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Carlos Roque Sánchez
Sábado, 02 de Octubre de 2021

'Calabuch', 1956

[Img #152861]2021, Año García-Berlanga. Es más que probable que esté al tanto de la cinéfila declaración, con motivo de cumplirse el centenario (100.º) del nacimiento del genial español Luis García-Berlanga Martí (1921-2010). Y aunque los actos conmemorativos se extenderán hasta junio del año que viene, prefiero este veroño recién iniciado para opinar sobre una de sus películas, de la que el valenciano no solo no tenía una buena opinión, la consideraba una de las peores, sino que terminó arrepintiéndose de haberla dirigido ¿A qué se debía dicha opinión? ¿Por qué la hizo, entonces? Por lo que tengo leído, está documentado que pensaba le había salido demasiado amable, tierna incluso, y además protagonizada por demasiada “buena gente”. En sus propias palabras: “Hay momentos en Calabuch que siento haberlos rodado por lo excesivamente tiernos y blandos que resultan”. “El guion lo encontraba demasiado sentimentaloide, ‘rousseauniano’, crepuscular en ciertos aspectos”. Ya ve.

 

Una película publicitada bajo el disfraz de comedia, como otras tantas de la época, a pesar de su carga de pobreza, miseria e ideología retrógrada, aunque eso sí, carente de la tristeza y amargura, casi insoportables para muchos, que produce otra que le precedió tres años antes. Me refiero a ‘¡Bienvenido, Mister Marshall!’ (1953) con el desolado estupor de los habitantes del pueblecito de Villar del Río quienes, esperando recoger algo del maná anunciado por el famoso Plan Marshall, ve pasar la caravana estadounidense tan rápidamente que casi ni se fijan en su presencia. Guardando cierto paralelismo, se podrían incluir en este análisis del listado berlanguiano otros films como ‘Los jueves, milagro’ (1957) o ‘El verdugo’ (1963), pero esa es mi opinión, así que mejor volvamos a ‘Calabuch’.

 

La película: sinopsis. Y seguimos de aniversarios “redondos” pues el 1 de octubre de 1956, tal día como ayer viernes, solo que entonces cayó en lunes, se estrenaba ‘Calabuch’. De modo que estamos en pleno sexagésimo quinto (65.º) aniversario de esta coproducción hispano-italiana, guionizada por Leonardo Martín, Florentino Soria, el propio Berlanga y Ennio Flaiano sobre una historia de Martín. En ella se nos cuenta cómo en plena Guerra Fría un físico nuclear estadounidense llega a un imaginado y pequeño pueblo de la costa mediterránea española, Calabuch, -un topónimo inventado, lo más próximo a la realidad sería Calabuig, Gerona, aunque fue rodada íntegramente con todos los extras locales en la castellonense Peñíscola-.

 

El científico, que en principio creía en las bondades de la energía nuclear, había escapado de su país por disconformidad con el uso belicista experimental que se le estaba dando, llevando consigo todos sus codiciados secretos. Y he aquí que en su huida se refugia en Calabuch, donde admira la vida sencilla de su gente basada en el sentido del humor y amistad. No le voy a destripar el argumento, pero sí le diré que al final el ejército estadounidense lo localiza por una fotografía de periódico, obligándole a regresar a su país. No en vano es un prestigioso científico, poseedor de unos singulares e inestimables conocimientos físicos. También ha de saber que la película, dentro del más puro estilo berlanguiano, termina relativamente bien con su carga de mordaz ironía, humor entrañable y exacerbadas sátiras sociales y políticas. Lo que se dice una comedia dramática normal, pero de la que llama la atención su temática científica, ¿por qué esa y no otra?

 

“El espíritu de la época”. Parece existir cierto consenso en el hecho de que el director no se pudo sustraer de lo que se dio en llamar el “espíritu de la época”, una visión buenista de la energía nuclear que bien es cierto se encontraba por todos lados y era presentada como una de las grandes esperanzas para un mejor futuro de la humanidad. Ya, lo sé, y estoy con usted. Hoy día y visto con la perspectiva que da el tiempo transcurrido, cualquiera iba a imaginar lo que pasaría en el ínterin, con pretendida panacea. Menuda la deriva ambientalista que ha tomado dicho posicionamiento energético, aunque ojo, ‘nunca digamos nunca jamás’. Digo esto porque las centrales nucleares, no solo no emiten dióxido de carbono, recuerde un gas de efecto invernadero considerado como el mayor impulsor del calentamiento global, sino porque el precio del megavatio hora (MWh) que produce, no tiene competencia económica en el mercado. Ojo al dato, que dijo uno tras un micrófono.

 

Por otro lado, y a pesar de lo que pensemos hoy, la idea de “un futuro mejor” gracias a lo nuclear, de mediados del siglo pasado, no debemos tomárnosla como una extravagancia chusca o un absurdo bufo trasnochado. Nada más lejos de la realidad. Volveríamos a caer en un craso de error de anacronismo, muy humano por otra parte, al juzgar el pasado a la luz y con los valores del presente. Un mal posicionamiento, este sí trasnochado, que cuando menos nos limita entender de dónde venimos y nos dificulta saber hacia dónde vamos. (Continuará)

 

CONTACTO: [email protected]

FUENTE: Enroque de ciencia

 

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