¡Me gusta el fútbol! (por Manuel García Mata)
Desde muy temprana edad en el pequeño barrio del suburbio donde me crié viví con intensidad la pasión de la España de la época, aunque con el matiz de haber sufrido la euforia del madridismo oficial tan íntimamente vinculado al triunfalismo del régimen, que lo convirtió en su santo y seña.
Quizá por ello, sin dejar de apasionarme por este juego tan intenso cuando lo practicabas y tan vehemente cuando lo apoyabas como hincha, que era la palabra que mejor lo definía en aquellos momentos, empecé a vislumbrar toda la carga política que arrastraba. Fue fácil empezar a cuestionar una parte importantísima de lo que significaba el fútbol, descubrir el mundo oculto que se escondía tanto en los grandes clubes como en las federaciones y la carga mediática con clara intencionalidad más allá del espectáculo. El hecho de asumir una postura crítica ante el fenómeno del "deporte rey" me llevó inevitablemente a entenderlo con la frase que más duramente lo ha definido. Si la religión para Carlos Marx era el opio del pueblo, en la España franquista ese honor se lo atribuyó el fútbol y desgraciadamente sigue en vigor. Aunque no fuera motivo para que dejara de gustarme.
Hoy en día, y no es que haya esperado tantos años para descubrirlo, el espectáculo del fútbol divide su importancia entre la influencia social y y el fabuloso negocio que supone. En todo este mundillo el "fair play" es una cuestión que se limita casi en exclusiva al terreno de juego. Es tan importante la repercusión de un gran evento futbolístico que la decisión de a quién otorgar su organización mueve una serie de intereses de tal calibre que resulta difícil de imaginar. En el fútbol, como en el otro gran evento deportivo, las Olimpiadas, no se llegan a conocer las intrigas, las presiones, las negociaciones secretas, las prebendas y las compensaciones entre quienes manejan los hilos para otorgar estas citas.
Fruto de ello, y es de conocimiento general, estamos a las puertas de un mundial, que no se me antoja modélico. Qatar, un país con un potencial económico de primer orden, lo organiza, porque la FIFA se lo ha concedido. No es cuestión de repetir lo dicho, ya se ha anunciado suficientemente, pero es imprescindible añadir que nuestra orgullosa sociedad occidental y sus presuntuosas instituciones, llevan a gala defender los valores democráticos y los Derechos Humanos.
Aquí cabría una expresión popular algo macarra: "Pero ¿qué me estás contando?". Cierto. No se atrevan a preguntarse si la candidatura de Qatar debería haber sido siquiera objeto de estudio. El hecho es que será el país anfitrión.
Ante esto, sin olvidarme de los cientos de trabajadores muertos en la construcción de los estadios y de las condiciones de trabajo que han soportado, vuelvo a repetir que "¡Me gusta el fútbol!". Pero como siempre debe haber algo más importante que los placeres individuales, imitando personas de mucha mayor relevancia que este insignificante articulista, por mucho que me cueste y todo lo que me apetece, me apunto al boicot al evento de Qatar ¡NO VOY A VER NI UN PARTIDO DEL MUNDIAL!.
Ya hubo quien vendió la primogenitura por un plato de lentejas. Los Derechos Humanos, el derecho a la vida de los trabajadores, el derecho a la igualdad de hombres y mujeres, el derecho a amar a quien nos dé la gana, son para mí, mucho más importantes que un mundial de fútbol. Y, aunque suene a presunción, tengo todas las posibilidades de poder verlo.
Manuel García Mata































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