Diario del año del coronavirus
La Tierra se ha acelerado (o se ha ralentizado, no estoy seguro)
por Balsa Cirrito
En los días del Gran Encierro del año pasado, cuando quedamos casi absolutamente confinados, el concepto de “tiempo libre” adquirió una nueva dimensión. Leímos más libros, vimos más televisión, escuchamos más radio y navegamos durante más tiempo por internet.
Y de camino descubrimos que el mundo está mal hecho. Como seguramente saben, doy clases en un instituto, y a menudo me pregunto cómo narices pueden estudiar nuestros adolescentes. La cantidad de asechanzas y de posibilidades de ocio – todas terriblemente atractivas – que soportan, hacen que el hecho de estudiar sea algo casi heroico.
Díganme si no. De entrada la Play. ¡Dios mío, la Play! Si yo hubiera tenido Play Station estaría todavía repitiendo primero de BUP. Luego la música. ¡Corpo di Bacco! Si estás apuntado a Spotify escuchas absolutamente toda la música del mundo. Y luego lo más grave. La televisión. ¡Mon Dieu, la televisión! Cuando yo estaba en el instituto solo había TVE 1 y TVE 2. Ahora no se trata solo de que encontremos un número infinito de canales en el mando, sino que con plataformas, youtubes o, sencillamente, pirateando con alegría, podemos acceder a cualquier contenido audiovisual que nos apetezca. Así que piensen si es posible estudiar matemáticas cuando basta conectar el móvil para cascarse de seguido una o dos temporadas de nuestra serie favorita.
Todas estas reflexiones tan profundas se me ocurrieron cuando descubrí la página de RTVE en la aplicación de mi televisor. Hasta ahora era una aplicación bastante chunga, que fallaba y que la mitad de las veces no ofrecía lo que uno podía lícitamente esperar. Pero ahora la han mejorado mucho, especialmente la parte del archivo, con lo que sin ningún esfuerzo, puedo revisar cientos, miles de emisiones que me hicieron feliz en su día. De hecho, al descubrir la enorme cantidad de cosas que me atraían pensé: “No podré ver todo esto aunque viva cien años”.
Por eso se me ha ocurrido algo que puede solucionar este problema. Añadamos horas al día. Más horas, sí. De entrada, suena a chorrada, no lo niego, pero como alto especialista en chorradas puedo explicarlo de forma que se entienda. Los días ahora tienen 24 horas, pero 24 horas, para todas las oportunidades de ocio de que disponemos, me parecen muy pocas; vamos, y perdonen la franqueza, me parecen una mierda de horario. ¿Por qué, entonces, no ponemos los días de 28 horas? 28 es un número bonito, ¿no?. Y ya estoy viendo al enterado y aguafiestas de turno que me dice con expresión de capullo: “A ver, es que el día tiene 24 horas porque es lo que dura la rotación de la Tierra”. Ante lo cual responderé yo: “Cierto, pero hay una solución: hagamos horas de 50 minutos”.
Piénsenlo un momento, porque todo son ventajas. Seguiríamos trabajando ocho horas, pero con la trampa que propongo, serían horas más cortas y más llevaderas. Y si le restáramos al día 8 de sus veintiocho, nos quedarían veinte horas diarias para lo que nos viniera en gana: dormir, leer o ver Breaking Bad. Y sí, seguro que están pensando innumerables ventajas, desde el “cobro 10 euros la hora”, hasta la duración de un “curso de 60 horas”. (Por no hablar de las 24 horas de Le Mans, que se quedarían en algo más apañadito).
Desengañémonos, ese es el futuro, y cuanto antes lo pongamos en marcha mejor, porque, ¿tienen una remota idea de las series que quiero ver? ¿No? Pues eso.

































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