien de la cabeza, y que seguramente sufren graves carencias intelectuales, emocionales o de las dos (esto último, lo más probable), así que tratar de plantear argumentos contra ellos parece trabajo perdido.

           

¿Es lícito odiar a España? Lo es. Yo mismo la odio a menudo, y reconozco que cada día soy menos patriota (aunque, a la vez, cada día soy también menos antipatriota).  Pero esta gente que se presenta a unas elecciones con esas ideas debería ir a cara descubierta, quitarse la capucha bildutarra, ser valiente y decir con voz firme: “señores, España nos la recachanchufla, decimos más, odiamos a España con toda la fuerza de nuestras greñas moradas, y nuestra ilusión es hacerla cachitos, cuanto más pequeños mejor, y así volver a los estupendos días de la revolución cantonalista, donde casi cada ciudad se convirtió en un estado independiente  (Rota fue cantón libre durante 48 horas, por cierto). Así que vótennos, vótennos que nos cargamos el país en un decir comandante Chaves”.

           

Podríamos preguntarnos por las razones de este odio, pero sería extendernos demasiado. No obstante, observen un detalle si aún dudan. Cualquier conflicto o problema que España tenga con un país extranjero, ya sea actual o referencia histórica, tendrá como resultado que los izquierdolaris hispanos considerarán siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, siempre, que los españoles son los malos, con la única excepción de si el conflicto es con Israel, que ahí los judíos – en la más pura tradición de Heinrich Himmler – serán sin duda los villanos.

           

Termino. Todos estos que quieren hacer España cachitos diminutos igual no han reparado en que la las ligas de fútbol subsiguientes de los estaditos ibéricos serían infinitas merdes. Aunque igual si lo han pensado y les importa un pito, porque el fútbol es cosa de fascistas, como todo el mundo sabe. Pero puede que no se hayan dado cuenta de esto: tampoco habría ligas de fútbol femeninas. ¿Se imaginan lo duro que sería eso? Lo mismo las mujeres tendrían que volver a depilarse las axilas. El triunfo de la depilady. Y por ahí no creo que pasen.

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