Contra el perroflautismo
Predecir es equivocarse
por Balsa Cirrito
Nos encanta ser pesimistas. Yo diría que a los humanos lo que más nos pone es quejarnos. Y si pensamos en los pronosticadores del futuro, bueno, entonces prever catástrofes de todo tipo gusta más que comer pollo con los dedos. Esquilo escribió que cuando nos profetizan desgracias nos volvemos temerosos y tendemos a creerlas, pero que cuando nos auguran buenas perspectivas parece que nos están engañando.
Fíjense si no en los adivinos del mundo futuro. Nos predican ítems como que la energía, al menos la no renovable, se va acabar en un pispás. Que las guerras asolarán el mundo. Que el hambre dominará la Tierra. Que los hábitats naturales serán destruidos. Los grupos minoritarios (elegetebeieros, blackies, mujeres empoderadas) viven en una angustia permanente por las muchas injusticias recibidas. El clima… Bueno, el clima con el calentamiento global nos va a achicharrar dentro de pocos años (igual no llegamos ni a celebrar el próximo mundial de fútbol que se celebra en España en 2030). Sin embargo, la realidad es una hija de puta, yo diría que una hija de la gran puta, ya que no tiene la dignidad de seguir la corriente a los agoreros.
No sé, la búsqueda de nuevas fuentes de energía avanza imparable, y el hidrógeno tiene buena pinta. De hecho, a día de hoy, consumimos la mayor parte de la energía eléctrica proveniente de fuentes renovables. ¿Guerras? Bueno, yo diría, pese a Ucrania, que vivimos en la era más pacífica de la historia universal o poco menos. ¿Hambre? Nunca ha habido un porcentaje mayor de personas con sus necesidades mínimas cubiertas. Ni de lejos. ¿Destrucción de los hábitats? Pues un poco sí, es verdad, pero un bastante no, también es cierto. Por ejemplo, la masa forestal del planeta, pese a los que muchos puedan imaginar, crece año a año, y más que de deforestación tenemos que hablar de reforestación. ¿Grupos marginados? En fin, al menos en Occidente, y pese a los alaridos, poca marginación les queda. De hecho, estamos en la situación contraria, y grupos como las mujeres o los individuos trans gozan de numerosos, numerosísimos priviliegios y ventajas legales o administrativas que en algunos casos casi alcanzan el grado de un apartheid inverso. ¿El clima? Vaya, el clima es un caso aparte. (Así que pongo punto y eso, y aparte).
Por lo común, acostumbro a escuchar a quienes saben, a los especialistas en cualquier asunto. La cuestión es que, como reconoce la totalidad de los expertos climáticos, sabemos poco sobre ese tema. Con todo, creo sin dudar que existe un cambio climático, porque es algo que casi ningún especialista niega. Entiendo también que seguramente ese cambio está provocado por el hombre, aunque en eso creo un poco menos, porque también el número de especialistas que lo apoya es menor. En lo que creo muy poco es en las predicciones catastrofistas. Y para eso me baso sobre todo en la experiencia. Llevo escuchando absolutamente toda mi vida profecías apocalípticas sobre este particular – de niño me daban mucho miedo – y no se ha cumplido casi ninguna. Les recomiendo que busquen en hemerotecas las perspectivas que los catastrofistas del clima presentaban hace treinta años, según las cuales el planeta prácticamente no existiría a la altura de hoy. No es, por tanto, muy extraño que no me crea gran cosa.
Pero vuelvo al inicio: adoramos a los agoreros. Por alguna razón (y me remontó a la cita de Esquilo), nos gusta hacernos mala sangre. ¿Por qué hay tanta gente que cree a Nostradamus, cuyas profecías, dicho sea de paso, me llevé años estudiando tontamente? Pues porque predice catástrofes. Nostradamus vivió en el siglo XVI, y parecería que adivinó todas las tragedias del mundo. Sin embargo, no se dio cuenta de lo más importante, y es que vivimos cien, mil veces mejor que un rey que reinara en 1550. Si nos topáramos con Carlos V le preguntaríamos: ¿Eres rey y no tienes analgésicos para cuando te duelan las muelas? ¿No hay aire acondicionado en tu casa? ¿Qué pasa con tu whatassapp para hablar con tu hijo Felipe? ¿Vas andando a todas partes? ¿Es que no es posible encontrar una limonada bien fría en este siglo? ¿Por qué a todo el mundo le faltan tantos dientes? ¿Hay alguna razón para que la gente sea tan fea y haya tantas personas con boquetitos en la cara? ¿No comes nunca sushi? (bueno, esto último quizás fuera una ventaja).
No he mencionado entre las amenazas a la Inteligencia artificial, que según opinión generalizada nos va a dejar a todos en el paro, pero, si miramos hacia atrás, los grandes avances tecnológicos han hecho siempre pensar que acabarían con demasiados empleos, desde los luditas del siglo XIX que destruían máquinas, hasta la automatización de las fábricas de nuestros días, y, al final, casi siempre ha ocurrido lo contrario, que se crean infinitas perspectivas laborales. Hay una excelente película española de los años 50, La venganza, que trata de las vicisitudes de una cuadrilla de segadores itinerantes. En una escena impagable, uno de los trabajadores se abalanza con su hoz contra una segadora mecánica.
Con todo esto quiero decir que el futuro casi siempre es espléndido, y aunque resulte imposible encontrar elementos de optimismo en la lectura de la prensa actual, al final el sol siempre brilla con más fuerza para los buenos. Es verdad que hubo un Pearl Harbor, pero, a la postre, la luz llegó con Hiroshima (no me hagan caso, es humor negro). Fíjense en lo que les digo: incluso Trump terminará pasando de largo.



































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