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Prudente Arjona 1
Sábado, 04 de Julio de 2020

Nacionales y republicanos

[Img #134744]En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.

 

 

NACIONALES Y REPUBLICANOS

Las ideologías perjudican peligrosamente la salud”

           

Era yo el más pequeños de mis hermanos y me llamo Pedro; mi hermana María, la mayor estaba casada, por lo que vivía en un campo situado en otro Pago vecinal roteño, llamado del Tehigo, mientras que mi padre, mi madre y mi hermano Juan, mayor que yo -sólo nos llevábamos  un año- sacábamos el rancho hacia delante. Éste se encontraba enclavado en el Pago la Viña Perdida, lindando con la misma playa de la Costilla y con una extensión de cinco aranzadas, ocupando un lugar privilegiado paralelo a la playa y hasta las cercanía del pueblo, se trataba de un rectángulo muy interesante de tierras para aquellas personas que tuvieran visión de futuro, aunque en la época en que me sitúo, poca idea futurista se podía tener que no fuera interesarse por unas tierras productivas, que gracias al celo de nosotros, los agricultores mayetos, que a base de trabajarla incansablemente lográbamos hasta tres cosechas al año.

 

Naturalmente que el trabajo era inmenso para regar cada planta a base de pequeños vertidos, que lo llamábamos buchito salidos de las jarras, cuya agua, muy dulce -cosa rara por la cercanía del mar- era extraída a mano de pequeños pozos romanos  a flor de suelo, cuando para colmo, eran arenales o más bien dunas por la cercanía de la playa y los vientos de poniente, levante y sur, que eran los que arrastraba la arena volaera de las dunas hasta nuestras propiedades y convertían aún mas sedientas las finas arenas de la finca.

 

El caso es que estoy hablando de los años previos, y durante la guerra fratricida provocada por el golpe de estado del general Franco, y para situarnos en la historia que os narro, tengo que decir, que paralela a nuestras tierras, existía otra extensión con el doble de aranzadas, cuyo dueño llevaba años interesado en adquirir nuestro campo, y la verdad sea dicha, a muy buen precio, pero mi padre, que consiguió las dos primeras aranzadas heredadas de mi abuelo, y el resto fue comprando poco a poco a otros agricultores, hasta disponer de las cinco actuales, no le interesaba vender sus tierras de la que comía la familia.

 

Si al principio la oferta del comprador la realizaba de manera civilizada, y de la misma forma era rechazada por mi padre. Conforme pasaba el tiempo, el interesado comprador incrementaba la oferta inicial, con la consabida negativa de mi padre. La tensión comenzó a tomar cuerpo, bien moviendo las piedras de linde, destrozando parte de la cosecha cuando ésta se encontraba a punto para su venta, o vertiendo  productos contaminantes en algunos pozos, aparte de retirarnos la palabra.

 

Tanto para mi hermano como para mí, esas provocaciones nos irritaba tanto que en más de una ocasión decidimos ir en busca del vecino y majarlo a palos, pero mi padre, hombre prudente, a sabiendas de que el individuo estaba muy bien relacionado con las autoridades locales, incluida la Guardia Civil, nos pedía calma, y solo nos limitábamos a poner las denuncias pertinentes, sin poder acusar a nadie, porque en verdad no disponíamos de pruebas.

 

Pero se dio el caso de que comenzaron a efectuarse disturbios en el pueblo, con la intervención de la Guardia Civil. Todo ello provocó encarcelamientos, manifestaciones incontroladas; sindicalistas reivindicando sueldos justos, anarquistas a su bola, quemando santos de las iglesias, mítines, proclamas, republicanos pidiendo justicia social, mujeres a las que pusieron vehículos para que fuesen a votar, etcétera. Lo que en conjunto daba a entender que se acercaban tiempos difíciles. Luego aparecieron falangistas y la entrada del dictador con sus tropas por el Estrecho y la cosa empeoró.

 

Los sindicalistas y anarquistas cortaron carreteras para que las tropas no avanzaran, hubo nuevas encarcelaciones, pero en esta ocasión, del bando contrario al golpista. Entraron en juego los Joseantonianos, los purgante de aceite castor, las humillaciones, el pelado al rape a mujeres activistas republicanas -subiéndolas en un barril y haciéndoles tocar un tambor en cada esquina con cartel en ristre, y por supuesto, los abusos, las venganzas y “los paseos sin retorno” al amanecer, de gente inocente, victimas de rencillas familiares, venganzas y envidias, que nada tenían que ver con ideologías políticas y menos marxistas, ya que el pueblo lo componían gente sencilla, pacífica, trabajadora, y quienes ni sabían, ni les interesaba, ni tenían ningún interés en la política.

 

Como nos temíamos en casa, a mi padre lo encarcelaron. Él solo era un agricultor que ni sabía, ni le interesaba nada que no fuera su familia y su trabajo y menos aún las alteraciones que en su vida sencilla de mayeto se estaban dando, pero como ya dije, nuestro vecino canalla se la tenía jurada y aprovecho las circunstancias para vengarse, además el individuo -como no podía ser de otra manera- formaba parte de la organización Falangista; disponiendo de poder suficiente como para hacer fusilar a mi padre y quedarse tan pancho.

 

Por ello, tras denunciarlo como persona contraria al nuevo Régimen, lo visitó en la cárcel, se regodeó ante él y lo amenazó de muerte, diciéndole que, -en cuanto se lo cargara, en esos momento se apoderaría de sus tierra por un coste cero, y echaría a su familia “a la puta calle, porque a los rojos, los enemigos del nuevo Régimen había que exterminarlos.

 

Ese día, cuando mi madre fue a llevarle comida y una manta a la cárcel del pueblo, mi padre le contó lo ocurrido, advirtiéndole además, que no dudara que en cualquier momento lo fusilarían en la carretera. Mi madre salió muertecita de miedo, dolor y rabia y se fue directamente a ver al sacerdote que ella conocía bien y que le ayudaba cada vez que le pedía frutos del campo para necesitados. El reverendo, poniéndole en antecedente que era un caso difícil y que no quería implicarse mucho por temor a salir mal parado, pensó en una alternativa, que no era otra que la de sugerirle a mi madre que sus dos hijos, mi hermano Juan y yo, nos alistásemos voluntario en las filas de los Nacionales. De esa forma, con el argumento de que nuestra familia estaba de parte de Franco, podría evitar la cárcel y el fusilamiento de mi padre.

 

Al llegar al campo, que como ya he dicho anteriormente, no distaba mucho de la Villa, nos planteó los hechos y llorando desesperadamente nos explicó lo complicada que era la situación, pues, o bien, a mi padre se lo cargaban, o por otra parte, nosotros, tal vez lo salvaríamos en primera instancias, pero tampoco se podía asegurar, mientras que mi hermano y yo, en cuanto nos alistáramos nos convertiríamos en carne cañón, siendo enviado a la primera línea de cualquier frente en combate, -pues en esos casos sabíamos de otros como el nuestro, que a los señalados los enviaban directos a la muerte-. Esto fue lo que elegimos, pues no podíamos dejar abandonado a nuestros padres.

 

Ante todo lo ocurrido y con la intercesión del Cura, enfrentándose con los mandamases del régimen en el pueblo, les ordenó, que de inmediato que excarcelaran a mi padre, advirtiéndoles: “-Si no cumplís mi petición, tengo suficientes datos para haceros fusilar a todos y en vez de darle el paseo a estos inocentes, seréis vosotros los que sí que lo haréis, porque sois una panda de canallas, asesinos y usurpadores de bienes ajenos, que matáis a pobres inocentes para apoderaros de su patrimonio, arruinando a humildes ciudadanos que lo único que saben hacer es trabajar para llevar sencillamente su casa para adelante a base de muchas horas de dedicación al día.

 

Y ahora, como prueba de que la familia está con el régimen, estos dos señores, hijos del encarcelado, vienen a alistarse, aún no teniendo edad para ello -Yo tenía algo más de dieciséis años y mi hermano rondaba los diecisiete- y ahora, ni se os ocurra hacer nada en contra de esta familia, a la que tenéis que olvidar de por vida, si no, ateneros a las consecuencias”.

 

A la mañana siguiente ya íbamos mi hermano y yo en un camión rumbo al frente, y efectivamente y como nos temíamos, nos incluyeron en una compañía de infantería, nosotros, sin experiencia, ni conocimiento alguno de lo que era un arma, una bomba de mano, ni nada de nada, lo único que si sabíamos, era que estábamos “recomendados” a ser ariete y punta de lanza en el frente.

 

Pasaron varias semanas en la que entramos en varias escaramuzas, mientras que, cada vez se me hacía más cuesta arriba la situación. Una noche estuve pensando que si tenía que luchar y exponerme a morir, mejor que lo hiciera en el bando contrario, pues entendía que no era justo lo que nos había pasado; El abuso cometido con nuestra familia y con nosotros, por lo que tenía claro que si vencían los Nacionales, estos abusos seguirían cometiéndose -eso si acaso regresábamos sano y salvo.

 

Luego, esa guerra continuaría en nuestro pueblo con esos individuos con ganas de vengarse y no siempre encontraríamos a alguien, como el cura, que nos sacara de la situación que se presentara.

 

A la siguiente noche coincidí de guardia con mi hermano y le planteé un plan que había urgido. Él me llamó de todo; que si cabeza dura, que si inconsciente, que si era un chiquillo sin seso, que podría repercutir en la familia... en fin, que a pesar de todo yo lo tenía decidido, así que  esperé a una próxima Luna nueva. Ya me había despedido de mi hermano, ambos abrazado y con lágrimas en los ojos, evitando que otros compañeros se dieran cuenta del duelo, pues temíamos no vernos nunca más.

 

Aquella noche, procurando no hacer ruidos por las múltiples latas vacía de conservas que solíamos tirarlas para advertirnos si llegaba algún enemigo infiltrado, como ya nos ocurrió alguna vez, con la cara y manos embadurnadas con hollín de la olla marmita de la cocina ambulante, comencé a reptar evitando que desde alguna de nuestras trincheras  se percataran de mi huida, o incluso que me confundieran con un soldado enemigo, lo que sería mi muerte fulminante. Las trincheras enemigas estaban a una distancia de trescientos metros y éstas la flanqueaban alambradas de espinos. Yo me había provisto de unos alicates que disponíamos para tales casos y a sabiendas de que cualquier fallo, ruido o imprudencia me costaría la vida, me aseguraba cada movimiento y parándome unos segundos a la espera de escuchar algo que me alertara; Sigilosamente continué la peligrosa marcha.

 

La noche estaba tranquila, y mientras mi hermano Juan rezaba temiendo escuchar en cualquier momento una ráfaga de disparos o una granada a manera de réquiem por mi muerte, yo sudaba como un condenado salvando todos los obstáculos que me encontraba a mi paso. Centímetro a centímetro iba ganando terreno arrastrándome por el abrupto suelo, hasta que a lo lejos pude escuchar el cuchicheo de los soldados del bando opuesto. El silencio era total, no había viento y la poca brisa existente venía en mi contra, o sea, que al menos en eso tenía suerte para poderme aproximar sin tanto riesgo a que me escucharan mis nuevos ¿amigos o enemigos?, dependía de donde vinieran las balas. Avancé unos metros más, dándome de bruces con una roca y se me ocurrió una idea, por si me recibían a tiros, podía guarecerme de la lluvia de balas que me lanzarían, pues ya estaba a un tiro de piedra de la trinchera republicana.

 

Así que, sin temor a que desde las trincheras Nacionales me escucharan, alcé la voz y dije: -¡Hermanos republicanos, me quiero pasar al bando vuestro, estoy aquí detrás de esta roca, vengo solo! –en ese momento enarbolé mi pañuelo atado al fusil.  —Por favor, no disparen. Decidme, ¿qué tengo que hacer para unirme a vosotros?

 

—¡Vengo solo! ¡No hay problema señor!, ¡ yo solo quiero luchar con los Republicanos de acuerdo con mis ideas!.

—¡Acércate, soldado, con las manos en alto, y ten en cuenta, que a la primera tontería que hagas,  te volamos la cabeza! -Fue una voz que le encomiaba acercarse, pero tomando todas las precauciones, ya que se jugaba la vida en un simple tropezón que diera.

 

Me incorporé y me fui acercando poco a poco a la trinchera, en cuanto llegué, un soldado me quitó de un tirón el arma y me hizo hincarme de rodillas obligándome a poner ambas manos sobre la cabeza. En ese momento se acercó un sargento que por su voz reconocí que fue quien me habló y con cierta desconfianza me interrogó sobre la razón de pasarme al bando republicano, mis ideas políticas y muchas otras cosas más relacionadas con la situación del bando nacionalista, número de soldados, armamento, etc., etc.

 

Creo que me creyeron al momento, tal vez fue mi edad, la sinceridad con la que me expresé y conté atropelladamente mi historia, o quizás la suerte, aunque pronto me di cuenta que me pusieron a prueba, dado que en el primer enfrentamiento que tuvimos con los Nacionales, me llevaron a primera fila del frente, cosa que ya estaba acostumbrado, aunque pensaba que lo mismo en una parte que en esta otra, siempre estaba yo en el lugar más peligroso. Tuve suerte, dado que solo pequeños trozos de metralla me extrajeron de una brazo y una pequeña herida de bala que solo me rosó el muslo derecho tuve que lamentar en los enfrentamientos habidos, en verdad, me consideraba un soldado afortunado, al menos, de momento...

 

Yo siempre estaba dispuesto a acatar las órdenes con el mejor agrado, y pronto noté que me trataban como si fuera uno de ellos.

 

Sin embargo, mi hermano estaría sufriendo el castigo que yo había cargado sobre sus hombros por haber abandonado mi puesto, siendo él mi hermano mayor y porque tendría que saber de mis planes antes de marcharme, por lo que lo considerarían cómplice, y esto le valdría luchar en primera línea del frente como yo, en todas las refriegas y situaciones de peligro, amén de un Consejo de Guerra.

 

Una noche hubimos de replegarnos, pues el “enemigo” -donde para mí no contaba mi hermano Juan- hizo una potente avanzada que nos hicieron retroceder y abandonar nuestras posiciones, así que pasamos un puente de piedras y nos refugiamos en unas casas que quedaban de un pueblo, todas ellas casi derruidas por los bombardeos, cuyos habitantes habían huido. Nos hicimos fuerte y como quiera que solo se podía acceder al pueblo por dicho puente, teníamos al enemigo controlado, dado que no disponían de carros de combate, ni de artillería ligera, puesto que la orografía del terreno no lo permitía. Dos días estuvieron intentando entrar por el puente. Los dos días que nosotros se lo impedimos, no obstante el mando sabía que estábamos en minoría de tropa y armamento y que en cualquier momento no podríamos impedir el avance, por lo que solo la aviación nos podía socorrer. Podríamos volar el puente, pero en ese caso nos quedaríamos incomunicados y abandonados a la voluntad de Dios. Por eso también celosamente cuidábamos de que el enemigo se acercara y lo destruyeran ellos.

 

Por fin nos dieron la buena noticia de que al día siguiente, al amanecer, la aviación republicana bombardearía la zona enemiga. Yo dando gracias a Dios por esa ayuda llovida del Cielo y al mismo tiempo, temiendo que mi hermano fuera afectado por el ataque de nuestra aviación, rezaba continuamente.

 

Cayó la noche y nadie dormía, pues temíamos que el enemigo intentara atravesar de nuevo el puente o volarlo, pero a eso de las tres de la madrugada el enemigo llevó a cabo un nuevo intento y como bien sabíamos lo que nos jugábamos, calamos bayoneta y lo esperamos dispuesto a todo.

 

El puente no era muy ancho por lo que cientos de soldados apretados y a una entraron en tromba disparando y como era preceptivo, con bayonetas caladas también, nosotros lo esperábamos de la misma manera, disparando, pero la distancia del puente no medía más de 50 metros, así que en pocos minutos, el puente se cubrió de cadáveres y heridos de parte y parte mientras que la sangre más que verse, se olía por encima de la pólvora quemada y los agujeros trasversales del puente para desalojar la lluvia, no podía, ni le daba tiempo de evacuar al río tanta sangre derramada. Los soldados, sorteando los caídos, muertos y heridos, uno y otro bando terminaron enfrentándose en un más sangriento cuerpo a cuerpo conocido.

 

Una hora más tarde, dentro de un silencio sepulcral, -nunca mejor dicho- aparecieron en el cielo una decena de aviones republicanos, que tras dar varias vueltas y viendo el panorama, se marcharon sin dispara una bala, ni lanzar una bomba, pues no quedaban ni enemigos, ni compañeros vivos. Desde la altura no localizaron objetivo alguno, solo observaron, cientos de metros cuadrados cubierto de cadáveres que permanecían inertes y amontonados en el puente y sus alrededores, y un río por el que un rojo caudal bajaba como una cinta, envolviendo la imagen más tétrica jamás imaginada.

 

—————————

Atrás quedaron los hermanos, Juan y Pedro, ensartados por sendas bayonetas, como el resto de los demás hermanos españoles, de uno y otro bando; Rojos y Nacionales, calados, atravesados por balas y cuchillos, en una lucha fratricida, que quiera Dios jamás vuelva a suceder.

 

Descanse en paz todos aquellos Caídos que buscando el bienestar del pueblo, la justicia social, la democracia, la igualdad, la solidaridad de la sociedad, la libertad, y los que aún hoy en día caen en la lucha, contra las dictaduras encubiertas, los que han perecido y los que continúan pereciendo en el intento.

 

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  • Rebelderota

    Rebelderota | Lunes, 06 de Julio de 2020 a las 08:54:10 horas

    Sr Arjona está bien que escriba sobre su visión de la guerra civil pero si esa visión es sesgada , manipulada y con mentiras , crea usted un bodrio más a los que nos tienen acostumbrados los de las repugnante memoria histórica que nos quieren cambiar la historia . Ya no me meto en lo que usted hace de vincular malos con falangistas o hablar de joseantonianos que por edad usted debe conocer pero que seguro nunca ha intentado entender esa ideología , lo que si le diré que hay que recordar a todos los caidos sean del bando que sean porque son personas que merecen ya un respeto pero deje de inventarse lo de golpe de estado o que unos eran demócratas y buscaban la libertad porque eso es totalmente falso solo hace falta mirar la hemeroteca de la época para ver que socialistas y comunistas querían un régimen estilo Stalin y por eso hubo un alzamiento nacional contra los que querían quitar libertad religiosa y de opinión. Sr Arjona no pretenda que creamos que su ficción es real , aunque si pudiera pasar no fue general .

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