Llegó con tres heridas (1)
Del arte, la ciencia y el narcisismo. Esta penúltima Opinión del mes nace de tres heridas -la del amor, la de la muerte, la de la vida- como en el poema del oriolano dramaturgo y poeta Miguel Hernández (1910-1942), perteneciente a su último e inacabado poemario ‘Cancionero y romancero de ausencias’, escrito mientras se encontraba en prisión y publicado póstumamente en Buenos Aires (1958). Perdone la comparativa. Tres cortes primarios, ¿del alma?, (dolor de no ser, dolor de no poder y dolor no tener) raíces de nuestro sufrimiento y a partir de las cuales surgen otras, secundarias, pero no por ello menos importantes pues polarizan nuestra energía, potencia y capacidad de transformación dando paso al nacimiento del ego. Tanto en esa acepción coloquial asociada a un exceso de autoestima, soberbia o egocentrismo, ya ve por dónde voy, como a la psicológica, freudiana, que media entre los instintos básicos, la realidad externa y el superyó. Una vertiente que dejo aquí, por ahora, pues me quiero referir con el latinajo a sus luces y sombras, afirmaciones e interrogantes, por ejemplo, los generados en el campo de la ciencia que es la segunda derivada que en realidad me trae hoy.
Un conocimiento científico le decía, que propicia preguntas nada baladíes e inocentes cuyas respuestas, solo guiadas por el valor de la prueba, apuntan en una dirección que desde el principio no ha dejado de moverle de esa especie de sillón cósmico en el que hombre se había sentado. Un lugar central y hegemónico que él mismo, víctima de su narcisismo, se adjudica en el universo, pero del que las evidencias le hacen bajarse, en una inexorable y gradual desjerarquización, como ser dominante en el universo. Un proceso lento y paulatino que ha terminado por cambiar, de manera drástica y desde finales del siglo XV hasta nuestros días, la visión que tiene de su propia existencia, de hecho, lo que ahora sabemos y pensamos no puede estar más en las antípodas de lo que sabíamos y pensábamos antes. Y en dicho cambio, que dura ya cinco siglos, podemos destacar tres instantes fundamentales, protagonizados por tres científicos que fueron los encargados de humillar nuestro egoísmo como especie animal. Estableciendo un paralelismo poético y perdónenme por ello, la ciencia también llegó con tres mutilaciones en este caso para el narcisismo de la Humanidad, me refiero, por orden cronológico a las producidas por: el astrónomo polaco del Renacimiento Nicolás Copérnico y su modelo heliocéntrico; el naturalista inglés Charles Darwin y su teoría de la evolución; y el neurólogo austriaco Sigmund Freud y su teoría del psicoanálisis.
La del amor. Heliocentrismo copernicano. Como principio quieren las cosas, y con respecto a las tres heridas que la ciencia ha proporcionado al ego del hombre, empiezo por la primera que atentó contra su narcisismo: la del amor, más bien, la de su amor propio. Le cuento. El ser humano, que a lo largo de buena parte de su historia se ha considerado a sí mismo como el centro de la creación alrededor del cual giraba todo lo que existía, creía que también el planeta Tierra, su hogar, se encontraba en el centro mismo del universo, y que el resto de cuerpos celestes se movían alrededor de ella. Es el modelo geocéntrico del universo, ya propuesto por Aristóteles en el siglo IV a. C., pero al que el valor de las pruebas, desde el campo de conocimiento de la astronomía, se encargó de invalidar. Por ella sabemos que “nuestro mundo” no es el centro del universo, ni muchísimo menos, y esta idea es sustituida por una visión radicalmente distinta, la del modelo heliocéntrico de 1543, del astrónomo polaco renacentista Nicolás Copérnico (1473-1543). Es la que aparece en su libro De revolutionibus orbium coelestium de 1543 (“Sobre las revoluciones de las esferas celestes”) donde nos muestra que la Tierra no es el centro del universo, ni nada que se le parezca. Por el contrario, no es más que un planeta que, como otros siete, gira alrededor del Sol, así que adiós centro del universo y hasta más ver primacía astronómica. Es la primera humillación en el amor (propio) del ser humano de la que tenemos constancia, la primera de las afrentas que sufre, la cosmológica, de la mano del heliocentrismo copernicano; el primer dolor con el que arranca el oriolano en su poema que traigo de percha: Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida.
La de la vida. Evolucionismo darwiniano. Para la segunda herida científica habría que esperar tres siglos, no en vano tuvo lugar en 1859. A nadie escapa que el hombre, desde que lo es y a lo largo de toda su historia, se ha considerado como un ser vivo especial, se ha creído diferente al resto de los animales y como tal se ha mostrado superior a todos ellos, interponiendo una profunda brecha entre el origen de su existencia y el de la nuestra. Y así fue hasta que la ciencia, desde el campo de la biología evolutiva, nos mostró que estábamos equivocado y nuestra creencia no era más que una errada credulidad; el encargado hacerlo en esta ocasión, fue el naturalista inglés Charles Darwin (1809-1882). En su formada opinión, el hombre no es un ser producto directo de la voluntad de Dios, ni de nada que se le parezca, sino la consecuencia de un largo proceso de evolución biológica llevada a cabo a través del mecanismo de la selección natural, como el resto de los seres vivos. (Continuará)
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FUENTE: Enroque de ciencia












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