Aquel 4 de diciembre
Lo que sigue no es un artículo de opinión al uso. Se trata de una narración ficticia que bien pudiera ser real. De hecho se trata de un relato que escribí hace ya algunos años, pero encaja bien estos días.
“El día amaneció fresco. Nada más pisar la calle el vaho acompañaba los cuerpos. Pero al llegar al lugar de encuentro, nos olvidamos del frío mañanero y aunque seguíamos desprendiendo vapor, ahora el aire gélido se camuflaba con el calor que desprendía nuestras almas.
La piel se me erizó. Los ojos se me inundaron de lágrimas incontroladas. Mi garganta se anudó. La Plaza de Cataluña era un bosque de banderas verdes y blancas.
Todos los andaluces que residíamos en las poblaciones del cinturón industrial de Barcelona estábamos allí con una sola voz, con un solo grito. Aquella imagen ha quedado grabada en mi memoria para siempre.
Cuando la comitiva partió, las ramblas era un rio serpenteante de llantos contenidos durante demasiado tiempo por el abandono de los orígenes, por la marcha forzada en busca del pan de cada día. En aquellos momentos descubrí nuestra esencia, nuestras costumbres, nuestro habla, nuestro orgullo...
Al final, en la Plaza de Sant Jaume, cuando alguien se dirigió a los asistentes, se hizo el silencio. Llegaron noticias de que en Málaga, una bala perdida había acabado con la vida de un chaval de apenas diecisiete años. La alegría desapareció de los rostros. El silencio duró poco. La rabia nos invadió. Primero se transformó en mensajes acusatorios de impotencia. ¡Asesinos, asesinos!, clamamos en una sola voz. Después, volvimos a las consignas que acompañaron toda la trayectoria: “emigrantes pa casa”; “paro no, trabajo sí”; “Andalucía, autonomía”.
Había acudido a la manifestación de casualidad. Fue a través de un amigo, Pau Vila, que me informó de que el domingo se había convocado una manifestación en Barcelona por parte de una agrupación de andaluces que se denominaban “emigrantes de la novena provincia”. Pau Vila era algo más que un compañero en la imprenta dónde trabajaba. Solíamos tomarnos unas cañas y jugar, formando equipo, partidas infinitas de futbolín en el bar “ Generalife”, regentado por Diego García, un andaluz de Granada.
Torre Baró era como una pequeña ciudad andaluza. La mayoría de sus pobladores eramos andaluces que convivíamos con catalanes. En realidad no existía una distinción clara entre unos y otros. Eramos trabajadores que compartíamos un mismo barrio obrero.
Ambos nos contagiábamos en nuestra forma de hablar. Yo, aunque no hablaba catalán, lo entendía a la perfección. Mis padres se habían instalado en San Andrés (Sant Andreu pronunciaba yo) cuando yo apenas contaba seis años de edad. Así que era fácil que a mis veinticuatro recién cumplidos me sintiera un poco mestizo, pero no extraño. En casa hablábamos un andaluz de eses prolongadas y algunas haches aspiradas y en la calle mezclábamos las palabras acabadas en te o en ce con nuestra lengua casera.
Mis padres añoraban su Pruna natal. Todos los veranos, litúrgicamente viajábamos en un tren muy largo que durante más de doce horas nos llevaba a la estación de Plaza de Armas, a la que llegábamos con nuestros cuerpos doloridos y atenazados. No llegaba a los treinta días nuestro asentamiento en el pueblo que nos vio nacer. Los primeros días eran para mi un disfrute. Jugar con mis primos era una gozada. Mis abuelos, tanto paternos como maternos, habían fallecidos antes de nuestra emigración. Pero mis padres echaban de menos cada vez más, como iba descubriendo con el paso del tiempo, sus raíces. A mi me ocurría lo contrario. Las estancias en Pruna se me hacían eternas. Deseaba ansioso volver a las calles de Torre Baró, dónde me esperaban mis amigos andaluces y catalanes y dónde estaba ella, Cristina, una chica onubense con la que empezaba a salir.
Sin contar los viajes anuales a Pruna, no había salido de Cataluña salvo para hacer el servicio militar y no fui destinado precisamente a ningún cuartel andaluz. Mi mili transcurrió en Valencia, por lo que, me parecía no haberme movido de Cataluña.
No tenía pues apego a la tierra andaluza como sí le ocurría a mis padres. No me planteaba otro lugar para vivir que no fuera Sant Andreu.
Pero aquel día, se produjo una transformación en mi.
Caminando junto a mi padre, al que animé a participar en la manifestación ( mi madre prefirió quedarse en casa), enarbolando la bandera de Andalucía, gritando las consignas al unisono, descubrí el significado de ser andaluz. Y, a pesar de que mi amigo Pau me acompañaba solidariamente en la marcha, me dí cuenta de que mi tierra, mi hogar, mi patria, estaba muy lejos, a más de doce horas en tren, de aquellas enormes avenidas flanqueadas de enormes edificios. Descubrí que formaba parte de un Pueblo y que ese Pueblo caminaba por las calles de Barcelona con una sola voz.
Después de aquel 4 de diciembre, las estancias veraniegas en Pruna se me hacían cortas, muy cortas. Me enamoré de sus fuentes, de su iglesia, de su ermita, de cada una de sus colinas, de sus calles y de sus vecinos, que eran los míos, que siempre habían sido los míos... Cada verano ascendía hasta el Pico del Terril y contemplaba extasiado el paisaje que se extendía cubriendo de un tapiz verde toda la campiña.
Ya jubilado, volví a Andalucía y nos asentamos en el pueblo natal de mi compañera.
Aquel 4 de diciembre me “hice” andaluz. Pasado más de cuarenta años, con el autogobierno que defendimos en las calles, hemos avanzado. Pero no lo suficiente. Lamentablemente mis hijos son emigrantes, igual que lo fueron mis padres, igual que lo fui yo. Andan repartidos en diferentes puntos de Europa dónde se han establecido. Pero sus vacaciones aquí se les hacen muy breves y les cuesta lágrimas y lamentos cada retorno a sus lugares de trabajo”.












Edgard Schmidt | Sábado, 06 de Diciembre de 2025 a las 22:00:39 horas
En estos 48 años, no existe lucha más digna y orgullosa que la de las tres hermanas García Caparrós (Paqui, Puri y Loli). Ellas buscan descubrir quién fue el responsable de la muerte de su hermano, a quien le fue robado el futuro a tan solo 18 años, cuyo único delito fue defender para su tierra los mismos derechos que para el resto del estado, donde la autonomía era un sueño por alcanzar. El 4 de diciembre de 1977, más de un millón y medio de mujeres y hombres salieron a la calle en las ocho capitales de provincia, en algunas ciudades medias de Andalucía, en Madrid, Barcelona y País Vasco para protestar bajo el lema “Libertad, Amnistía y Estatuto de Autonomía”; se sintieron invadidos por la idea de que esa bala podría haber impactado a cualquiera. El poeta malagueño Laurentino Heras fue el primero en escribir un poema dedicado a Manuel José García Caparrós:
Yo también he llorado tu muerte/ junto al río Guadalmedina, Manolo,/ compañero, malagueño,/ a balazos asesinado tan pronto./ Este paréntesis que sigue en blanco/ es para los versos que ahora no acierto a escribirte./ Quizá mañana lo rellene con las letras ensangrentadas/ de mi muerte como la tuya:/( ). Escrito el 6 de diciembre de 1977 en el Hospital Carlos Haya.
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