“La apuesta de Pascal”
‘Pensées’. Es el conocido envite matemático sobre la creencia en la existencia de Dios pergeñado por el archiconocido polígrafo francés Blaise Pascal (1623-1662) -antes de fallecer prematuramente a los 39 años a causa de un tumor cerebral que le provocó un estado epiléptico- quien nos dejó entre una gran cantidad de papeles, alrededor de 1000 folios agrupados en unos 60 fajos, manuscritos con notas y fragmentos a modo de argumentación de una apologética del cristianismo. Una suerte de defensa de la fe que sus amigos jansenistas publicarían a título póstumo en 1670 con el título de ‘Pensées sur la religion et autres sujets’ (“Pensamientos sobre la religión y otros temas”) y donde formula su célebre y controvertida “apuesta divina” según la cual, y por decirlo de forma abreviada, compensa “apostar” por creer en Dios en vez de por no creer ¿Y por qué es mejor creer que no creer? ¿Por qué el filósofo francés afirmó que era más “rentable” para el ser humano creer en un Supremo Creador que no hacerlo? Por cierto la obra, reeditada a lo largo de estos tres siglos y medio, terminaría siendo conocida simplemente como ‘Pensées’ o “Pensamientos”, una cuestión de economía y su inexorable e ineludible ley universal.
Una apuesta matemática. El argumentario pascalino expone que si Dios no existe, no pierdo nada por haber creído lo contrario, pero, si no es así y existe, entonces dicha creencia se vería compensada y recompensada por una gran, gran, ganancia; ni más ni menos que la misma gloria eterna, o eso dicen, algo que así dicho estará conmigo suena como muy, muy, así, signifique ésta lo que signifique. A lo que se ve, la fe en la existencia de Dios no solo resulta ser una apuesta acertada, sino que también es racional al pensar en ella como una mera cuestión de azar. Un argumento esencialmente matemático planteado en cuatro escenarios posibles -formulado como una elección bajo incertidumbre a partir de creer o no creer y la existencia o no de Dios- que se puede resumir así: a) si cree en Dios y éste existe, sea cual sea, entonces ganará la Eternidad, ganancia total; b) si cree en Dios y éste no existe, no ganará nada pero tampoco perderá nada; c) si no cree en Dios y existe, entonces habrá perdido la Eternidad, pérdida total; d) si no cree en Dios y no existe, entonces no habrá pasado nada. Por resumirlo en una frase: ‘Si Dios no existe, uno no pierde nada al haber creído en él, mientras que, si existe, uno lo pierde todo por no haber creído’. Sí, planteado así, compensa y no poco creer.
Lucidez existencial. Destacar que en su argumento esencialmente matemático el aforista francés tuvo la precaución de advertir que la existencia, o no existencia, de Dios no era comprobable por la razón humana, basándose en la premisa ‘ad hoc’ de que la misma esencia divina es “infinitamente incomprensible” y claro, si partimos de ahí, no podemos llegar muy lejos. Y ya que la razón humana no está capacitada para resolver esta cuestión existencial divina, uno debe “apostar” por lo primero al resultar lo más racional pues, aunque la probabilidad de la existencia de Dios fuera extremadamente pequeña, tal pequeñez se vería compensada por la gran ganancia que se obtendría, ya sabe, la salvación eterna, el premio gordo. El propio Pascal concluye así su controvertida apuesta: ‘prefiero equivocarme en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo’.
Detractores en el tiempo (1). Ni que decir que la apuesta ha sido analizada y discutida por no pocos filósofos, científicos y teólogos, enfrentados en duras polémicas y controversias, de los que le cito media docena. Empezando por el ilustrado francés Voltaire (1694-1778), de una generación posterior al clermonés, quien rechazó la idea de que la apuesta era una prueba de Dios por “indecente e infantil” agregando, no sin falta de razón, que “el interés que tengo en creer algo, no es prueba de que tal cosa existe”. Otra figura decisiva de la Ilustración, el enciclopedista Denis Diderot (1713-1784), expresó acerca de la apuesta que “un Imán podría razonar de la misma manera” en clara alusión a la exclusión que en la misma sufren los dioses no cristianos. Del matemático estadounidense ateo John Von Neumann (1903-1957), uno de los fundadores de la teoría de juegos, se cuenta que se convirtió al catolicismo, ya próxima su muerte, por la influencia de un monje benedictino, un hombre de Dios sin duda, pero también por haber analizado en profundidad la apuesta del, asimismo, científico Pascal. Lo que puede ser, por qué no.
Detractores en el tiempo (y 2). Y siguiendo en el siglo XX, el filósofo argentino Mario Bunge (1919-2020) nos señala lo que de polémico tiene el plantear la existencia de Dios como una simple cuestión azarosa, en sus propias palabras, “es a la vez científicamente falso, filosóficamente confuso, moralmente dudoso y teológicamente blasfemo”. Por último, en The Emergence of Probability de 1975, medio siglo desde entonces, el filósofo canadiense Ian Hacking (1936-2023) describía la premisa de la apuesta como “monstruosa”. Y ya en el siglo XXI el etólogo keniata Richard Dawkins (1941), creador de la teoría de sociobiología del “gen egoísta”, cuestionaba en El espejismo de Dios de 2006 los supuestos beneficios de creer en Dios. Le dejo aquí, parafraseando a modo de excusa al protagonista matemático de esta última Opinión novembrina,‘Redacto esta carta más extensa de lo usual, porque carezco de tiempo para escribirla más breve’. Otra perla pascalina.
FUENTE: Enroque de ciencia












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