Contra la soberbia, humanidad
En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.
CONTRA LA SOBERBIA, HUMILDAD
“La felicidad no se encuentra usando el dinero a manera de lupa”
En la campiña roteña dos vecinos tenían sus ranchos uno junto al otro. La finca mayor pertenecía a un agricultor llamado Andrés, hombre adinerado que disponía además otras tierras y un gran patrimonio en el pueblo, lo que para él suponía encontrarse por encima del bien y del mal, con una soberbia descompasada en el trato con las demás personas a las que miraba por encima del hombro, con menosprecio y altanería.
El otro vecino era un campesino humilde de nombre, Ricardo, que a pesar de rayar la pobreza, era una persona generosa y caritativa, que vivía a costa del sudor de su frente cultivando hortalizas y demás frutos del campo, que su pequeña parcela de tres aranzadas le permitía.
El opulento terrateniente estaba siempre haciendo gala de sus posesiones y caudales delante del sencillo labrador al que creía que humillaba, mientras que en verdad él lo consideraba un pobre hombre, a pesar de sus riquezas, dado que no tenía un ápice de respeto ni humanidad con las demás personas. Valga al respecto, lo expuesto por Carl Jung en su obra, “Recuerdos, sueños, pensamientos”: “He visto a menudo que los hombres se vuelven neuróticos cuando se contentan con respuestas insuficientes o falsas a las cuestiones de la vida. Buscan situación, casamiento, reputación, triunfo exterior y dinero; pero permanecen nerviosos e infelices, incluso cuando han logrado lo que buscan. Esos hombres, con mucha frecuencia, sufren una estrechez de espíritu muy acusada. Su vida no tiene en modo alguno un contenido suficiente, ni siquiera sentido. Cuando pueden desenvolverse en una personalidad más amplia, ordinariamente cesa la neurosis”.
Un día, desde su finca, el acaudalado latifundista, comenzó a gritar llamando a su lindero vecino; ¡Ricardo, Ricardo!, ¡me han robado las papas!
A los chillidos de Andrés, Ricardo que estaba regando su huerta, dejó las jarras y salió corriendo hasta la alambrada que dividía ambas fincas.
—¡Que pasa Andrés con esos gritos!, ¿tienes algún percance?
—¿Un percance dices? ¡pues claro, me han robado las papas!
—¿Todas las papas de todas las hazas?
—No, no, un liño, más o menos.
—¿Y por eso das tantos gritos como si te hubieran arruinado? A lo mejor es alguien que necesitaba algunas para comer hoy...
—¡Como se ve que no ha sido a ti a quien han robado!
—Andrés, a mí me vienen sacando cada semana más o menos las mismas que te están hurtando a ti y no grito, ni nada de aspavientos, porque estoy seguro de que son gente necesitada que sólo roba para comer.
—Para comer o para vender, me da igual, lo cierto es que esas papas son mías y nadie tiene que tocarlas. Son una mancha de sinvergüenzas...
—No son gente sinvergüenza, sólo es una familia hambrienta, Andrés. Además, aunque no lo creas, son gente razonable y generosa.
—A mí me importa un pimiento, yo no soy la beneficencia, las papas son mías y ahora voy a ir a la Guardia Civil a denunciar el robo. De todas maneras, ¿me puedes aclarar por qué dices que es una familia hambrienta? y ¿por qué dice que encima, son gente razonable y generosa? Además, ¿aclárame por qué no has ido ya a la Guardia Civil tú a denuncias los hechos?
—Serénate, Andrés; mira, es una sola familia, hambrienta y razonablemente generosa, porque lo que toman sólo son tres o cuatro kilos de patatas cada semana y eso demuestra que es una prole pequeña. Además son generosas, porque no sacan siempre las papas del mismo rancho, sino que lo hacen indistintamente, para que no suponga un daño económicamente grande a un solo agricultor. Pero te voy a decir más; Si fueran ladrones sinvergüenzas que robaran para enriquecerse y no para comer, se llevarían toda las hazas de una vez, sin embargo esta buena gente sólo se llevan lo imprescindible para comer un par de días. Sé que es una falta, pero creo que todos debemos ser solidarios, precisamente con los más necesitados.
—Los agricultores no somos las hermanitas de la caridad, y a esa gente me las voy a cargar para que no cojan más ni una papa de mi campo. No es mi problema que estén pasando hambre; ¡Que trabajen, como toda la gente honrada!
—Andrés, se razonable; Tú tienes veinte hazas sembradas, solamente de papas, otro tanto de calabazas, etc. etc. por lo que, si con las pocas papas que te han quitan puedes dar de comer a una familia, un par de días ¿qué te supone eso...?, ¿acaso te vas arruinar?
—¡Ni una patata!, ¿Oyes?, ¡ni una patata más!
—Escucha Andrés, mañana noche vendrá de nuevo a mi rancho y yo los voy a esperar, pero no para denunciarlo, sino para conocer sus circunstancias.
—¿Ves lo que te digo siempre, Ricardo?, Te morirás desgraciado de por vida, porque en verdad eres un pobre hombre que lo das todo, cuando no tiene nada. Así jamás ahorrarás un duro socorriendo y dando de comer a flojos desdichados.
—Andrés, de momento no se quienes son, pero tengo la certeza de que son un muchacho y una chica. El joven tendrá unos veinte años y no más alto de 1.70 metros, que pesará unos 70 kilos y que se lleva unos cinco kilos de papas cada semana, como ya te he dicho antes. La muchacha es mucho más joven y por su peso, sobre 50 kilos, no debe medir más de 1.50 metros.
—¡Vaya hombre, pues no tenemos de vecino a Sherlock Holmes en persona...! ¡Que desfachatez! ¡Hay que joderse con el inspector “Gadget”...!
—Y además te puedo decir, que el joven que camina descalzo, tendrá de pie un cuarenta y dos, por el paso que va dando, saco la conclusión de la largura de sus pierna comparando el paso con el mío, que mido un metro sesenta y cinco, y por lo que se hunde en la tierra en cada paso, he adivinado su peso, siempre comparándolo con el mío que peso setenta y cinco kilos, además sé que se lleva cinco kilos de patatas, por lo que se hunde sus pies tras la carga. Ya que lo he experimentado mirando mis huellas tras cargar con cinco kilos. Por otra parte, la huella en la arena, tanto al entrar como al salir del campo la chica, hunde sus pies a la misma profundidad, lo que deduzco que quien carga con las papas no es la hermana del joven, porque por la diferencia de edad no pueden ser padre e hija. La altura la supongo al igual que por su hermano, por la distancia de una pisada a otra.
—Todo eso es muy esclarecedor, ¿no?, pero, ¿a mí que me importa si no has descubierto a los ladrones con sus nombres y apellidos? Lo de los pasos, lo que miden, lo que pesan, ¡qué carajo le importa a alguien! Verás como la Guardia Civil los atrinca sin tanto estudio de laboratorio, que al final no sirve para nada. Solo son paparrucha…
—¿Sabes que te digo?, que voy a sembrar con cepos de caza todas las hazas, amarrados con hincos clavados a un metro, verás que pronto aparecen esos hijoputas cazados como conejos.
Al segundo día de la discusión con su vecino Andrés, Ricardo esperó a la noche, tomó una linterna y protegido por su escopeta de dos cañones, para evitar ser sorprendido por ladrones profesionales -que él estaba seguro que no lo eran- se agazapó a la espera de los “presuntos delincuentes”.
Serían las tres de la madrugada, cuando Ricardo, que ya había dado varias cabezadas, dado a su ardua labor en el campo durante todo el día, escuchó ruido de pasos sobre la arena. Ante él se perfilaron dos siluetas, el labriego esperó a que se acercaran lo máximo -procurando no ser descubierto- de inmediato se alzó, encendió la linterna y encañonó a las dos figuras humanas que se quedaron de piedra ante la sorpresiva visita.
—¡No somos ladrones, solo queremos llevarnos unas papas para comer!, ¡estamos muy necesitados! -Ricardo los reconoció al momento.
—Sois del Pago del Tejigo, de la familia de los Domínguez. ¡No moverse porque os lleno los cuerpos de plomo!
—¡No, no, por favor!, no dispare, ya no volveremos más.
—Ahora me vais a acompañar al paraero, y allí me vais a contar vuestra situación.
Los jóvenes; un chico y una chica con las características que Ricardo había adivinado, eran hermanos y se daba el caso que su padre había fallecido unos dos meses de una enfermedad maligna, que no les había permitido separarse del lecho donde yacía desde hacía seis meses atrás, dado que la madre de ambos, no podía atenderlo porque también se encontraba bastante enferma y en la actualidad, había empeorado ante la muerte de su marido. Por lo que no habían podido atender el pequeño campo que labraban y eso les había llevado a conseguir alimentos como fuera, convirtiéndose en pobres vergonzantes.
Para que Ricardo comprendiera hasta qué punto había llegado su estado miserable, me explicó que pedían por los ranchos las sobras de las hortalizas, para poder llevarse a la boca algo para comer los tres componentes de la familia.
-Un día, -comenzó a explicar a Ricardo, José Antonio -nos encontrábamos en tal situación, que mi hermana fue a pedirle a una vecina que le diera los desperdicios de la comida, y ésta le dijo que ya los había arrojado a la porqueriza. Mi hermana se dirigió a la pocilga de los cerdos, y luchando con los mismos, pudo recuperar algunas sobras, que luego tuvo que lavar en la alberca para llevarla a casa limpias para ingerir. Fue cuando decidimos robar por los campos.
También –continuó Adela–, cuando murió mi padre, no teníamos dinero para enterrarlo y mi madre, incapaz como se encontraba, recorrió todo el pago campestre con un pañuelo tomado por las cuatro puntas -como así se utilizaba en esos casos de extrema necesidad- donde los vecinos le iban colocando algunas monedas. Menos mal que un vecino cercano, muy amigo de mi difunto padre, se apiadó de nosotros y nos socorrió con lo que faltaba para cubrir el sepelio. Y todo eso porque, éste le coincidió con la venta de una ternera, días antes.
—¡Por favor, no nos denuncie usted!, buscaremos por otros campos...
—Ni se os ocurra -exclamó Ricardo, con el corazón encogido por todo lo vertido por los jóvenes- sobre todo no entrar en la finca del vecino de al lado, pues ha puesto cepos por todos lados. El muy cabrón. Como podréis comprobar, nosotros somos pobres como vosotros, aunque un poco menos porque nuestro campo produce lo mínimo para vivir. Así que vendréis todos los días a llevaros lo que mi mujer y yo os podamos dar. Además estoy pensando en proponeros algo.
—¡Juana, Juana! –Ricardo llamó a su mujer que desde la choza no se perdía detalle, y que hasta que su marido no la avisara, ella no intervendría- mira, sé que has estado escuchando, así que no te voy a repetir la historia; Les quiero proponer a estos jóvenes hacernos aparceros, contando con sus tierras y las nuestras, de manera que lo que produzca tanto una como otra lo compartiremos a media.
Los jóvenes no se podían imaginar de la forma que habían entrado en la finca y de la manera que iban a salir, pues ya Manuela le estaba preparando un saco con papas, tomates, pimientos, una calabaza, etc., a lo que José Antonio con lágrimas en los ojos, dijo al matrimonio de generosos labriegos.
—En estos momentos, nuestro campo está abandonado, así que poco podremos compartir con ustedes.
—Ahora, como resulta que mis tierras está cuidadas y están produciendo, nos vamos a encargar los cuatro de sacar adelante las vuestras. Vuestra madre puede venirse durante el día y cuidará de nuestro pequeño de cuatro años que ahora está durmiendo en la choza y mientras tanto -como ya os he dicho- no preocuparse por la comida, porque Juana sabe sacar de donde no hay y además guisa de maravilla con tan solo lo que nuestro campo da y también las gallinas, la cabra y la vaca. Así que llevaros todo esto y si os para la Pareja, decid que yo os lo he entregado, como aparceros que somos. Y, ojo, al vecino de al lado; chiton.
—Juana y Ricardo, sonrientes se fueron a la cama porque en sus adentros se reconfortaban de haber hecho una buena obra, que también les iba a beneficiar a ambos socios por la aparcería a la que habían llegado.
Tal vez se preguntéis por el ricacho vecino; Pues, como amenazó, sembró de cepos su campo, y una noche que escuchó ladrar a sus enormes canes que tenía amarrados junto a su vivienda, salió escopeta en ristre en busca de los supuesto ladrones que, a pesar de los cepos le estaban robando las papas; El pobre, cegado por la pasión y la incordia de verse agredido en su fuero interno, corrió detrás de una sombra que se desplazaba velozmente por en medio de las hazas de calabazas. Descargó los dos cartuchos, viendo con satisfacción caer a su víctima. Gozoso se acercó a la derrotada figura, cargando de nuevo el arma, cuando de pronto, algo fuerte como las garras de un tigre se le aferró a una de sus piernas haciéndole caer encima de un nuevo cepo que le atrapó la cabeza hiriéndole de muerte.
Por la mañana, los operarios que tenía contratado como jornaleros, encontraron los dos cadáveres desangrados; El dueño de la finca y un enorme chucho negro. O tal vez mejor decir; los despojos de dos perros...












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