Semana de Pasión
Poder asomarme a su opinión cada semana me obliga a sincerarme con ustedes, ya que si se toman la molestia de leer mis escritos, a cambio tengo la obligación de ser honesto. Por eso procuro mostrarme como soy. Todas las personas que me conocen un poco saben de mi condición de ateo convencido, lo que no impide que manifieste el mayor respeto por las creencias de las demás.
Mi opción ideológica no fue fruto de ninguna desilusión, ni de la desconfianza en nadie de la Iglesia; ya que en la época que abandoné la práctica católica no tenía ningún motivo para criticar las actitudes de las personas que formaban el clero. En absoluto pretendo decir que no se dieran conductas reprobables, lo que ocurría es que yo no tenía noticia de ningún caso. Mi decisión, que quede claro, no fue motivada por ni resquemores, ni por desconfianzas. Fue totalmente libre y se fundamentó en la convicción de mi razonamiento lógico. Si bien fue un paso muy meditado, no seré yo quien presuma de tener razón y por nada del mundo tendré a menos opiniones contrarias a la mía. Puede que peque de redundante pero reitero mi respeto a quienes opinen de modo diferente. De toda aquella época anterior, vivida con el propósito de cumplir con lo que se me enseñó, me queda un poso de conocimiento suficiente para tener una opinión suficientemente autorizada al respecto.
Viene esto a colación de la celebración de la Semana Santa, tema recurrente a la hora de escribir en estas fechas, y sobre el particular se centra mi colaboración semanal.
Es muy difícil evitar que cualquier suceso que se produzca en estos tiempos carezca de relación con la crisis. Sin ir más lejos, me han resultado cuando menos curiosas las intervenciones de cofrades en los medios de comunicación asomando en ellas congojas y sufrimientos por las dificultades económicas que impedían la salida de pasos procesionales, al no tener dinero para costear los adornos y para el pago de los costaleros. Inevitablemente me vino a la cabeza que en sitios como Rota no se necesita pagar, pues son muchas las personas que no pueden hacerlo por superar la demanda los puestos de gente para cargar. Pero también me resultó evidente la sinrazón de la explicación: no puede salir la cofradía porque no tiene dinero. Pero ¿cómo se puede decir semejante barbaridad?. O sea, ¿que si la imagen no va acompañada de un dispendio en ornamento no es digna de salir? ¿Lo importante no es la fe y que la gente pueda seguir la imagen aunque no esté cargada de suntuosidad? Comunidad Católica, ¿adónde estáis llegando? O sea, ¿que el boato y el lucimiento es lo que determina el objetivo de la procesión?
Una de dos: o la iglesia ha cambiado mucho en estos años, o a mí me enseñaron una religión distinta. También la respuesta pueda estar en algo que aprendí en la Parábola del Fariseo y el Publicano; entre la Iglesia que presume, que peca de vanidad y de soberbia y que antepone los valores mundanos a los auténticos valores que predicó Jesucristo, y la Otra, la de los valores interiores, la que está próxima a la gente necesitada, la de aquellas personas que consumen su vida en ayuda de otras, sin más recompensa que la propia satisfacción por cumplir la voluntad de servicio que demanda una Iglesia cada vez más relegada.
Las procesiones, hasta donde llega mi memoria, tenían como fin la expiación de los pecados mostrando el arrepentimiento, caminado con humildad y recogimiento detrás del paso, símbolo de las escenas de dolor del Camino del Calvario. Desgraciadamente hoy, sin dudar que pueda haber fe tras los pasos, abunda mucho más el lucimiento y el exhibicionismo, me vuelve a la cabeza la figura del fariseo, engreído e intolerante. Tampoco faltan en el común del colectivo creyente quienes trivializan y desprecian otras posturas, por definirse con valentía en un entorno hostil con posturas diferentes: para esta gente farisea les quede su penitencia.
Como colofón al texto aprovecharé para congratularme con la llegada del nuevo Papa. Parece que al menos, después de dos papados en que la Iglesia Oficial ha estado más interesada en otros cometidos más profanos, que en recuperar el espíritu de iglesia de los pobres, tenemos la esperanza de que el nuevo Papa pueda rescatar lo que ingenuos como yo han creído que debe ser la Iglesia. El hecho de ser jesuíta ya es una garantía frente al poder que en los últimos años el Opus Dei, y más recientemente los Kikos, han ostentado, condicionando negativamente su vocación en pro de los demás.¡Qué bueno sería que la Iglesia volcara sus esfuerzos en esa parte que tiene de sacrificio y de compromiso!
Está claro que no soy el más indicado para sugerir el camino a una institución de la que no participo, pero sin duda habría una gran parte de esta Iglesia que lo celebraría.
¡Qué gran oportunidad!
Manuel García Mata































tractorita enmascarado | Sábado, 06 de Abril de 2013 a las 13:09:53 horas
Sr. Manuel: Yo también discurro y he llegado a concluir que es más irrisorio e irracional la increencia que las posiciones creyentes. Me declaro católico practicante y militante sin ningún tipo de complejos en un país de acomplejados y bobadas miles. Pero este no es el tema de mi comentario. Lo toco porque Ud. lo toca. A lo que voy: la crisis todo lo ha invadido, incluyendo a las hermandades (yo no pertenezco ni pertenecí jamás a ninguna). Ud. parte de una premisa falsa: que no salen por falta de economía. Lo único que frena la salida de una procesión es su enemigo natural: la lluvia o su amenaza. Las hermandades, aun castigadas por la crisis, siguen saliendo. Eso sí: con menos boato y espectacularidad, sin bandas aparatosas de músicos. Le podría poner ejemplos varios de aquí y de allá.
Lo que sí me gustaría ver es una Santa Inquisición al uso del siglo XXI que purifique intenciones, que evite la doble moral en los hermanos cofrades, que vele por la pureza de la fe y las costumbres, etc., con el fin de hacer nuestra semana de pasión más religiosa y menos folklórica. Es mi opinión.
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