Diario del año del coronavirus
Ocupados
por Balsa Cirrito
Hace muchos años escuché por primera vez hablar de algo parecido a los okupas. Leía yo El País y venía en el periódico un artículo que trataba de los squats de Holanda. Lo recuerdo perfectamente porque aquello me pareció extrañísimo. Los dichos squats buscaban viviendas deshabitadas y, cuando encontraban una, entraban en ella utilizando el procedimiento de la patada en la puerta – de ahí su nombre de squats – para quedarse allí a vivir de gorra. Por supuesto, entonces mi entendimiento era virgen, y consideraba aquello como un disparate incomprensible.
Desde aquellos días hemos visto muchas okupaciones, y hemos llegado a considerar el fenómeno como una especie de excrecencia inevitable de nuestras sociedades urbanas. Excrecencia vale, pero, ¿inevitable? El movimiento okupa es un dislate incalificable, y me resulta aterrador que haya políticos que lo justifiquen, casi siempre con el argumento de que se trata de un hecho residual y poco frecuente. Lo de poco frecuente no sé sí es cierto, porque conozco personalmente tres o cuatro casos de okupaciones, todos ellos delirantes, provocando situaciones de increíble indefensión para los propietarios.
Los casos con los que me he topado no son nunca de esos que parece que quienes defienden las okupaciones muestran como paradigmáticos. En todas las ocasiones he visto a desaprensivos aprovechándose de los propietarios, que en ninguno de los expedientes eran personas adineradas, sino gente con alguna segunda residencia modesta o con la vivienda de un familiar recientemente fallecido. Los okupas, invariablemente, destrozaban la vivienda como si fueran comandos rusos en Ucrania. No era extraño que exigieran dinero por abandonar la casa, chantajeando a los dueños. A menudo eran auxiliados por abogados desaprensivos. Y lo más chungo de todo: los okupas tenían siempre la protección de la ley para cometer sus desafueros.
Lo peor que se puede decir de la ley es que es injusta; las leyes referidas a las okupaciones lo son. Me imagino al propietario de una vivienda, adquirida con el sudor de muchos años de ahorro, y que se encuentre con que una pandilla de antisociales destruye la ilusión de su vida. Y no solo destruyen sus ilusiones, sino que lo hacen con recochineo, con el despotismo propio de quienes tienen el apoyo de los jueces (unos que tal). He leído varias veces en la prensa recomendaciones sobre qué hacer si los okupas irrumpen en nuestra propiedad. Y resulta muy triste que siempre aconsejen no denunciar el hecho a la policía. ¡No denunciar el hecho a la policía, porque si el propietario entra en su propia casa puede acabar en la cárcel!
No creo que nadie en su sano juicio sea capaz de defender las okupaciones que, además de todo lo dicho, crean un clima de inseguridad que perjudica las inversiones y la economía (salvo la economía de Securitas Direct, que esos se hacen de oro). Sin embargo, nadie se decide a poner coto a esta injusticia. Ni el gobierno actual ni el anterior ni el que venía antes ni el previo ni ninguno. No sé, parecen creer nuestros gobernantes que se trata de una catástrofe natural, como los terremotos o los huracanes, y que nada pueden hacer para evitar estos casos.
Pero si pueden. Nada más tienen que promulgar leyes. Leyes justas, se entiende.

































BalCirr | Jueves, 22 de Diciembre de 2022 a las 19:52:05 horas
Señor Viento de Levante, me creo sus afirmaciones legales a pies juntillas. Y lleva razón: no conozco bien las leyes de este particular. Sin embargo sí que conozco algunos casos. De hecho, el que conozco mejor no era de segunda residencia. Era primera. Una persona mayor que, enferma, se fue a vivir a casa de sus hijos. Y a estas, una familia con un montón de hijos y más i phones que hijos ocupó la vivienda durante muchos meses. La vivienda la destruyeron. Y se marcharon cuando les vino en gana. Esto ocurrió en Rota. Incluso creo recordar que apareció en este medio. Dicho todo esto, por supuesto, desde el respeto y la tolerancia al noble colectivo de los okupas que usted apoya tan gallardamente.
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