Otra sequía, y ahora ¿qué? (por José Luis González Alonso)
Dice el refrán que “solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena” y sería perfectamente aplicable a nuestra actual situación de sequía. Con la mayoría de nuestros embalses en mínimos históricos, comienzan a sucederse desde todos los ámbitos y estamentos multitud de debates y discusiones que recogen nuestras lamentaciones por todo aquello que deberíamos haber hecho y que, por algún motivo, solo fueron castillos en el aire. Y, una vez más, nos volvemos a ver en la casilla de salida.
Desde 1961, España ha sufrido siete periodos importantes de sequía, el último hace tan solo unos seis años, siendo 2017 el segundo año más seco en los últimos sesenta años. Habría pues que preguntarse qué hemos aprendido en cada uno de esos periodos o, mejor dicho, si hemos sido capaces de tomar medidas al respecto porque me temo que, una vez más, llegamos tarde y nos vemos con el agua en los tobillos.
Con independencia de los efectos que el cambio climático esté produciendo sobre el volumen y frecuencia de precipitaciones, así como el aumento de temperaturas y su consecuencia sobre las reservas hídricas, no podemos negar que nuestra falta de previsión vuelve a ser la gran asignatura pendiente. Ya en el conocido pasaje bíblico, cuando José interpretó los sueños del Faraón como siete años de abundancia y otros siete de hambruna, éste ordenó hacer reservas de trigo durante los años de buenas cosechas para, con esas provisiones, sobrellevar los años de escasez. Pues bien, algo que puede parecernos tan obvio, es la asignatura pendiente en la gestión de algo tan esencial como es el agua.
Podríamos entonces pensar que, corrigiendo nuestra falta de previsión y realizando con tiempo las medidas e inversiones correspondientes, daríamos importantes pasos hacia la resolución de un conflicto al que nos enfrentamos cíclicamente. Pero, aun trabajando en esa línea de previsión, solo tendríamos capacidad de encontrar soluciones correctas si para ello tomamos como premisa la respuesta a la gran pregunta que aquí se plantea: ¿de quién es el agua?
Si analizamos nuestro comportamiento como sociedad, en esos años de abundancia hídrica, nuestra respuesta podría ser que “el agua es de nadie” y así, el uso que le damos equivale al de un recurso inagotable, sin importarnos su derroche, sin que denunciemos situaciones de despilfarro y sin que exijamos inversiones en todos los ámbitos para un uso más responsable. Y es que, en esos momentos, pensamos que el agua no es de nadie. Sin embargo, cuando la escasez se nos presenta, nuestra interpretación de la propiedad cambia radicalmente y entonces la respuesta es que “el agua es mía”. Y es ahí donde los territorios se enfrentan, los sectores económicos reclaman su prioridad frente al resto y cada uno de nosotros se responsabiliza del buen uso del agua que pasa por sus manos. Seamos capaces de dar respuesta a esa pregunta y resolveremos gran parte del problema.
En la autobiografía “El largo camino hacia la libertad” (Ed. Aguilar), Nelson Mandela relata como el jefe Joyi de la tribu Thembu les contaba como “el hombre blanco estaba hambriento de tierra y era codicioso, mientras que el hombre negro compartió con él la tierra como compartía el agua y el aire, porque la tierra no era algo que debía poseer el hombre como quien se apodera de un caballo”. ¿Y si la respuesta a la anterior pregunta es que el agua no es mía ni de nadie, sino que es de todos? Nos veríamos entonces en la obligación de aplicar el término “compartir”, tanto en lo que a la redistribución del recurso se refiere, como en la asunción de responsabilidad sobre su buen uso, porque al considerar el agua como algo nuestro, velaríamos por su cuidado como cualquier otra de nuestras propiedades. Será entonces y solo entonces, una vez asumida por toda la sociedad en su conjunto que ese recurso vital al que llamamos agua es un bien común y como tal debe ser cuidado y respetado, cuando estemos en predisposición de dar soluciones a este gran dilema. Mientras tanto, nos toca enfrentarnos nuevamente a unos años de escasez con los graneros vacíos.
José Luis González Alonso
































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