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Martes, 09 de Diciembre de 2014

La Otra Cara del Fútbol

No han pasado quince días (22-N-2014) desde que el fútbol nos mostrara su cara más amable, con la actitud solidaria de la plantilla de Rayo Vallecano y su entrenador al frente, haciéndose cargo del alquiler de un piso para Carmen Martínez, la anciana de Vallecas desahuciada por una deuda de su hijo, para que la pasión nacional nos mostrara una cara mucho más triste y mucho más sucia; sin que los hechos ocurridos en las proximidades del estadio Vicente Calderón en la mañana del 30 de Noviembre ensombrecieran todo lo que de positivo pudiera tener este deporte-espectáculo.

 

No voy a relatar los más que conocidos sucesos de todos sabidos, ni siquiera me voy a parar en la escandalosa dejación de funciones de las autoridades, conocedoras de lo que podría haber ocurrido con suficiente anterioridad, pues no desconocen la actitud canallesca de que suelen alardear el tristemente célebre, Frente Atlético. En absoluto se me pasaría por la cabeza atenuar las responsabilidades de los seguidores del Depor, los llamados Riazor Blues, pero lo de los violentos del Atlético de Madrid es tan notorio que no deja de preocupar la permisividad con la que actúan esta gente. Cabe recordar el asesinato de Aitor Zabaleta y en este caso no medió ni pelea, ni trifulca alguna, fue un crimen sin otra consideración. Fue un nueve de Diciembre, por estas fechas se cumplirán dieciséis años de aquel episodio. Aunque esto viene de mucho antes. Como experiencia personal, vivía yo entonces en Madrid, en la temporada 84-85 vi como estos energúmenos apedreaban un autobús del Sporting, donde viajaba gente de todo tipo y edad. Aproximadamente hace 30 años y aún pasan hechos como el asesinato del riazor blues.

 

Ya es tiempo más que suficiente, y ni los responsables del equipo, ni los distintos gobiernos, han hecho nada por solucionar estas salvajadas. No quiero olvidar, antes de pasar a otras consideraciones, la denuncia que alguno de los que tuvieron el desgraciado privilegio de ser testigos, sobre la circunstancia de la presencia en la zona de dos policías municipales que, de no intervenir ya que el tema era muy complicado y podría resultar comprensible su postura, no avisaran inmediatamente a las fuerzas de la policía nacional para detener lo que seguro que todos temían y así ocurrió.

 

La violencia en el fútbol es un tema espinoso y posiblemente no tenga solución fácil, pero no es de recibo que se permita que esta infección se enquiste porque quizá sea aprovechada por aquellos que deberían cortarlo de raíz. De todos es conocido la permisividad, e incluso el apoyo, que reciben estos grupos por parte de los clubes. Desgraciadamente hace muchos años, este país se asombraba de los capítulos de violencia que protagonizaban en Europa, sobre todo los “tifossi” italianos y los “supporters” ingleses, estos que más tarde se conocieron como “hooligans”. Hoy en día en este país estamos superando los niveles de brutalidad de los antiguos fanáticos.

 

La violencia y el fútbol no se pueden separar mientras no se trabaje con seriedad desde los orígenes. Si el fútbol apasiona es porque el seguidor se identifica con su equipo proyectando parte de sí mismo en él. Ante esto la victoria genera soberbia y la derrota frustración; si le añadimos la posterior humillación con la que el que gana practica con el que pierde, y como además, como es natural, a veces las tornas cambian enseguida, se justifica que la descarga exagerada de adrenalina que acompaña al fútbol sea caldo de cultivo para una respuesta violenta ante un conflicto generado innecesariamente.

 

Ahora se pretende separar el hecho de que no es fútbol, sino que son cuestiones ideológicas las que se dirimen es estas guerras estúpidas y peligrosas, pongámonos como queramos, pero esto le den las vueltas que le den no es más que consecuencia del fútbol y de este tiene que partir la solución. Y esto pasa por universalizar la Tolerancia Cero con los violentos y con quienes les alimentan: aunque hay que ir más abajo. Mientras no enseñemos al tiempo que a pegar patadas al balón, a mantener desde el primer contacto con la pelota un auténtico fair-play, una asunción responsable, de que en cualquier juego se puede ganar o perder, sin que el mundo se nos caiga encima; sin que nos consideremos ni héroes ni villanos por el resultado de un partido; sin que nadie nos aplauda las marrullerías y el juego sucio; sin que nadie nos aplauda una mala conducta, porque puede favorecer al equipo; sin que nadie insulte, menosprecie o, peor, agreda a un contrario o a un árbitro, no llegaremos nunca a la solución. Lo demás son parches; si bien al menos que estos los pongan pronto, porque lo ocurrido en Madrid-Río no lo puede tolerar ninguna sociedad, ni menos esta que presume de democrática.

 

Manuel García Mata

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