Diferencias íberas
El pasado día 8 de febrero se celebraron elecciones presidenciales en Portugal.
Ese día los portugueses elegían en las urnas a la persona que iba a presidir su país durante los próximos cinco años.
A diferencia de España, donde no hay elecciones presidenciales por razones obvias que no hace falta recalcar, las elecciones para elegir al Presidente del país es a doble vuelta. Esto es, los dos candidatos con el mayor número de votos “pasan a la final”, como en una competición deportiva, siempre y cuando ningún candidato obtenga más del 50% de los votos escrutados. Pues bien, en las votaciones del 18 de enero ningún candidato consiguió alcanzar esa cifra de votos por lo que tuvo lugar una segunda vuelta.
Los finalistas de esta fueron el representante del partido socialista portugués y el candidato del partido de la extrema derecha lusa.
Al tener lugar la segunda votación, los partidos políticos que han quedado fuera de “la final” se posicionan en apoyar a uno u otro de “los finalistas”. El votante portugués que en la primera vuelta no se decantó por ninguno de ellos, ahora pueden hacerlo. De hecho, lo hace.
Todos los dirigentes de los distintos partidos políticos que se presentan a las elecciones y quedaron “eliminados” en la primera vuelta, pidieron a sus votantes que apoyasen el 8 de febrero al candidato socialista.
El resultado fue contundente a favor de este.
Este hecho me ha llevado a reflexionar por qué en España no se actúa democráticamente de la misma manera.
Como en nuestro país no tenemos segundas vueltas electorales no se puede pedir el apoyo para un adversario político.
En las elecciones en Extremadura ganadas por el PP, el partido de extrema derecha Vox quiere formar parte del Gobierno. En verdad chantajea con no apoyar a la candidata del PP en la sesión de investidura si no se atiene a su programa electoral.
Me pregunto por qué no se abstienen los partidos de izquierda de la oposición para que sea investida Presidenta de la Junta de Extremadura, María Guardiola, sin necesidad de depender del chantaje de la extrema derecha. Al fin y al cabo, frenar a la extrema derecha es el principal objetivo de los partidos democráticos. ¿O no?
Esto parece poco probable que pueda suceder. Lo tengo claro. Así que lo plantearé con otra interrogación. Si hubiera que elegir entre la candidata del PP, María Guardiola, y el candidato de Vox, Óscar Fernández, ¿a quién preferiría la ciudadanía que optó por fuerzas políticas de izquierdas? ¿Le daría igual al votante de izquierdas una que el otro? A unos sí, y a otros no.
Echando mano a la Historia, tenemos que recordar que los portugueses se levantaron contra la dictadura que llevaba cincuenta años en el poder. La revolución de los claveles, no sé si les suena. En España en cambio, el dictador Francisco Franco murió en la cama. Tal vez esa circunstancia histórica de Portugal influya un poco en el modo de atajar a la extrema derecha. No sé, quizás.
Con los años, desde la perspectiva que me da mi condición de “boomer”, he descubierto que los que consideraba como los malos, son aún peores; y los que consideraba como los buenos, no son tan buenos. Ahora bien, entre lo malo y lo peor, ¿actuaríamos igual que los portugueses?
Si no es así, no me vale el discurso de que hay que parar al fascismo. Y, desde luego, el “no pasarán” no dejará de ser un romántico eslogan.












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