El hombre del caramelo (por José Luis González Alonso)
Como cada mañana, y siempre fiel a su rutina, nada más levantarse aquel hombre se aseaba, se afeitaba y se vestía como si tuviera una importante cita. A continuación, su desayuno, ese que cada día y desde hace años tomaba, café y tostada. Y justo antes de comenzar su jornada, un vistazo a las “redes sociales” para ver qué pasaba a su alrededor. Con noventa años, las hojas de papel con tinta negra de un diario provincial era el mejor medio de estar informado y, de paso, ejercitar la tan necesaria lectura.
Preparado pues para afrontar otro día, llegaba el mejor momento, salir a la calle. Con la mano en el bolsillo se aseguraba de no olvidar la mercancía comprada la tarde anterior para empezar esa ruta diaria. Con cada saludo de buenos días, una amplia sonrisa y, de regalo, escondido entre los dedos de su mano, ese símbolo de la alegría y la niñez, un caramelo.
¿Qué puede llevar a un hombre, día tras día, a tener como misión esa curiosa rutina?
Con nueve décadas de vida, deben ser innumerables los obstáculos encontrados en ese largo caminar y abundantes los motivos que te inciten a parar. Sin embargo, con el nuevo día llegaba esa vuelta a empezar. Decía el filósofo Víctor E. Frankl que “la vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino solo por falta de significado y propósito”. Probablemente, una de las carencias del ser humano en nuestros días, de ese ser conectado, digital y globalizado, es que aún no haya encontrado el significado de la vida. Nos incitan a llegar primero y a ganar; a tener, poseer y acumular; a imitar, a ser famosos y visibles, a disfrutar y derrochar… y todo con la ilusa promesa de encontrar la felicidad. ¿Y si nuestra misión en la vida sea tan simple que solo consista en ser y dar?
En un mismo momento ser capaz de reír y llorar; emocionarse con un bonito recuerdo o un encuentro inusual; adicto a la compañía y enemigo de la soledad; por bandera la familia, como mayor capital. Sin estudios, escritor de libros; sin medallas, mil batallas que contar. Tal vez fuera una sonrisa, unos “buenos días” o un “¿cómo estás?”; tal vez solo un caramelo, tal vez eso y nada más…. pero quizás fuese un maestro que nos quiso recordar que la vida solo es eso... solo es SER y REGALAR.
En recuerdo a todas esas personas que siempre tuvieron “un caramelo en sus bolsillos”, porque siempre permanece entre nosotros quien es recordado.
José Luis González Alonso
































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