La sonrisa del Molino
Hoy no podía escribir acerca de otra cosa que no fuera ésta. Cuando empecé a intervenir con mis cartas en la prensa local encontrar asuntos sobre los que escribir resultaba una tarea ardua y complicada; en estos tiempos, con la fluidez que genera la costumbre, me sobran temas para tratar, tantos que a veces cuesta decidirse. Hoy, desgraciadamente, sé que escribir de otra cosa sería un error que no me voy a consentir.
Tan largo preámbulo tan sólo viene a justificar el miedo que me produce comenzar, pues es tan enorme la responsabilidad que crear algo que no cumpla con las expectativas me aterra.
Puede que no sea yo la persona indicada para procurar rendir un homenaje a una persona tan grande, pero no quiero aceptar la cobardía que me impida hacerlo.
Cuando el domingo nos llegó la noticia de la muerte de Montano a través de la prensa digital, una terrible sensación de vacío e incredulidad se fue adueñando de todo. No fue una sensación particular la que se produjo en mi casa, poco tiempo después cuando entre las lágrimas de su familia fuimos ofreciendo nuestras condolencias, la misma sensación se había contagiado a todas las personas que aparecían allí para cumplir tan triste compromiso. Quizá se adivinaba la rabia contenida que nadie se atrevió a expresar, mientras la desesperación se ocultaba tras un dolor profundamente humano que anidaba en los corazones y en las mentes de todos aquellos que conocimos a Montano.
En todas las conversaciones se cruzaba la incomprensión de que un hombre que rebosaba vitalidad, que continuamente mostraba su excelente forma física, su capacidad y su preparación para el ejercicio, pudiera haber sido víctima de una puñalada del destino, con el único argumento de un fallo en un corazón tan grande. Quizá, aunque no lo piense uno para nadie, pues se teme no se piensa, se entendiese en cuantos inconscientes que somos capaces de atrevernos a hacer locuras sin el debido ciudado, pero no en una persona preparada y habituada al deporte.
También sobrevolaba en las conversaciones, no sólo de los familiares, el drama acrecentado por la distancia que llegaría a esas dos hijas maravillosas, que por circunstancias de la vida se encontraban tan lejos; la preocupación por cómo y cuándo darles la fatal, la peor de las noticias.
¿Cómo se le puede decir a unas hijas como ellas que su padre ha fallecido? Es para perder la razón. ¿Quién puede comprender algo tan ilógico? ¿Cómo hacerse a una idea que una familia que era ejemplo de amor y de armonía pueda sufrir una pérdida tan irreparable?
En estos momentos es cuando aquellas personas que no somos creyentes envidiamos a quienes lo son; aunque sólo sea para entender que se pueda buscar consuelo en algo inconsolable, o al contrario, para decirle a Dios a la cara que porqué ha permitido esto. Yo no me lo puedo permitir, y por eso no creo que exista razón ninguna que le sirva a nadie para comprender tanto dolor inesperado e injusto.
Esta tarde, a la hora del oficio religioso, una gran parte de Rota ha estado presente para brindarle una emotiva despedida. Rota ha perdido uno de sus hijos más destacados, por lo bueno que fue con su familia, por lo leal que fue con sus amigos, por lo entrañable que fue con quienes le conocimos y por tanto como supuso que yo sería incapaz de expresar como se mereció. Hoy hemos dicho adiós, con un gran dolor y con un gran vacío, a Montano Arjona. Hoy se ha apagado la Sonrisa del Molino.
Mis más sentidas condolencias a Meli, a Aída, a Yamila, y también a toda su familia.
Manuel García Mata































prudente arjona lobato | Viernes, 31 de Mayo de 2013 a las 07:00:34 horas
Magnífica y sentida carta en recuerdo de mi hermano Montano, una abrazo, camarada. Muchas gracias.
Accede para votar (0) (0) Accede para responder