El usurero y el gato
En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.
EL USURERO Y EL GATO (cuento)
“Los avaros son los más pobres del cementerio, porque allí han perdido hasta su ambición”
Había una vez un prestamista, al que ya no le quedaba lugar donde guardar su caudal, por lo que ideó construirse una cámara acorazada con un cierre de precisión realizado por un hábil relojero del que desconfiaba, dado que al conocer éste el mecanismo le causaba intranquilidad. Hasta que una mañana, supo que el artesano “había extrañamente fallecido por envenenamiento”. Esto lo calmó, al saber que solo él, con su única llave -que le pendía eternamente del cuello- podía abrir la cámara con sus monedas de oro.
La fortuna creció y el habitáculo quedó pequeño, entonces se le ocurrió cambiar el oro por billetes de bancos, recuperando así, espacio para seguir almacenando riqueza.
Los altos intereses que cobraba el prestamista, le llevó a triplicar su capital que contaba cada noche, hasta que el sol aparecía por el ridículo ventanal de su casa por el que no cabía una persona. Esto le daba seguridad de que, una vez atrancada la puerta de acero que también mandó fabricar, nadie podía acceder a su lúgubre hogar para robarle.
Pero sucedió, que una noche mientras recontaba su dinero, entró por el ventanuco un gato negro -animal de maléficos presagios para el usurero- De inmediato quiso acabar con el felino a escobazos, el cual comenzó a saltar asustado por la sucia vivienda, hasta que, el minino se refugió en la cámara, aun abierta.
El codicioso agarrado, armado de su escoba, entró nervioso, dando trompicones en la caja de caudales donde se había escondido el gato, éste, daba brincos por lo alto de los fardos de billetes de banco, mientras que el usurero encolerizado trataba de alcanzar al minino, pero éste, asustado salía de la cámara y volvía a entrar, perseguido por su agresor. El pobre morrongo no atinaba a salir por el estrecho ventanuco por donde habían entrado.
El avaro se dio cuenta de que de esa manera no conseguiría hacer salir el gato de su aposento en toda la noche, así que decidió entreabrir la puerta de su habitáculo mientras que él entraba a espantar a micifuz, que de nuevo se había introducido en la caja de caudales.
El mezquino prestamista entró con mucha saña contenida y cuando divisó el gato entre los billetes levantó la escoba para zurrar al morrongo, el cual dando un tremendo salto derribó el candil que alumbraba la caja, haciéndole volcar sobre el dinero almacenado, salpicando al mismo tiempo de aceite el largo camisón de dormir del especulador.
El candil rodó y vació todo su contenido inflamable, que de inmediato comenzó a arder ante la agonía del usurero, éste esgrimió de nuevo la escoba para apagar el incendio, dando golpe a diestra y siniestra para extinguir las llamas, pero éstas no se sofocaban, sino todo lo contrario, al agitar el escobón constantemente, el aire provocado ayudaba a avivar el fuego. Ahora el gato tenía dos razones para asustarse, pues además de los escobazos del viejo -los cuales toreaba hábilmente- se le sumaba el fuego y eso era cosa seria.
El tozudo prestamista perdió momentáneamente interés por el minino y se dedico a intentar apagar el fuego, mientras que el felino lo observaba entre los montones de dinero ardiendo, buscando el momento de salir disparado de aquel infierno.
La tragedia consumía al especulador prestamista viendo cómo su capital de toda su vida se le estaba convirtiendo en cenizas. Su nerviosismo lo hizo aproximarse demasiado a las llamas, por lo que hizo, que una chispa de la millonaria hoguera le saltara a su bata impregnada de aceite, que no tardó en prender. El anciano usurero dio un salto asustado hacia el exterior de la caja de caudales, dándose manotazos para apagar el fuego de su camisola, lo que provocó que en uno de sus aspavientos enganchó con sus dedos el cordón con la llave del adinerado cofre, perdiéndose ésta por el mugriento aposento, mientras el alarmado usurero intentaba sofocar el fuego prendido en su bata y el de su capital.
Usando la poca energía que le quedaba, el viejo consiguió deshacerse a jirones de su inflamado camisón que ya le había provocado buenas quemaduras en las piernas y tórax, cosa que no fue impedimento para entrar nuevamente en la caja acorazada donde el dinero continuaba ardiendo y el humo le impedía una respiración mínima. Viendo con irritación que ya se le había quemado buena parte de su capital, instintivamente, pensó el prestamista, que cerrando la caja, el fuego se sofocaría al faltarle aire, y así hizo; Tiró con fuerza de la gruesa puerta y ésta quedó herméticamente cerrada, en unos minutos el fuego se fue apagando ante la falta de oxigeno, ayudado al mismo tiempo por los zapatazos que el mezquino avaro lanzaba intentando recuperar algo del papel moneda llameante, puesto que la caña de la escoba se le había roto tras tanto golpes lanzados a las llamas y al minino.
Pasaron los días y el usurero no aparecía. Tras la ausencia del viejo, que diariamente salía para adquirir un pequeño bollo de pan, algunos vecinos alertaron a las autoridades, éstos se presentaron en el hogar de viejo y lo primero que se sorprendieron fue encontrar abierta la puerta de su mísero aposento con todos sus cacharros y sus pocos muebles esparcidos por el suelo, por lo que pensaron que éste había sufrido un robo a manos de desalmados, pero al encontrar la caja de caudales cerrada a cal y canto, decidieron, con la autorización del Sr. Juez, volar con explosivos la puerta de acero, ya que lo último que podían figurarse, es que la llave de la caja fuerte se encontraba en el suelo, a escasos centímetros de las autoridades entre unos cascotes de platos rotos.
Cuando el acero cedió, una fétida nube de polvo y hedor inundó la mísera vivienda del prestamista, que ya convertido en un montón de huesos medio quemados, se encontraba entremezclados sus despojos humanos, con los residuos y las cenizas de lo que, días atrás fueron un enorme capital en billetes de banco y que el desgraciado prestamista, solo disfrutó contándolo asiduamente cada noche a la luz de un triste candil, el cual acabó con su vida.
Mientras que al fondo de la caja fuerte, el maullido de un famélico gato ceniciento, el único testigo vivo de aquella odisea, hizo recordar a los presentes; Que aún le quedaba otras seis vidas, para seguir conspirando contra los usureros malvados...












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