Una nueva vida (III) (por Ángela Ortiz Andrade)
Estaba impaciente por llegar a casa, después de un periplo de varios meses en el mar, la sensación de poner los pies en tierra firme era absolutamente necesaria.
No conocía aún el nuevo lugar donde lo habían destinado; su familia se había trasladado hasta allí con antelación, así que su nueva vivienda era una incógnita para él, aunque por teléfono Blanca, su esposa, le había comentado cada detalle y todo apuntaba a que era un buen sitio. Lo invadía la curiosidad, también el deseo de ver de nuevo a sus hijos y a su mujer, abrazarlos y sentirlos cerca.
Los niños eran aún muy pequeños, crecían y se transformaban día tras día y a él le fascinaba descubrir estos cambios cada vez que se volvía a reunir con ellos; también le fastidiaba bastante tener que estar tanto tiempo separado de los suyos, no se perdonaba haberse perdido algunos acontecimientos muy importantes en la vida de la familia, pero él procuraba compensarles con mucho amor y con no escatimar ni un segundo de su tiempo cuando estaba en casa. Beltrán era un buen hombre, sencillo, afable y cariñoso; su juventud estuvo orientada exclusivamente a formar parte de la Armada Española, como su padre; desde su nacimiento, en casa no se barajaba ninguna otra opción. Su único hijo, su vástago sería un Capitán, Teniente o Comandante de Navío, igual que todos los hombres de la familia. Para él esta circunstancia era algo que lo tranquilizaba desde pequeño, porque no tendría que preocuparse de qué podría hacer en su futuro, ya estaba decidido de antemano, así que todos sus esfuerzos y todos los esfuerzos de su padre, tíos y amigos influyentes de éstos estuvieron orientados a conseguir las expectativas marcadas para el chico. Pero verdaderamente a Beltrán lo que más le gustaba era estar cerca de los suyos, una vida tranquila, sin grandes boatos ni parafernalias -“para ostentaciones las que tengo que llevar cuando me pongo el uniforme, con eso ya estoy más que servido”- y disfrutar de la compañía de sus colegas organizando comidas en casa.
Estaba deseando llegar, guardar en el rincón del olvido el uniforme y zambullirse en ropa cómoda, de esa que se acerca peligrosamente a los pijamas y que Blanca odiaba.
El marinero que conducía el coche que lo transportaba a él y a su compañero paró frente a dos edificios con grandes balcones.
- “Hemos llegado, mi Teniente”.
Beltrán y su acompañante bajaron cargados con dos voluminosos petates, ambos entraron en el mismo edificio y subieron a la misma planta; se separaron con un apretón de manos y un “bienvenido a tu nuevo destino, aquí vas a vivir muy bien, vecino”. Cuando quedó solo, comenzó a llamar a la puerta, lo hizo dos veces. Esperó unos segundos y luego tocó el timbre; al otro lado de la puerta no se escuchaba nada, entonces se abrió la de su compañero que salió cargado con una pequeña que lo abrazaba.
- “Oye, mi mujer me ha dicho que te diera las llaves de tu casa, que Blanca se las había dejado para que te las pasara y así pudieras entrar cuando llegaras.”
-“Vale, gracias”- contestó y se dispuso a abrir la maldita puerta contrariado.
Una vez dentro, miró a su alrededor. Aquella no podía ser su casa, no reconocía ningún mueble, no encontraba nada que le recordara a su antiguo hogar. Caminó con cuidado por el piso para cerciorarse de que efectivamente esa no era su vivienda; admitió que aquel era un piso magnífico, muy luminoso, amplio y elegante. Entonces lo vio: un lienzo de grandes dimensiones ocupaba buena parte de una pared del salón, en él una mujer sonreía mirando fijamente al espectador. Era rubia, delgadísima y llevaba un vestido largo de tirantas de color nacarado que resaltaba un bronceado excesivo; una de sus manos se apoyaba sobre el hombro contrario exhibiendo un fabuloso brazalete con brillantes tan excesivo como su bronceado.
-“Hola querida, ya estoy en casa”- Le dijo al cuadro rozando con la yema de sus dedos los labios de la imagen. Salió de allí y se metió en la ducha.
Se aseó meticulosamente, siempre lo hacía cuando regresaba a casa; en el barco no había tiempo para entretenimientos. Fue al dormitorio y se puso algo cómodo, tenía muchas ganas de coger una cerveza y relajarse descalzo en el sofá. Observó que su mujer había comprado absolutamente todo el mobiliario nuevo para la casa, siempre se quejaba de que las mudanzas le daban mucha pereza, así que optó por el camino que más le gustaba, derrochar sin reparos; pensaba en Blanca, a lo mejor esta vez sí querría hacer el amor con él; ya hacía dos años que se negaba poniendo cualquier excusa, aunque pensándolo bien, en las últimas ocasiones ni siquiera se molestaba en eso, decía que no y punto.
La distancia entre ambos en la cama se le antojaba aún mayor que cuando se encontraba en el mar. Echaba de menos su risa cuando se le acurrucaba bajo el edredón para calentarse los pies, fríos como un témpano; con su cabeza sobre el pecho le acariciaba la espalda, suave, despacio, mientras ella le contaba mil historias a las que ni siquiera prestaba atención porque estaba embelesado solamente con tenerla cerca. Con los dedos le cepillaba el cabello y el perfume que desprendía lo aturdía y excitaba al mismo tiempo. “Tal vez tengo yo la culpa, posiblemente no la mimo demasiado. A lo mejor me ve más fondón o más descuidado” Se echó a sí mismo una mirada y chasqueó la lengua, “así no vas a conseguir nada hoy tampoco, vamos Beltrán, que tenemos que ir de reconquista“. Le dio un último sorbo a la cerveza y se fue a vestir de una manera más formal, como le gustaba a su mujer; frente al espejo un moreno atractivo y apuesto se terminaba de poner los botones de la camisa diciéndose a sí mismo “¿gordo?, ¿descuidado? ¡y una mierda!”
Al otro lado oyó voces y risas, enseguida llegó hasta la entrada para encontrar a sus hijos ¡qué guapos estaban! Rodeó con un brazo a su chica por la cintura y la atrajo hacia sí, Blanca le sonrió poniendo la mejilla para que se la besara, ni siquiera se entretuvo en echarle una mirada.
“Y con todos nosotros, aquí sigue la reina de las Nieves”, pensó Beltrán mientras ella se zafaba; él se dio la vuelta buscando a los niños sonriendo y se los llevó al salón comiéndoselos a besos y achuchones.
-“El beso de buenos días y el de buenas noches del primer día, el beso de buenos días y el de buenas noches del segundo día”...
-¡Papá, ya. Papá, ya!, decían los chicos riendo a carcajadas
- “Es que tenemos tropecientos besos de retraso y me los tengo que ir cobrando ¡y con intereses de demora, muchísimos intereses de demora!,¡Venid aquí, no os escapéis!” - Contestaba su padre divertido mientras los perseguía por la habitación.
Ángela Ortiz Andrade






























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