La derecha divina
Hay una derecha española que adoro. Sobre todo en la versión intelectual. Por poner un punto de partida, diríamos que proviene de quienes lucharon con los nacionales durante la Guerra Civil, pero que después no se encontraron demasiado cómodos en el régimen de Franco. Y no hablo de los que terminaron convirtiéndose en izquierdistas, porque esos, en realidad, son otra cosa.
Me refiero a los hijos y a los nietos (y ya biznietos) ideológicos de gente como Miguel Mihura, Joaquín Calvo Sotelo, Delibes, Pedro Sainz Rodríguez, Vegas Latapié, Edgar Neville, Eugenio d´Ors, Jardiel Poncela, Laiglesia, Luis Rosales, Torrente Ballester... Una frase que los definiría sería la de alguien que, sin embargo, no estoy muy seguro de que pudiera figurar dentro de este grupo, Agustín de Foxá quien dijo de sí mismo: “Soy conde, soy gordo, fumo puros; ¿cómo no voy a ser de derechas? En muchos de ellos, reluce cierto saborcillo ácrata, y, a la postre, casi todos se convirtieron en modelos de tolerancia.
Es verdad que en algunos había mucho de aristocrática indiferencia, pero, en el fondo, da un poco lo mismo. Quizás el caso que me llama más la atención sea el de Joaquín Calvo Sotelo. El detonante de la Guerra Civil fue precisamente el asesinato de su hermano José. Sin embargo, Joaquín Calvo Sotelo le metió el gol más grande que se tragó el franquismo durante todos los años de dictadura con su obra La muralla, una crítica casi inverosímil para ser realizada en los años 50, y que fue el mayor éxito teatral español de todo el siglo XX.
Esa derecha española encontró cobijo, mayormente, en la UCD en los tiempos de la transición. Tras la disolución de esta, parte de esta derecha divina terminó en el PP. Ahí podríamos incluir a gente, por decir los nombres que se nos vienen ahora a la cabeza, como Antonio de Senillosa o Ruiz Gallardón. Si tuviera que simbolizarlos con una imagen elegiría un dibujo de Antonio Mingote.
Frente a esta hay otra derecha. Hosca, permanentemente indignada, atrabiliaria y cominera. Durante la transición, en general, hizo un poco el ridículo, y se fue llevando sucesivos descalabros electorales. En los años 90, sin embargo, surgió la figura de José María Aznar, que llevó el estilo mejorahostiasquedialogando a sus últimos límites. Su estela, surgieron numerosos imitadores, aunque ninguno alcanzó su nivel de mala uva. Solo se le acercó, quizás, Esperanza Aguirre, apóstola aventajada de la línea rottweiler y por cuya cabeza no pasó nunca algo parecido a un argumento.
En estos momentos, los respresentantes de ambas líneas serían José Luis Martínez Almeida e Isabel Díaz Ayuso.
Almeida es universalmente apreciado. Multitud de personalidades y personajes (que no son la misma cosa) de la izquierda (y, obviamente, de derecha) han alabado sin reservas su gestión. Su actitud es casi siempre colaboradora, de tender puentes, de acercar posiciones. Quizás lo que mejor lo defina sea su comportamiento tras la metedura de pata de Ifema. No solo se disculpó con disculpas que sonaban a sinceras (a menudo escuchamos disculpas que no son realmente tales, sino torpedos disimulados al enemigo), sino que llevó sus argumentos a tal zona que resultaba difícil no ya perdonarle, sino incluso no admirarle. “Hemos metido la pata – vino a decir – y es algo de difícil justificación, pero los ciudadanos tienen que entender que en momentos como ese es complicado que no afloren los sentimientos y la alegría, y que no se cometan algunos excesos; hemos pecado, cierto, pero hemos pecado de optimismo”. No creo ejercer de adivino si profetizo que Almeida ganará de calle las próximas municipales de Madrid.
Frente a Almeida tenemos a Isabel Díaz Ayuso. Ya desde que llegó al poder llegaron numerosos comentarios acerca de su intelecto que mejor no repetir. Pero, en todo caso, Díaz Ayuso parece haber ascendido en su partido por el baremo Berlusconi. El tono de Díaz Ayuso siempre ha sido borde, desagradable, poco colaborador. En una comunidad en la que el coronavirus ha azotado más que a ninguna otra de nuestro país, no solo es que no reconozca errores, es que se permite constantemente una actitud de chulesca crítica radical hacia los demás.
Me pregunto qué tipo de políticos preferimos, el estilo Almeida o el estilo Ayuso. Por supuesto, es una pregunta retórica: el modelo Almeida es infinitamente más enrollado. Pero, además, hay algo que me parece especialmente absurdo, y es ese modus operandi tan común de el mundo se acaba la semana que viene. Muchos políticos disparan sin darse cuenta que no disparan sobre el enemigo, sino que escupen mirando al cielo. Ayuso se halla ahora exactamente en esa situación. Se ha hartado de largar, sin darse cuenta que las cañas podrían volverse lanzas. Ahora, las cañas, efectivamente, lanzas se han vuelto. Y como ha sido tan insensata, le están dando por todos lados.
¿Puede Ayuso aprender con el tiempo? Quién sabe. En el lado opuesto, Pedro Sánchez tiene un largo historial de bocachanclismo, y de hacer o decir cosas que con el tiempo podrían tornarse contra él (y que de hecho se tornaron). Pero juraría que ha aprendido la lección de sus muchos errores. Algunas de sus intervenciones del Congreso en las últimas semanas han sido modélicas.
No voy a señalar una obviedad: buena parte de lo que digo de la derecha se puede aplicar a la izquierda sin cambiar una coma.
Se me olvidaba. A mí, en realidad, la derecha que me gusta es la de Arrimadas. Moderación e inteligencia. Si lo pensamos bien, la ideología es lo de menos.












Rebelderota | Jueves, 14 de Mayo de 2020 a las 09:47:43 horas
De acuerdo con BalCir, siempre y cuando él me represente como padrino en ese duelo. Lo de espada o pistola lo dejo a elección del facha.
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