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Prudente Arjona
Sábado, 16 de Mayo de 2020

La partitura sangrienta

[Img #133380]En esta sección publicamos capítulos del libro "Desde los pinares de Rota" (Relatos y cuentos), escrito por el roteño Prudente Arjona que gentilmente lo ha cedido para compartir con los lectores de Rotaaldia.com. El autor, quiere simplemente que se conozcan las historias populares que describe y en esta sección de Opinión semanalmente se irán publicando.

 

 

LA PARTITURA SANGRIENTA

Malaventurado los limpios de corazón, porque en ellos recaerán las culpas de los demás”

          

Me encuentro sentado en mi camastro, cabizbajo y el corazón destrozado ante una situación desesperante, pues, de dirigir una afamada orquesta sinfónica he pasado a una celda y lo peor de todo, acusado de un crimen que no he cometido. Una coartada pobre, la declaración de un testigo, me había llevado del éxito a la ruina total.

 

Una chica, violonchelista de mi orquesta, de la que yo estaba enamorado pero no correspondido, apareció una noche tras el ensayo, tétricamente asesinada. Ese es el motivo de mi desgracia. Soy inocente ante Dios, pero no ante los hombres, pues todos los componentes de la orquesta sabían de mis sentimientos, y aunque una vez desechó la chica mi oferta amorosa, jamás la molesté. Me dolió el rechazó y a pesar de tenerla delante de mí diariamente, el trato que le dispensé fue tan respetuoso como al resto de los compañeros.

 

Así llevaba el pobre Gerardo tres meses recluido sin poder dormir, pero esa noche contempló el haz de luz que penetraba por su ventanuco reflejado en el suelo, cuyos hierros troceaban el foco lumínico en cinco trazos que le hizo ver -tal vez por deformación profesional- las líneas de un pentagrama. Fue como un chispazo electrizante que le transportó a su estudio, una divina inspiración. Se levantó presto, y tomando un diminuto caliche de la pared, comenzó a garabatear sobre el pentagrama virtual de las vetustas baldosas, notas que le borbotaban de su herviente corazón. La luna caminaba con su estela dorada, y Gerardo la seguía con sus garabateadas corcheas. Al topar la luz sobre la pared opuesta, sintió una gran desesperación porque el caliche no se dejaba ver sobre la grisácea cal. Decepcionado comenzó a leer la improvisada partitura, en verdad le gustó puesto que, no se parecía a la Marcha Fúnebre de Chopín, ni al Himno de la Alegría de Beethoven, pero no obstante, había iniciado una sinfonía de mezcolanza nostálgica, con perfiles de esperanzas y optimismo que le ayudaba a diluir su desesperación conforme avanzaba en la volátil partitura.

 

No podía plasmarla en un papel, pero sí retenerla en la memoria, por lo que comenzó a tararear lo escrito. Aquella noche, como las anteriores no durmió, pero en esta ocasión fue distinta, ya que se dedicó a buscar la manera de imprimir aquella insipiente sinfonía. Luego de pensar en cien infructuosas ideas, una sonrisa, ya olvidada, se le dibujó en los labios, pensó en su pijama; Un atuendo de hilo de color crudo cruzado verticalmente por finas líneas celestes le ofreció la manera de tener a mano y camuflada, el soporte en donde estampar la sinfonía que acaba de germinar. Tenía el soporte, ahora había que ver cómo escribir la partitura. Por mucho que pensaba le resultaba imposible disponer de un bolígrafo, lápiz o pluma, dado a las estrictas normas de la institución, por ello ideó un sangrante plan que tenía que poner en práctica para poder vulnerar, sin ser advertido, las reglas del presidio.

 

Gerardo era un preso protegido, su delito, había provocado buen revuelo dentro de la cárcel, ya que la víctima era joven y bastante hermosa, lo que suponía un sustancioso caldo de cultivo de venganza entre los internos, en contra Gerardo, por ello, se encontraba aislado y destinado a la enfermería del centro, cuyo trabajo estaba siendo bien considerado por el equipo sanitario, al que pertenecía varias monjitas y de entre ellas, Sor Vicenta, una religiosa cariñosa que le había cogido estima a Gerardo, tanto por su comportamiento, como por ser ella amante de la música.

 

La religiosa tocaba el piano, por lo que acudía asiduamente a él para pedirle consejos. El plan lo tenía claro, así que esa mañana, se desprendió intencionadamente un botón de la camisa y dirigiéndose a la monja le rogó se lo cosiera, la religiosa se sintió feliz de corresponder a Gerardo por sus muchos favores musicales y al instante apareció con su costurero. Mientras Sor Vicenta se afanaba, Gerardo le hablaba de música, al tiempo que hurgaba de forma distraída en el costurero en busca de un pequeño alfiler. La monja terminó y con una sonrisa de satisfacción y el agradecimiento de Gerardo, se fue tan contenta. Luego Gerardo se agenció un sorbete de plástico que troceó e introdujo entre las costura de su camisa.

 

A Gerardo el día se le hizo larguísimo, al tiempo que los pocos reclusos que como él se encontraban en aquella zona restringida, se extrañaban de cómo el compañero que se había llevado tres meses triste y silencioso, había comenzado a tararear una y otra vez una misma musiquilla a manera de salmodia. Cuando se retiró a su celda, desplegó sobre el suelo la parte alta del pijama y tomando el alfiler sustraído a Sor Vicenta, se lo clavó nimiamente en la yema de uno de sus dedos de manera que pequeñas gotas de sangre brotaron al instante. Gerardo no perdió un segundo y utilizando el sorbete, afilado sobre las baldosas en una de sus puntas a manera de plumilla, comenzó a garabatear sobre la tela de su pijama el inicio de su sinfonía que había memorizado. No le resultó difícil, puesto que la escritura musical se trataba de puntos y líneas corta, blancas, negras, redondas, corcheas, semicorcheas, fusa, tresillos, quintillos, etc. poco a poco fue escribiendo meticulosamente, ahorrando el máximo de su “tinta”.

 

Apagaron la luz, pero la luna sustituyó la oscuridad y Gerardo ilusionado pinchaba una y otra vez las yemas de sus dedos. Bien tarde y con una relativa molestia en sus apéndices, durmió plácidamente el resto de la noche, como hacía meses que no lo hacía.

 

A partir de aquel día, el compositor siguió escribiendo sobre su pijama, una sinfonía que quiso bautizarla con el nombre de “Canto a la Justicia y a la Libertad”. Por otra parte, durante su estancia en la enfermería, procuraba mantener guantes de látex, con el fin de que nadie se percatara de los múltiples pinchazos que acusaban las yemas de sus dedos, los cuales cuidaba severamente para que no se le infestara con los pinchazos.

 

Para conocer mejor al músico hay que contar, que él era hijo de madre soltera y padre desconocido, su pobre madre, con muchísimo sacrificio limpiando escaleras de viviendas, consiguió darle a Gerardo una educación básica, no obstante, como quiera que fue un niño prodigio e inteligente, a base de becas consiguió llegar a la universidad y al conservatorio, hasta conseguir dirigir una gran orquesta, con gran prestigio y reputación.

 

En el momento en que Gerardo consiguió un sueldo, sacó a su madre de fregar suelos, pero ella arrastraba una enfermedad vieja, producto de una neumonía mal curada, lo que le produjo una pronta y dolorosa muerte que le impidió disfrutar del piso nuevo que Gerardo había adquirido días antes del fallecimiento de su madre.

 

Gerardo no tenía más familia que ella, dado que sus abuelos, a los que no conocía, echaron a la calle a su madre una vez que se enteraron de su embarazo y también fue abandonada a su suerte por su padre. Así que, sin familia, al centro penitenciario sólo lo visitaba Javier Argudo Ramírez, el subdirector de la orquesta y un verdadero amigo, el cual se había hecho cargo de la orquesta.

 

Pasaron cuatro meses y cada día que transcurría Gerardo se encontraba más feliz, dentro de su desgracia, puesto que la iniciativa de escribir aquella sinfonía le aliviaba el terrible hacinamiento.

 

Por fin consiguió finalizar su obra y aquella noche no durmió tampoco, pues tener la sinfonía y no poder tocarla, era como disponer de dinero y no poder gastarlo, así que la nostalgia, la pesadumbre y la tristeza  lo embargó de nuevo; Tenía 30 años y sobre sus hombros pesaba una condena de 28, cuando saliera de la cárcel sería un viejo al que se le habría olvidado hasta su nombre. Pensó que por su trabajo y buen comportamiento, podría salir bajo libertad vigilada los fines de semana, pero tendría que llevar una tercera parte de su condena cumplida y eso era esperar demasiado, así que tomó una tremenda determinación.

 

A partir de ese día Gerardo volvió a su estado de desesperación inicial, lo que alarmó a los sanitarios, y a las monjas que intentaron infructuosamente conocer la razón del cambio de ánimo. A las pocas noches y ya recluido en su celda, tomó el pijama que recogía la partitura de la sinfonía, lo dobló delicadamente y lo posó en un ángulo de su camastro, luego desplegó una sábana sobre el colchón y tomando una de sus plumas de plástico se dispuso a escribir.

 

A primera hora de la mañana siguiente, el director de la prisión y dos funcionarios se dirigieron a la celda del músico.

 

¿Qué había pasado, tal vez descubrieron los funcionarios el teje maneje de Gerardo? En realidad era algo bien distinto, pues el director portaba un documento que contenía una orden del juez ordenando la excarcelación de Gerardo. Según lo cual, uno de los músicos de su orquesta, concretamente un violinista había sufrido un grave accidente de tráfico. El profesor, asustado y temiendo morir, balbuceó a los médicos que meses atrás había cometido un crimen pasional, aunque en verdad fue fortuito, por lo que no quería morir sin confesarse.

 

Cuando llegó el cura y la policía, declaró, que él se había enamorado locamente de la víctima, pero ante el rechazo de ella, una noche al salir del ensayo, la acosó enérgicamente para hacerle entrar en razón, pero ante la insistente negativa de la chica, intentó sujetarla por los brazos y en el forcejeo, ella se calló hacia atrás y se golpeó fuertemente la cabeza con un bordillo falleciendo instantáneamente. Luego, lo demás ya se sabía, puesto que, al no conocer nadie la historia del violinista con la desafortunada chica, todos pensaron que había sido el director de la orquesta, dado que un testigo vio desde lejos el desenlace, pero no pudo identificar al hombre que, portando una carpeta, con supuestas partituras, tras caer la chica al suelo había salido, desesperadamente corriendo, perdiéndose en la oscuridad.

 

Cuando los funcionarios abrieron la celda, encontraron a Gerardo tumbado en el suelo sobre un gran charco de sangre coagulada. Sobre la cama, una sábana escrita con sangre seca, podía leerse lo que significaba, el testamento de Gerardo, mediante el cual detallaba el trabajo que había realizado escribiendo la partitura de la sinfonía en su pijama, rogando entregaran la misma al subdirector de la orquesta, Javier Argudo, para que la registrara. Y que, a sabiendas de que sería un éxito internacional, los derechos de autor y los ingresos resultantes, recayeran en una fundación musical que fundara en su nombre, financiando al mismo tiempo, un conservatorio destinado a niños y jóvenes amantes de la música, cuyos padres no dispusieran de recursos. Asimismo, utilizara su dinero depositado en el banco para iniciar el proyecto y el piso de su propiedad, se lo donaba a su amigo como premio a su lealtad.

 

Según la autopsia, se pudo saber que Gerardo se había abierto una profunda incisión en el brazo izquierdo, y de ahí estuvo nutriéndose de la sangre que a manera de tinta, pudo escribir tan largo alegato sobre la sábana de su cama, donde terminaba diciendo que, -era inocente ante Dios y ante los hombres y que cuando, desde el Cielo escuchara él su obra, se sentiría feliz al saber que en ese momento, como rezaba el título de su obra: se le habría hecho Justicia en el Cielo, hallando en El Padre, la Libertad que le arrancaron los hombres en la Tierra”.

 

 

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