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José Mateos Mariscal
Sábado, 23 de Mayo de 2020

Es triste ser emigrante y no poder volver

[Img #133534]Deseo y anhelo continuamente irme a mi casa y ver lucir el día de mi vuelta". (Ulises en La Odisea)

 

Cuando emigras se sabe que se va, pero no se vuelve; se pierde a la familia. Es triste, ser emigrante y no poder volver.


Nosotros los más inquietos y los que menos conformes estábamos con tolerar el amargo presente en España desahucio tras desahucio, precariedad y paro de larga duración que nos atenazaba, a pesar de nuestro
bajo nivel de instrucción convencional, muchos acabábamos por defendernos con las lenguas de su lugar de destino y también aprendíamos las técnicas de manejo de máquinas más o menos complejas.


Nos adaptamos a medios sociales más bien hostiles y en ciertos casos, claramente racistas y xenófobos.


Desde que tuve uso de razón me interesó siempre la emigración. Yo veía que en España no había porvenir, que estaba uno trabajando para nada y pensaba en un sitio donde se viviera mejor. También hubiera podido irme a Barcelona o a Bilbao, pero aunque parezca raro, nunca me dio por ahí,  decidí Alemania.


Las dos grandes preocupaciones iniciales que tenía como emigrante eran el trabajo y la vivienda, o la vivienda y el trabajo, y también lo serán en este caso. Para defenderme aprender algo de alemán a través del método alemán y con un tono crítico y teñido de un humor negro envidiable comienza a ser uno consciente de que el camino emprendido no es precisamente de rosas.

 

En la despedida nuestra mejor amiga lloraba, mi mujer también, y mi hijita que tenía 12 años me decía - "Papá vámonos de Zamora.  Los indigentes viven mejor que nosotros".  Mi hijo en aquel entoces tenía  8 años, vendimos nuestro coche por 1.200 euros; todo el capital que llevaba para irme a un país extranjero. Pero el mayor capital que llevaba era el optimismo, mi fe en mí mismo y mi confianza en Dios.

 

Mi vida se desarrolla lo mismo que la de los animales: comer, dormir y trabajar, diversiones no hay. Acostumbrado a los guisos de mi tierra, la comida alemana nunca me ha gustado. Nos damos cuenta de lo que vale nuestra terriña y de la barbaridad que hicimos al salir de ella, pero por no pasar vergüenza, sufrimos y aguantamos, si
no tan pronto llegamos a esta nos volveríamos la mayoría.

 

Yo en la emigración he ido cambiando mucho, llegué acostumbrado a la vida de España, a la tertulia con los amigos y a paseos con mi mujer y mis hijos por la calle Santa Clara de Zamora. Aquí, en cambio, debido a que la sociedad alemana no te admite,  me veo obligado a hacerme mucho más hogareño. Comienzo a leer libros y ensayos con ordenador, cosa que no formaba parte de mis hábitos en mi Zamora natal.

 

Los emigrantes muchas veces mostramos una imagen de triunfadores, a la que nos une un trabajo seguro en Europa: lo importante es exhibir ante nuestros paisanos los signos externos de nuestra nueva posición social . A lo que el emigrante nunca hace referencia es a lo mal que lo pasamos y lo estamos pasando, a las marginaciones que sufrimos, a la dureza del trabajo que realizamos.  Nuestra capacidad de adaptación a un medio hostil o al
menos poco comprensivo resulta admirable. Medio en el que tenemos que enfrentarnos  además con prejuicios culturales y racismos que obstaculizaban el alquiler de viviendas, su trato con los nativos o que simplemente nos relegan a la condición de ciudadanos de última clase.

 

 

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