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Redacción
Domingo, 09 de Octubre de 2022

Una nueva vida (IV) (por Ángela Ortiz Andrade)

Blanca había encajado en el círculo de  amigas a la perfección. Desde que llegó al nuevo destino de su marido, todas se volcaron con ella y la ayudaron a instalarse  sin problemas.

  

Casi todas las  mañana quedaban  para desayunar perfectamente vestidas, peinadas y maquilladas; después de eso  se trasladaban  a las ciudades de alrededor de paseo o de compras. Tomaban el aperitivo donde les surgía, eso sí, siempre cuidando no sobrepasarse  por aquello de guardar la línea;  desde que la nueva llegó al círculo, las otras habían aumentado dos cosas: las  dosis de laxante y las  de horas de sol, todas querían estar igual de delgadas y de bronceadas. La aparición  de Blanca fue un revulsivo  que  las “obligó” a renovar el fondo de armario y actualizarse.  Regresaban a sus casas por la tarde, con el tiempo justo para bañar a los niños, darles la cena y hablar con sus respectivos maridos en la “llamada telefónica de control rutinario” que realizaban desde donde  estuvieran fondeados.

  

En muchas ocasiones quedaban al final del día  en casa de alguna de ellas, organizaban una fiesta de pijamas para los más pequeños y pasaban la noche con juegos de mesa, charlando y bebiendo.  La borrachera convertía a algunas en terribles lloronas, a otras en besuconas empalagosas y a las que ni lloraban  ni besuqueaban, en eminentes   psiquiatras o consejeras matrimoniales. A partir de la cuarta o quinta copa, las conversaciones eran más profundas y desinhibidas.

 

- “Pues yo estoy enamoradísima de mi Pedro, lo echo mucho de menos cuando está navegando, así que cuando llega a casa nos pasamos al menos dos días sin salir del dormitorio dándole rienda suelta a la pasión”.

 

-“Ah, ahora entendemos por qué el pobre Pedro se lleva unos cuantos días que no le sube el color a la cara  ¿y tú cómo lo haces para no escaldarte? Tienes que decirnos cuál es tu lubricante”.

 

-“Ay  chica, no necesito eso que dices,  soy joven y jugosa y os he dicho que mi Pedro me pone a cien”.

 

-“Hija, pues qué bien. Yo necesito lubricante para que no me duela”.

 

- “Eso es porque tu maridín no te excita y estás  reseca como una pasa”.

 

-“Pues la verdad es que eso de los preliminares mi marido no lo domina, él quiere entrar a matar y punto”.

 

-“Pues eso, que muchos tíos no se dan cuenta que nosotras necesitamos un poquito de romanticismo para ponernos a tono, eso de ¡al ataque! No nos va” Todas asintieron a la vez.

 

-“Yo sé a quién hay que consultarle si alguna necesita lubricante, esa debe usar en cantidades industriales”.

 

-“¿A quién, nena?”.

 

-“Pues a Matilde, la del Bajo-A, hay  que ver lo feo que es marido, el jodido”.

 

   Tuvieron que taparse la boca con los cojines del sofá para ahogar las carcajadas y no despertar a los niños. Una de ellas se atragantó y se le salió el Gin Tonic por la nariz, más risas aún.

 

-“Pues mi Pedro n…”.

 

-“¡¡Joder qué pesada con tu Pedro!!, van a tener que embalsamártelo cuando la palme”

 

-“¿Cómo es tu marido, Blanca?, aún no lo conocemos”.

 

Blanca se encogió de hombros haciendo aún más prominentes las clavículas  y contestó inexpresiva  sin dejar de mirar el fondo de su vaso.

 

-“Está bien. Es guapo y muy cariñoso conmigo y con los niños”.

 

-“Chica, de la manera que lo has dicho, cualquiera pensaría que no lo quieres”.

 

-“Exacto”- respondió.

 

   Durante unos segundos el silencio flotó en la habitación.

 

-“A todo esto, aún no hemos organizado el evento”.

 

-“¿Qué evento?” Preguntó Blanca.

 

-“Pues el de tu bienvenida a nuestra Logia particular, tonta. Cada vez que llega una nueva y congenia con nosotros, le organizamos algo importante. Solamente nosotras. Con la excusa de que nos vamos unos días de balneario para mantenernos bellas y saludables, pasamos los primero dos días  en alguna ciudad, luego nos recuperamos de los excesos en el balneario y regresamos como nuevas; por supuesto tenemos prohibidas dos cosas, el reloj y la agenda. La recién llegada solamente tiene la obligación de acompañar al resto, de lo demás ya nos encargamos nosotras. No  ponemos  límites de ningún tipo, lo que ocurre en la Logia, se queda en la Logia”.

 

-“Yo no me apunto nunca, no puedo mentirle  a mi Pedro”.

-“Porque de buena que eres, eres tonta, hija mía,  que si no... no estarías aquí con nosotras Sor Anita. A ver, santurrona ¿de verdad crees en ese cuento de la fidelidad? Hay una ecuación que no falla:

  Son hombres sanos y de buena planta, a cientos de kilómetros de su casa donde no los conoce nadie y además tienen dinero.  Chica, está muy claro el resultado”.

-“Pues yo me niego a dar por hecho que todos los hombres son así, de la misma manera que no todas nosotras lo somos y ya está”- contestó Anita.

   Blanca se levantó y salió al balcón -“voy a tomar el aire”-dijo.

 

   Ella pensaba lo mismo que “Sor Anita” de  Beltrán; él no era como las otras daban por hecho que tenían que ser todos los hombres.  Pero al fin y al cabo  eso era algo que la traía sin cuidado, le daba igual.

 

    En su juventud y para terror de sus padres,  a ella le gustaban los chicos malos, los rebeldes; de esos que la miraban con los ojos entornados y la  sonrisa propia de vendedor de coches usados. Con uno de ellos perdió el control por completo y se enamoró de él como si fuera el único hombre en el planeta tierra que la pudiera hacer feliz; cuando se dio cuenta de que se había quedado embarazada, su “James Dean” desapareció a  la velocidad de la luz.

 

    Un buen chico, guapo, correcto y al que le almidonaban hasta  la ropa interior  la cortejaba muy  enamorado; además era el típico yerno con el que sus padres se sentirían muy felices: un  oficial de carrera que le ofrecería a su hija una vida muy holgada y un estatus social bastante elevado. Así que fue a por él antes de que el embarazo se le pudiera notar y su padre la echara de casa. En tiempo récord se casaron con una boda por todo lo alto y unos meses después nació un bebé prematuro que pesó más de tres kilos para sorpresa de todos, aunque sus abuelas lo achacaban a un milagro divino.  A Blanca le salió muy bien el plan, nadie supo la verdad.  Junto a Beltrán se aficionó a la vida acomodada  y sobre todo,  al alardeo.  Unos años después, la llegada de  su segundo hijo le produjo la misma felicidad que el primero, es decir, ninguna. Ella pensaba que el único cometido de los hijos era entorpecerle la vida y robarle su libertad, así que desde un primer momento le exigía a su marido  una asistenta que se ocupara de los niños  y  de la casa, por supuesto; estaba deseando que crecieran un poco más para ingresarlos en un internado.

 

   Miró el reloj,  era de madrugada.  A la mañana siguiente  su empleada del hogar comenzaría a trabajar en casa; ya le tenía preparado el uniforme,  había que marcar las diferencias, no se iba a pasear esa con sus hijos de la mano sin dejar bien clarito de que se trataba de la “chacha”. 

 

    Eso le producía el mismo placer que el de haber adquirido un nuevo  bolso Louis Vuitton “¿Cómo me dijo que se llamaba? Ah, sí, Paulina”.

 

Ángela Ortiz Andrade

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