Las letras del tintero
En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.
LAS LETRAS DEL TINTERO
“Solo los curiosos llegan a ser sabios”
Recuerdo de párvulo cuando me llevaron por primera vez al colegio de las monjas. Tendría por entonces unos cinco años, que el arte de la escritura no lo tenía nada de claro.
Para mí todo el misterio se encontraba en el tintero y que, quien escribía lo hacía extrayendo con aquel palitroque del recipiente de porcelana en forma de hongo, los garabatos que, pacientemente el escribidor iba colocando uno al lado del otro en el cuaderno lineado y en el orden que, previamente aquel vaso extraño de cerámica blanca, lleno de figuras –para mí- iba enganchando caprichosamente en el garfio a su antojo, para decirnos las cosas que a su libre albedrío nos quería comunicar.
Lo de interpretar las filas de garabatos era cosa de aprender a leerlo, ¡eso estaba muy claro para mí!, ya que se trataba de tiempo, y yo, con tan solo cinco años me imaginaba tan listo o tan torpe como el que más de mis compañeros de aula, como para que, a la vuelta de un par de años fuera ya tan diestro como cualquiera para saber traducir aquella maraña de garabatos. Pues, hay que explicar que en aquella época, en la misma aula, se agrupaban chicos de cuatro, cinco y hasta siete años, que era la fecha tope para hacer la Primera Comunión, para posteriormente pasar a primero de primaria, según las normas educativas de entonces, o sea; la existente en los años cincuentas.
En aquella aula bien podríamos agruparnos, o más bien, amontonarnos, treinta y tantos niños para una sola maestra, en este caso, una Hermana de la Congregación Salesiana, llamada Sor Vicenta. Como era natural, ella sola no podía educar a toda aquella jauría de niños chillones, ni tan siquiera para darles permiso para que fueran a los servicios, lo que en muchos casos los párvulos volvíamos a casa “hasta las trancas”, lo que desesperaba a la buena de Sor Vicenta.
Lo cierto es que ella, al igual que todos los maestros de aquellos tiempos pasados, se servía de los alumnos mayores y más aventajados para darle las primeras nociones del alfabeto a los neófitos, principiantes. No fui de los más listos, ni tampoco de los más torpes para aprender las primeras vocales, pero lo que era difícil para mí, era lo de “mariscar” con la llamada “pluma” -cosa que no me explicaba que se le llamara pluma, a menos que procediera de una gallina de hojalata- a manera de garabato marisquero, alguna letra del tintero, puesto que en cuanto posaba el palillo sobre el papel, solo aparecía un goterón inmenso, que mis compañeros llamaban, “borrón”.
Lo intentaba una y otra vez, pero por nada del mundo aparecía ningún garabato colgado del palillo, y aunque lo depositaba con suavidad esperando pacientemente que se formara algún tipo de maraña, al que le llamaban letras, y que de hecho ya sabía interpretar las primeras cinco, conocidas como “vocales”, el hecho era que del tintero no salía ninguna…
Los chicos mayores se hartaban de aconsejarme cómo lo tenía que hacer, pero era imposible, a veces pensaba que aquel tintero tenía algo en contra mía, o que los mayores me estaban gastando una broma, vaciando las letras del interior y rellenándolos cuando yo me daba por agotado.
Ante mis recelos, una mañana antes de que algunos de los mayores se sentara junto a mí para atormentarme con su infructuoso aprendizaje, quise asegurarme de que las letras estaban dentro, por lo que ajusté mi ojo en el gollete del tintero, pero nada pude ver, porque todo estaba de color azul cobalto. Cuando acabé la operación, Sor Vicenta, que en ese momento pasaba junto a mi pupitre, dio un grito aterrador al ver mi ojo derecho con un tremendo moratón azulado que ella interpretó como de haber recibido un tremendo golpe.
Me tomó por un brazo y dando gritos me llevó al dispensario que se encontraba a la espalda del Castillo, donde se encontraba ubicado el centro escolar y que se accedía por un corredor sin necesidad de salir a la calle. En un segundo, y seguido por todos los demás compañeros que, alarmados no sabían que ocurría, Sor Vicenta, con cierta carga de imprecación, se dirigió al alumnado para que saliera el párvulo que me había golpeado mi amoratado ojo...
El médico de urgencia en aquellos momentos estaba atendiendo a un carpintero que se había herido una mano, dejó el vendaje de un sobresalto ante los gritos de la monja, y cuando se hizo dueño de la situación, me tumbó en una camilla, y al pasar sus dedos por el ficticio “cardenal”, prorrumpió en una sonora carcajada que puso aún más de los nervios a la hermana Vicenta.
—¡Hombre de Dios, se va a reír Vd.!, cuando este niño ha estado a punto de perder un ojo… -El médico, sin contestar a la monja, tomó un trozo de gasa y mojándolo en el grifo del lavabo, me lo pasó por el párpado y pómulo, y volviéndose a la monja le dijo: -Hermana, ha mentado usted a Dios, y se ha producido el milagro, el niño está sano y salvo, y con sus dos ojitos en su sitio.
Naturalmente que aparte de la regañina de la maestra, -la cual pasó un buen susto- la travesura también me pasó factura por parte de mis padres, que me castigaron sin mi onza de chocolate “Loyola” de aquella tarde.
Mi padre insistía en que yo le manifestara las causas que habían motivado el desaguisado pero yo no me atrevía a decirle la verdad, pues eso era un asunto de honor y como tal tenía que solucionar yo. Así que, como no quería dejar las cosas enfriar, se dio la bendita casualidad de que Sor Vicenta me castigara sin recreo debido a la trastada del día anterior. Me dejó encerrado en la clase, mientras mis compañeros en el recreo, jugaban en el patio del Castillo, no sin antes, mofarse todos de mí conforme salían hacia el atrio.
Lo cierto es, que, cuando me vi solo, me dirigí urgentemente hasta un pequeño armario de madera, en donde la maestra guardaba las tizas, lapiceros, cuadernos y demás material escolar y en el que yo había observado que la monja acudía a rellenar de “letras” los tinteros, cuando éstos se quedaban sin dichos garabatos.
Busqué denodadamente en cuantos cachivaches encontré, pero no había ningún recipiente con letras. En la parte baja había una caja de zapatos que contenía tizas de colores y un borrador, pero las letras no aparecían. Pero yo estaba seguro de que tenía que estar allí necesariamente. Fue entonces cuando observé que en la estantería alta del armario había una garrafilla de color azul, y ahí puse todo mi empeño, pues no había nada más que rebuscar. Me puse de puntilla y pude más mal que bien, atrapar con mis diminutos dedos el recipiente que con mucha dificultad fui acercando hacia mí, y... ¡Ay! de mí… la botella, llena y pesada se me vino encima, cayéndome yo de espaldas y con la garrafa asida con las dos manos, la cual volcó su contenido sobre mi cabeza, entintándome todo hasta los pies, para terminar reventándose en el suelo y poniendo perdido pupitres, las bancas baldosas y hasta la mesa de la maestra. El tremendo grito que di, sumado a la explosión de la botella de tinta, retumbó en todo el castillo.
La pobre de Sor Vicenta, que entró descompuesta, con la cara como la cera, los brazos extendidos y las manos abiertas, dio tal grito, que en esa ocasión, el mismo médico al que no hubo necesidad de llamar, apareció corriendo así como las demás monjas y personal auxiliar del colegio, temiendo todos que hubiera ocurrido una irreparable desgracia.
El susto que me llevé, el pánico que me entró al darme cuenta de lo que había hecho (pensando además lo del día anterior) y el grito desesperado y atronador de Sor Vicenta, hicieron que me entrara un ataque de ansiedad que me impedía ni tan siquiera respirar y menos llorar, quedándome petrificado y con las piernas y brazos agarrotados, y los ojos, entre el azul de la tinta, aparecían abiertos de par en par, mientras que un temblor y un sudor frío recorrió todo mi cuerpo. El médico apartó a la monja que obstruccionaba la puerta de la clase, y tomándome por un brazo, me sacó de aquella zapatiesta, donde yo solo era un zombi y sentándome en un banco del patio, intentó tranquilizarme, pidiendo que me trajeran un vaso de agua, que no tardó en llegar de manos de Sor Josefina, la cocinera.
Llamaron a mis padres, y como quiera que a mí no se me podía ni meter en un taxi, idearon las monjas que lo mejor sería ducharme en el mismo colegio, pues estaba empapado de tinta, y por donde pasaba, iba dejando un rastro teñido de azul, como la estela de un barco.
Mis compañeros por su parte salieron ganando, ya que le dieron la tarde libre, mientras que al día siguiente, como era sábado, aprovecharon las monjitas y las limpiadoras, para dejar como una patena la clase, aunque eso sí, sobre las rojizas baldosas, quedó un cerco azulina que nunca se quitó y que sirvió para recordarme siempre, el terrible día que pasé.
Mi madre tuvo que emplear un par de horas para sacarme la tinta, principalmente, de los oídos, uñas y nariz Una vez aseado, con ropa limpia y peinado, tuve que comparecer ante la hermana Directora, Sor Dolores, mi profe, Sor Vicenta, mis padres y el médico que lo había hecho llamar la Jefa, por si acaso mi actuación no era simplemente una diablura de niño, sino que suponía algún tipo de disfunción o trastorno psíquico, pues en verdad había ocasionado problemas dos días seguidos, y además, parecía que había una fijación por la tinta, y eso era preocupante.
Cuando el médico, con sus buenas dotes de psicólogo comenzó a darme confianza con preguntas sobre mis juguetes preferidos, mis gustos en general, etc. hasta llegar a pedirme que le explicara, ¿qué me atraía de la tinta?
—Yo, a sabiendas de que no podía ocultar por más tiempo mis dudas, mirando a mi padre que me quería comer con los ojos y que me obligó a bajar los míos, comencé diciendo con palabras quedas y temblando de miedo, que; -“En los seis meses que llevaba en el colegio, no había podido encontrar la caja donde se guardan las letras con las que se rellenan los tinteros”-.
Todos los presentes prorrumpieron en una atronadora carcajada, ante la ocurrencia de aquel niño que en aquellos momentos, había cambiado el color azul de su rostro, por un pigmento rojizo, de pura vergüenza.












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