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Redacción
Miércoles, 28 de Enero de 2026

Elogio del terraplanismo

Unos son más iguales que otros

Por Balsa Cirrito

[Img #278178]Hace treinta o cuarenta años todo el mundo era feminista, al menos, todo el mundo que tuviera un mínimo sentido de la decencia moral. Sin duda, entonces había muchos motivos para ello. Hoy en día nos hallamos justamente en la acera contraria. Para ser feminista, al menos del feminismo que más ruido hace en los medios de comunicación, se necesita carecer por completo de esa decencia moral de la que hablaba antes. O eso, o andar por el mundo con unas anteojeras y orejeras de tamaño apropiado para los habitantes de Jurassic Park.

           

Solo hay que dedicar un día, un solo día, a ver la televisión, leer la prensa o, simplemente, a caminar por el redondo mundo anotando lo que nos topamos. Y resulta brutal. No sé si citar ejemplos, porque entonces no acabaría nunca. Y no solo hablo de los medios llamados (no sé si con ironía) progresistas. Los medios considerados de derechas beben en el mismo abrevadero. Es una especie de marabunta que todo lo devora a su paso sin Charlton Heston que nos defienda. Cualquier cosa que le ocurra a una sola mujer es elevada a categoría de hecho sociológico y entra en la zona de los mitos. ¿Cuántas veces, si no, han escuchado esa coletilla de “como mujer me siento indignada por…”, y cuán pocas veces han escuchado la frase “como hombre me siento indignado por…”?

           

Pero, insisto, no voy a entrar en ejemplos porque a mi ordenador solo le quedan mil quinientas horas de batería y necesitaría muchas más para referirlos. Me voy a centrar sobre todo en la insolencia moral del mundo feminista. Es difícil encontrar un movimiento de una arrogancia y prepotencia semejante, llevados estos defectos a un nivel de explosión termonuclear no controlada. Desde que los cristianos morían en la arena del circo en tiempos de la persecución de los emperadores romanos, no creo que haya existido en la historia humana un grupo más convencido de llevar la razón que el colectivo narcofeminista. Todo lo que argumentan (y vamos a concederles que lo que hacen es argumentar) es planteado de forma imperiosa, sin posibilidad de matizar, con la única tecla de o te lo tragas entero o te cancelamos. Asusta con la absoluta impunidad con la que insultan un día tras otro. Y no me refiero a insultitos leves como llamar a quien las contradiga fachas, machirulos o señoros, que eso ni duele, sino de acusar a todos los hombres, toditos todos, de violadores y de practicar violencia estructural contra las mujeres. Es ciertamente pavoroso, porque el feminismo no permite que le lleven la contraria ni en una tilde, ni en una vírgula, ni en el punto de una i. Y se produce un fenómeno curioso que ya señaló Erich Fromm hace años para referirse al nazismo. El nazismo, decía Fromm, se arrogó la representación de Alemania, y muchos alemanes que no comulgaban con sus ideas no se oponían al mismo porque temían ser considerados como antialemanes. Del mismo modo, muchas personas que no concuerdan con el narcofeminismo actual temen enfrentarse por temor a ser considerados machistas o fachas. La manera de actuar de las feministas es, dicho sea de forma más clara, la de los movimientos totalitarios.

           

Ya digo que es difícil discutir con esas murallas impenetrables a la lógica que son las feministas, porque da igual lo que se les plantee: todo se la sopla. No escuchan, no ven, no sienten. Pero si por casualidad logro entablar algo parecido a un debate, termino encontrándome una y otra vez con la misma respuesta. Ante la evidencia de que vivimos en un país donde existe apartheid a favor de las mujeres, donde hay unas leyes para hombres y otras para ellas, donde las normas son diferentes para los dos sexos, donde el aluvión de disparates narcofeministas no concede un momento de reposo, en esos casos, y ante la ausencia de justificación para todos los desmanes que les presento, suelen responderme lo mismo: “Bueno, vale; pero se trata de que los hombres experimenten ahora lo que nosotras hemos experimentado durante siglos… (aquí viene la habitual retahíla histórica de quien no tiene ni puñetera idea de historia)”. O sea: “os jodéis”, acaban diciendo.

           

Entiendo que ha llegado el momento de plantarle cara a ese movimiento totalitario. Un movimiento que trata de impedir que se publiquen libros (lo que le ha ocurrido a Juan Soto Ivars con su muy necesario libro es de traca fallera), un movimiento que impide que se lean conferencias, un movimiento que intenta bloquear las universidades (cancelando cursos), un movimiento que dicta e impone lo que hay que estudiar, un movimiento que decreta la muerte civil para quienes no sigan sus dictados, relegando a esas personas a las catacumbas de lo que llaman ultraderecha... No sigo.

           

¡Con lo sencillo que sería defender los principios originales del feminismo, esto es, igualdad entre los sexos, sin necesidad de buscar la supremacía de los sobacos violetas! Pero ya se sabe, como decía Orwell refiriéndose a otra cuestión: “todos somos iguales, pero unos son más iguales que otros”.

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