La ambición rompe el saco
En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.
LA AMBICIÓN ROMPE EL SACO
“Unos guardan sus riquezas en la cartera, y otros en el corazón”
En una pequeña villa situada en las montañas, sus ciudadanos se dedicaban a la agricultura y a la ganadería en pequeños minifundios, o sea, que disponían de limitadas propiedades que aun siendo humildes les permitía ser independientes. Al mismo tiempo eran serviciales con sus convecinos, quienes con frecuencia se reunían para celebrar familiares convivencias.
Todos eran felices, ya que aunque no disponían de mucho, al menos si contaban con lo imprescindible para vivir y una exquisita amistad que los unía, y los hacía sentirse felices.
Un día apareció un individuo acaudalado que le gustó el valle para establecerse. De inmediato intentó comprar varias fincas de los labriegos-ganaderos, para hacerse con una gran mansión rodeada de extensas tierras, pero al resistirse los lugareños tubo que adquirir un inmenso terreno junto al río, en la ladera de la montaña y por encima del pueblo. Ese terreno, propiedad del Gobierno, lo adquirió a un excelente precio gracias a su manifiesta influencia en todos los sitios, con la única condición de que si un día dejaba de explotarla, serian devueltas a la propiedad de la Administración Gubernamental, nuevamente.
Dado a la lejanía del lugar, se vio imposibilitado el rico señor en contratar albañiles que le construyeran la hacienda, por lo que los pobladores de la villa una vez finalizada sus jornadas, y asimismo los sábados y domingos, se dedicaban arduamente en la construcción de la finca. Pasaron tres años de infatigable trabajo, pero al fin todos juntos celebraron el acontecimiento. Más que mansión, parecía un castillo medieval.
Pero el acaudalado -que no perdonaba el desaire de los labriegos al negarles vender sus fincas con las que ganaban humildemente el sustento- olvidó por completo el trabajo ejecutado durante tres años de sus fieles lugareños en la construcción del palacete y volvió a la carga.
En esta ocasión, pretendía centralizar sus múltiples actividades comerciales en la finca, por lo que necesitaba de mucho personal para el servicio, limpieza, cocina, jardines, etc. etc. para mantener a punto la gran mansión, en la que pretendía dar constantes fiestas y comilonas. Por lo que le ofreció a los habitantes del pueblo, comprarle todos los terrenos y emplearlos a su servicio, creyendo que aceptarían al ofrecerles un sueldo razonable y dejar la ardua trabajera de vivir del campo y depender de las inclemencias del tiempo; O sea, con un ojo en la tierra y otro en el Cielo...
El pueblo se reunió en asamblea y decidieron seguir con su vida humilde, pero independiente y no tener que depender de un solo señor que el día que se le antojara podía despedirlos y se encontrarían sin trabajo, si campo y consecuentemente, sin nada que llevarse a la boca.
La reacción del ricachón no se hizo esperar, mandando construir una presa para almacenar el agua del río, cuyo nacimiento partía de unas montañas pertenecientes a su propia finca y de esa manera restringir al pueblo y a los campos del líquido elemento.
Por muchos ruegos y por muchas y largas conversaciones que los vecinos mantuvieron con el malvado individuo, no consiguieron nada; -“O le vendían todas las fincas del pueblo o los mataría de sed”-.
Los campos languidecieron y solo para beber utilizaban un pequeño manantial. Las cosechas fueron mermando y el hambre hizo estragos en los aldeanos, muriendo la mayoría de los ancianos y algunos niños de la villa, mientras que el rico se mantenía indiferente a la tragedia.
Así pasaron cuatro años de angustia, hambre y muerte y aunque elevaron sus quejas a la autoridad, estos hicieron oídos sordos, ante el poder que ejercía el adinerado individuo.
Ni que decir tiene, que el rico hubo de contratar a todo el servicio de localidades vecinas, a los que les daban un lamentable sueldo y peor trato, a sabiendas de la perentoria situación de la zona que se había visto afectada por el corte del río, por lo que trabajar para el rico -aunque todos lo detestaban- era lo menos malo.
El tiempo pasaba y la continua falta de agua provocó una sequía tremenda, seguida de una terrible epidemia que asoló la comarca. No obstante, gracias a una curandera del pueblo, creadora de unos brebajes cocinados con plantas silvestres, consiguió parar la enfermedad en el pueblo. De cualquier forma, la enfermedad atravesó las murallas de la mansión, ya que el Señor acomodado, no permitía que las personas a su servicio tomaran las pócimas de la curandera, porque pensaba que los iba a envenenar, mientras que lo que ocurrió fue lo contrario, porque los labriegos y ganaderos del pueblo sanaron, mientras que sus siervos afectados por la pandemia, murieron irremediablemente, quedando el servicio de la finca en cuadro y él también algo tocado.
El cacique pensó que la curandera era una bruja, que con sus rezos y supercherías había hechizado a todos sus siervos, se encolerizó tanto, que al verse menguado de servicio, en represalia, mandó quemar el pueblo y matar también a la curandera.
Los vecinos hubieron de correr para no arder dentro de sus hogares, subiendo a las montañas y refugiándose con su ganado en una caverna natural, desde donde observaron en la lejanía, cómo se quemaban lo único que tenían.
Aquella noche el ricachón, ebrio de odio y de alcohol, corría por los pasillos con un candelabro encendido, gritando e insultando a los vecinos y resto del servicio, a los que acusaban de haber conspirado contra él, uniéndose a los siniestrados vecinos.
En su deambular exasperado y aturdido por el claustro y demás aposentos de la mansión, tropezó al bajar la escalera del gran salón, cayendo irremediablemente y estrellándose contra el cortinaje de los ventanales que de inmediato prendieron como teas.
El señor, a gritos reclamó al incipiente servicio, dándose cuenta que eran pocos para apagar el incendio que se prodigaba rápidamente ante el fuerte viento procedente de las montañas, por lo que ordenó inmediatamente tañer las campanas de su ermita pidiendo auxilio, la cual, incrédulamente había mandado construir dentro de sus dependencias. Las llamas avanzaban amenazantes, haciendo estragos en los ricos muebles y enseres, prodigándose al resto de la mansión.
Nadie acudió a la llamada de socorro, pues la gente refugiada en las montañas decían: -“¿Con qué agua vamos a apagar el fuego, si es del señor?”, ¿A caso nos ha permitido usarla para apagar nuestros hogares en llamas vivas?”
La noche se había convertido en un infierno donde, al fuego del pueblo se le había sumado el de la mansión del rico vecino. Era terrorífico, todo el valle iluminado por las llamas que se batían al son del viento, produciendo figuras fantasmales de tamaños monstruosos, de lo que los vecinos no olvidarían jamás...
Conforme ardía el valle, nubes negras coronaros las crestas de las montañas, produciéndose una precipitación torrencial que desencadenó una subida inesperada del río, cuyo caudal fue a parar en el embalse del potentado. La lluvia caía montaña abajo, peligrosamente para el modesto embalse que ya no pudo acumular más agua, bajo la presión ejercida y saltó en mil pedazos, dejando libres los millones de metros cúbicos que almacenaba a manera de marea salvadora para el pueblo que se vio favorecida por el caudal, donde unos “bomberos naturales” apagaron inmediatamente el fuego de las viviendas. No así el producido en la mansión, que al estar por encima del nivel del pantano, continuó ardiendo irremediablemente hasta convertirse en una macabra imagen de ruina y desolación.
A la mañana del día siguiente, bajaron los campesinos y comprobaron que todo no estaba perdido. Mientras que los hombres y jóvenes rescataban todo lo aun servible, las mujeres preparaban algo de comer con la leche de cabras y vacas bajados de la montaña, así como con algunos alimentos que se habían salvado.
Cuando se encontraban saboreando los pocos alimentos disponibles, apareció a lo lejos el vecino que acababa de dejar de ser acaudalado, ya que había concentrado toda su fortuna en aquellos muros, que horas antes habían sido pasto de las llamas. -Con la cara desencajada, la ropa chamuscada y lágrimas en los ojos, el Rico convertido en Pobre, rogó un poco de agua de la que el le había negado al pueblo durante años y que los vecinos generosamente le brindaron. —Pues, el agua no se le niega a nadie –le dijo el labriego mientras le ofrecía una taza.
Pasaron los años y el pueblo se fue poco a poco recuperando, ya que el río –como un milagro- continuó su curso bañando y regando los campos minifundistas de los labriegos. Pero el verdadero milagro ocurrió, cuando el señor rico empobrecido y ante un acto de contrición popular, se impuso la penitencia de convertirse en aguador perpetuo, para llevar el agua para beber a todos los hogares de la villa, de por vida.
Y colorín, colorado....












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