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Carlos Roque Sánchez
Sábado, 14 de Febrero de 2026

‘Quiquiriquíííí’

[Img #279004]Marchando una de onomatopeyas. La del titular es la forma preferida por la Real Academia Española (RAE) y el Diccionario de americanismos, en lugar de la también empleada kikirikíííí’, a la de escribir correctamente la propia del canto del gallo (Gallus gallus domesticus) y que solemos emplear bien como sustantivo o bien como interjección ¿Por qué canta así el gallo al amanecer? Es una de esas preguntas en apariencia sencilla, pero que nada más oírlas nos enganchan, es lo que tiene la sencillez, ¿por qué canta el gallo al amanecer? es más ¿por qué lo hace así? Quiquiriquíííí. Y la respuesta no es que sea muy difícil, aunque tiene su aquél, pero es que la pregunta, formulada así, viene con trampa, mejor, con trampas porque tengo hasta dos: en primer lugar ha de saber que la expresión con la que representamos su sonido no es la misma en todos los lugares del mundo, no es igual aquí que en Japón donde suena algo así como ‘kokekokkoo’; y en segundo, debe tener presente que en realidad el gallo canta a cualquier hora del día y repetidas veces a lo largo del mismo, aunque eso sí, casi, casi, nunca lo hace de noche.

 

El hecho de que digamos que lo hace al amanecer es porque es entonces cuando se oye con más fuerza y claridad, al dominar aún el silencio matutino, pero cantar canta durante casi todo el día. Dicho lo cual procede plantearnos, ¿por qué lo hace? Lo cierto es que no parecen faltar razones más o menos fundamentadas para explicarlo, además de diferentes naturalezas, y de botón de muestras le traigo tres, una artística y dos científicas. La primera es quizás la más pretenciosa: ‘el gallo canta para que salga el Sol’ así, ni más ni menos y tal como la lee, una naturaleza artística originariamente vinculada al teatro. La segunda tiene más base científica, nos llega de la mano de la biología y viene a ser una cuestión de poder, autoridad y jerarquía animal, ya sabe “el gallo del corral”. La tercera, también científica, guarda relación con otros campos de conocimientos como el electromagnetismo y una serie de supuestas reacciones bioquímicas. Empecemos.

 

‘Chantecler’ (1). Es el título de una obra teatral escrita en verso y estrenada en 1910, una fábula satírica donde los personajes son animales de granja, y está protagonizada por un viejo gallo, Chantecler (“Cantaclaro”) que está convencido de que es él, con su canto, el que hace salir el Sol todas las mañanas. Qué me dice. Una idea que, para más inri, es compartida por todas las gallinas del gallinero que lo respetan y admiran por ello. Él es, por tanto, el vanidoso rey de su gallináceo reino que cree ciegamente en su misión de despertar al astro cada día con su canto, una especie de representación de la fe y el idealismo frente a la crítica y el cinismo de otros animales. Sin embargo, el estatus cambia y se complica cuando, cierta mañana, se queda dormido y con asombro descubre que la estrella ha salido, sin que él haya tenido que cantar; algo impensable e imposible, pero que ha ocurrido, la diaria salida no tiene nada que ver con él y su onomatopéyico ‘cocorico’.

 

Es el principio del fin, de su fin, claro. Adiós respeto, adiós trono y adiós vanidad, vanidad de vanidades, todo es vanidad. Una cura de humildad en toda regla irónicamente parecida, aunque con variantes, a la que experimentan no pocos humanos que piensan que el Sol sale para ellos y tan importantes les hace sentir semejante pensamiento. Una herida al ‘ego’ del hombre que, casi cuatro siglos antes, el astrónomo polaco del Renacimiento Nicolás Copérnico (1473-1543) nos proporcionó con su modelo heliocéntrico; un atentado contra nuestro propio narcisismo, una herida al amor, a nuestro amor propio, pero esa es otra historia que habrá que contar en mejor ocasión “Pensando como Copérnico, pero hablando como Tolomeo”.

 

‘Chantecler’ (y 2).Una obra escrita en cuatro actos, sin duda audaz y poética, donde con alegorías animales se satiriza a la sociedad humana, la literatura y el arte de la época; y donde, de forma original y con un brillante manejo del verso se pone en escena a personajes como un perro, un gato, un mirlo o un faisán para reflexionar sobre la condición humana. Probablemente Chantecler fuera la obra más polémica y esperada de su autor, que sin embargo no llegó a alcanzar la arrolladora popularidad de la que realmente le hizo famoso mundialmente. No, no le dejo sin poner negro sobre blanco autor y obra. Se trata del dramaturgo neorromántico y poeta francés Edmond Rostand (1868-1918) y su archi famosa Cyrano de Bergerac estrenada en 1897. Por cierto, creo que no se lo he dicho, pero desde mi adolescencia este teatral personaje es mi héroe literario, teatral, cinematográfico y musical. No le digo más.

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

 

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